Carta Estelar – 0 – Silencio y Oscuridad

Carta Estelar – Índice

0 – Prólogo

carta_estelar_miniDe entre todas las cosas que le ponían nervioso, el silencio y la oscuridad eran las peores. Nunca había gastado demasiadas neuronas en analizarlo, pero casi con total seguridad se debía a las costumbres adquiridas durante su infancia, cuando vivía en la pequeña capsula minera de su tío Karl.

Eric Ward, huérfano, se había criado a saltos de asteroide en asteroide, en el cinturón central del sistema, persiguiendo vetas de hierro, oro, cobalto o cualquier otro metal cuyo valor de mercado compensase el esfuerzo. Durante aquellos años, en el interior de la pequeña capsula de su tío, tanto el silencio como la oscuridad le habían sido algo ajeno, salvo en ocasiones puntuales. Eran esas ocasiones las que con casi total seguridad le habían condicionado para lo que ahora sentía. En aquella pequeña capsula la ausencia de luz o sonido había sido siempre el aviso de una muerte cercana. Porque la única manera posible de que no hubiese luz, o de que un penetrante zumbido no lo invadiese todo, era que tanto el reactor principal como el generador auxiliar estuviesen apagados al mismo tiempo. Porque la única manera de que tanto el reactor principal como el generador auxiliar estuviesen apagados al mismo tiempo era un fallo total del sistema, que implicaba la muerte de todos los ocupantes de la capsula en cuestión de pocas horas. Por frio o por falta de oxigeno, nunca tuvo claro que llegaba antes.

En aquel momento podía recordar tres ocasiones en que aquello había ocurrido. Tres ocasiones en que, muerto de miedo, contempló como su tío trabajaba a destajo para tratar de devolverle a la vida aquella pequeña capsula minera que era su hogar. Solo en una ocasión, en el más reciente de sus recuerdos, el hábil Karl Ward no había sido capaz de recuperarla. Aquella había sido la última vez que ambos habían pisado aquella pequeña capsula, porque después de que fuesen rescatados por un esquife enviado desde otro asentamiento cercano, uno algo más grande que el suyo, su tío decidió venderla y emigrar a Ciudad Balcón.

Visto en perspectiva no le sonaba tan grave, estaba seguro de que aquella experiencia la había vivido mucha gente en el sistema. Pero aunque su cerebro racional pudiese quitarle importancia, su subconsciente seguía empeñado en relacionar el silencio y la oscuridad como el aviso de una muerte inminente. Pero aun cuando su cerebro racional podía quitarle importancia a los sucesos de su pasado, había algo a lo que no podía quitársela. Había algo que hacía que aquella oscuridad y aquel silencio fuesen diferentes. Por primera vez en mucho tiempo no tenía la posibilidad de escapar de ellos. Por primera vez desde que La Compañía le implantase foto-receptores sensibles al infrarrojo junto con un potente intensificador de imagen, continuaba entre tinieblas. Por primera vez en mucho tiempo no tenía posibilidad de hablar con nadie. Estaba solo, y el terminal subcutáneo que usaba para comunicarse con el resto de su escuadra no daba ninguna respuesta.

Apoyando la espalda en la pared, sujetando con firmeza el rifle de asalto que portaba, trató de tranquilizarse. Le sudaban las manos, incluso podría decir que le temblaban.  Aun en completa oscuridad miraba a ambos lados del pasillo en que se encontraba, en un inútil esfuerzo por intuir algún movimiento.

La misión había sido un completo fracaso, eso lo tenía claro, pero aun creía poder salir de allí con vida. Saldría de allí, se emborracharía e iría a buscar a quien fuese que hubiese organizado aquel desastre para romperle la cara.

Desde el principio todo había olido un tanto raro, pero su trabajo era reventar cabezas, no pensar, así que se había limitado a asumir que pasara lo que pasara podría solucionarlo reventando un par de cabezas. Quizá si hubiese estado un poco más sereno se habría cuestionado algunas de las cosas que habían ido ocurriendo, pero estaba demasiado cabreado para tener las ideas claras. Había conseguido, tras varios meses de frustrantes fracasos, meter a Shaina en su cama. Estaba bajándole las bragas cuando ambos recibieron la llamada de Fred reclamándoles en la armería para salir de inmediato. No había negativa posible, las órdenes venían de muy arriba. Quizá con las ideas claras se hubiese preguntado que hacía una escuadra militar persiguiendo a un asesino. Quizá con las ideas claras se hubiese preguntado que tipo de autorización hace falta para cerrar media docena de niveles en el puerto de Grantgroove. Quizá con las ideas claras se hubiese preguntado que tipo de asesino caza a la escuadra militar que le persigue, los separa y los incomunica. Quizá con las ideas claras se hubiese preguntado un montón de cosas diez o quince minutos antes. Quizá con las ideas claras ahora no estaría solo y muerto de miedo. Pero sobre eso ya no había nada que hacer.

Poco a poco fue ordenando sus pensamientos. Desistió de confiar en la vista o de escuchar alguna voz conocida en su cabeza, estaba claro que de alguna manera sus implantes habían sido inutilizados. Se irguió, apartándose unos centímetros de la pared, mientras se quitaba el guante que cubría su mano izquierda. Alargó el brazo, llevando las yemas de sus dedos a hacer contacto con la pared. Sintió un leve escalofrío, pero pronto se acostumbró al tacto del frío metal. Fue levantando despacio la mano hasta alcanzar un pequeño tubo de plástico. Aquello le serviría para orientarse. El área de oficinas del puerto de Grantgroove no contaba con generadores propios, pero si con centralitas para redistribuir la energía. Ese sería el lugar más sencillo donde apagar las luces del complejo, y sería justo el lugar desde el que creía poder volver a encenderlas. Se echó a la espalda el fusil de asalto que hasta entonces había estado sujetando con fuerza y lo sustituyó por una pesada pistola que llevaba enfundada en la cartuchera derecha de su pantalón, mucho más sencilla de manejar con una sola mano. Con el amago de un plan en la cabeza se puso en marcha, despacio, alerta a todo lo que sus limitados sentidos pudiesen decirle, tratando de no causar el más mínimo sonido.

Aun habiendo entrado ya en combate, no tenía ni la más remota idea de a que o quien se enfrentaba. No sabía si era una persona, si eran varias, si se trataba de un animal o de alguna otra cosa. Todo lo que sabía es que allí habían entrado nueve soldados. Nueve soldados experimentados, armados y bien equipados. Habían entrado nueve soldados, y en aquellos momentos no sabía decir si estaba solo o si quedaba alguien más. Habían seguido las instrucciones que les enviaban por radio hasta acorralar a su objetivo… o eso habían creído estar haciendo, y después todo se había ido al infierno. En un momento las luces se desvanecieron, la comunicación con la sala de control desapareció y comenzaron los disparos. Suyos, si la memoria no le fallaba. Conocía bien el estridente sonido de un Encoe AR-II, disparaba con él a diario, y aquel era el único sonido que recordaba haber oído. Él tuvo suerte de salir indemne de aquella primera escaramuza, pero se quedó solo. No sabía si era el único, o si alguno de sus compañeros se encontraba en una situación parecida a la suya. Varios de sus camaradas habían llegado a ver al objetivo, pudo escuchar varias veces como indicaban su posición, pero por desgracia o por fortuna siempre había sido a su espalda, o cuando se encontraba a punto de doblar una esquina.

Avanzó despacio a través del pasillo siguiendo el conducto de cableado. Era una suerte que en aquel nivel de la estación, como en casi todos los interiores, nunca se hubiesen cubierto las paredes, como si ocurría en los exteriores. En realidad los Niveles Interiores nunca estuvieron pensados para ser habitados, iban a ser almacenes y hangares, pero la estación acabó albergando durante al Gran Éxodo a muchas veces la población planeada, y nunca había llegado a vaciarse. Al menos era lo que Fred siempre contaba. La estación que salvó a la humanidad, así se refería siempre a ella. Tras unos cuarenta pasos, las yemas de sus dedos tocaron algo diferente. El tubo terminaba en una pequeña caja de plástico: la centralita que buscaba.

Tratando de hacer el mínimo ruido posible la abrió y, sin perder tiempo, comenzó a explorar su interior. Aun a ciegas no tuvo problemas, se había enfrentado a ese tipo de centralitas en multitud de ocasiones, las conocía como la palma de su mano. Su intención habitual solía ser inutilizar las luces, no recuperarlas, pero el lugar que buscaba era el mismo. Durante los siguientes minutos comprobó una a una las conexiones del suministro eléctrico, pero no encontró nada irregular. A continuación reinició los nodos uno a uno, pero no ocurrió nada. El problema no venía de ahí. No pudo evitar maldecir en voz baja.

No tuvo tiempo siquiera a cerrar la caja cuando dos destellos, acompañados del sonido de dos disparos y un gruñido de dolor, le sorprendieron. Venían de la misma dirección hacia la que el avanzaba. Sin pensárselo dos veces levantó la pistola y avanzó hacia la fuente del sonido. Tras unos pocos pasos comenzó a poder distinguir las paredes, suelo y techo. Un tenue brillo verduzco comenzaba a iluminarlo todo. Al fondo del pasillo parecía hacerse más intenso.

Recuperar, aunque fuera en condiciones precarias, la capacidad de ver le tranquilizó. Guardó la pistola y volvió a empuñar el rifle. Aquella arma le daba seguridad. Su Encoe AR-II siempre le había traído suerte. Nunca se había encasquillado, nunca había puesto una bala en un lugar diferente al que él había apuntado, y nunca había permitido vivir a nadie que él pretendiese matar. Hoy echaba de menos que tuviese una mira térmica, pero ¿Para que la necesitaba en el rifle teniéndola en los ojos? Si salía de allí no volvería a cometer ese error. Fred siempre les advertía de esas cosas, pero nunca le escuchaban.

 Recordando la caótica primera escaramuza, y asumiendo que apenas iba a tener tiempo para apuntar si volvía a entrar en combate, configuró el rifle en modo automático. Si aquello volvía a aparecer al menos tendría con que intimidarlo, y con un poco de suerte podría alcanzarlo con algún proyectil.

Pocos metros más allá el pasillo giraba a la derecha, de allí parecía provenir la fuente de luz. Conforme se acercaba extremó las precauciones. Redujo la velocidad, se acomodó el rifle y se pegó a la pared. Despacio se acercó al borde, y allí esperó y escuchó.

Un suave crepitar, que apuntaba a una bengala, y una respiración acelerada. Durante unos segundos continuó esperando, hasta que al fin se decidió.

–E – anunció tratando de mantener bajo el volumen de su voz.

–S – le respondió una voz femenina desde el otro lado.

Durante un instante sintió que su corazón se detenía, y que un intenso escalofrío le recorría todo el cuerpo, para de inmediato comenzar a latir con tal intensidad que parecía a punto de salírsele del pecho. Sin permitirse un momento de duda abandonó su cobertura y giró la esquina adentrándose en el área iluminada por una bengala. A apenas medio metro de la bengala una mujer algo más joven que él le apuntaba desde el suelo con un rifle de asalto idéntico al suyo. Se encontraba ladeada, apoyada sobre su pierna izquierda, que tenía flexionada, y sobre su codo izquierdo. Tenía la pierna derecha extendida, con la rodilla haciendo un giro antinatural. Su rostro esbozaba una mueca de dolor que quedaba disimulado por su despeinado cabello.

–Oh, joder Eric ¡Cuánto me alegro de verte! – Exclamó mientras bajaba el rifle – Creía que no quedaba nadie más.

De dos zancadas Eric se plantó a su lado y se arrodilló junto a ella.

–Creo que somos los únicos – respondió al tiempo que se quitaba la mochila – ¿Cómo tienes la pierna? ¿Puedes andar?

–Tengo la rodilla destrozada – negó ella – ¿Tienes calmantes? Me está matando…

Desde tan cerca el dolor de Shaina era evidente, tanto en su rostro como en su voz. Él no contestó, se limitó a sonreír y sacar del fondo de su mochila un pequeño cilindro metálico acabado en un tapón de plástico, que al retirarlo dejaba a la vista una finísima aguja. Se movió hasta ponerse justo delante de la maltrecha rodilla de su compañera, rasgó el pantalón y apoyó el cilindro con suavidad sobre su pálida piel.

– ¿Lista? – La alertó – Recuerda como duelen estas cosas…

Ella asintió apretando los dientes, y sin demorarse ni un segundo él apretó el cilindro contra su muslo al tiempo que hundía con el pulgar la superficie superior. Un suave zumbido, acompañado de un gruñido de dolor que fue sustituido casi de inmediato por un suspiro de alivio, le indicó que el calmante había hecho su efecto.

–Gracias… – Shaina, mucho más relajada, le cogió con suavidad la mano – lo necesitaba… Ahora ¿Podemos salir de aquí? Me gustaría llegar a mañana con vida…

–Me has leído el pensamiento, princesa – respondió él mientras la levantaba – Agárrate bien.

–Sabes que odio que me llames así – se quejó ella mientras le pasaba el brazo derecho por detrás del cuello, y él la rodeaba con su brazo izquierdo, dejando el derecho libre para sujetar la pistola.

Avanzaron despacio en dirección a la compuerta por la que habían entrado en aquel sector. Había quedado cerrada tras ellos, pero al otro lado debería continuar alguien haciendo guardia. Aquella parecía la mejor opción si querían salir rápido de allí. Con la mano que le quedaba libre Shaina iluminaba el camino con la bengala mientras Eric mantenía la pistola siempre en alto, preparado para disparar al más pequeño movimiento.

Tener a Shaina a su lado le tranquilizaba. Lo suficiente para no caer de nuevo presa del pánico y poder pensar con mediana claridad. Siempre, desde que la conociese hace ya tres años, había resultado una compañera fiable. Fuese cual fuese la situación. Ella era el miembro más joven de su escuadra, pero su concentración rivalizaba con la de los más experimentados. No era una gran tiradora, pero siempre encontraba soluciones a problemas que a él se le atascaban. Quizá por eso le gustaba tenerla cerca. En esos tres años le había sacado de algunas situaciones que podrían haberse tornado desagradables. En muchas ocasiones había creído que ella era su verdadero cerebro. Quizá por eso había acabado admirándola y, con el tiempo, apreciándola más de lo que recordaba apreciar a nadie desde que era niño. Que todo aquello estuviese pasando justo cuando había descubierto que ella sentía lo mismo por él era una putada de las gordas. No es que hubiese hecho grandes planes de retirarse y gastarse sus ahorros en un apartamento con jacuzzi y vistas a la Tierra, pero tenía ganas de pasarse una temporada follando con ella todos los días. Morir lo estropearía bastante.

Durante algunos minutos se mantuvieron en silencio. No dijeron ni una palabra. En parte debido a un irracional temor a que quien fuese que les acechaba les oyese, en parte para poder escuchar el más leve ruido a su alrededor. Pero todo lo que oían eran sus propios pasos, su propia respiración, y sus propios latidos.

– ¿De donde las has sacado? – preguntó con un susurró mientras indicaba a la bengala, buscando más romper aquella cadencia de sonidos que una respuesta – ¿Es una de las de Fred?

Ella asintió, pero durante algunos segundos no pronunció palabra alguna.

–Siempre era demasiado precavido… siempre nos decía que no confiáramos tanto en nuestros implantes… – masculló al fin.

–… y el cabrón tenía razón, siempre la ten…

Pero ella no dejó que terminase la fase. Silenció su voz tapándole con su mano la boca y cuando él la miró se señaló la oreja, indicando que había oído algo.

Tratando de mantener la calma, miró atrás. Todo lo que vio fue la maraña de cables y tuberías que formaba la pared. Retrocedió despacio entonces, hasta poder apoyar su espalda, y ayudó a Shaina a sentarse en el suelo. Sin dejar de vigilar el pasillo se agachó junto a ella y le tendió el rifle. “Cubre el otro lado”, le susurró, antes de darse la vuelta y volver a ponerse en pie.

Con la pistola en alto avanzó despacio recorriendo el camino por el que habían venido, sin alejarse demasiado de Shaina ni salirse del arco de luz de la bengala. Escudriñó el fondo del pasillo, buscando cualquier brillo, cualquier sombra que cambiase, lo que fuese que indicase que allí había alguien, pero no vio nada. Miró de reojo para ver como su compañera apuntaba hacia el otro extremo, poniendo de cuando en cuando un ojo en él. No hizo falta indicarle que volvía, para asegurarse de que no había nada en el otro extremo. En cuanto se dio la vuelta ella se giró también, apuntando hacia el fondo del pasillo, cubriendo su espalda.

Paso a paso recorrió de vuelta el camino hacia ella. Despacio, intentando no tapar con sus pasos algún posible sonido que pudiese delatar la posición de su enemigo. Pero todo lo que oía era su propia respiración, y la de su compañera. De su objetivo, de quien había acabado con todo su pelotón, no había ni rastro. Nada que pudiese oír. Por mucho que se esforzaba en que sus ojos distinguiesen alguna forma humana oculta entre la maraña de tuberías y cables de la pared, tampoco había nada que pudiese ver.

Volvió junto a ella y la ayudó a levantarse de nuevo.

-Tengo un plan – le susurró ella mientras la alzaba – ¿Qué tal si corremos hacia esa puta puerta como si no hubiese mañana, sin mirar atrás ni detenernos para nada? – Su voz sonaba tensa, en un extraño medio camino entre socarrona y asustada.

Él no respondió, pero compartía por completo aquella sugerencia.

Reanudaron la marcha avanzando todo lo rápido que la maltrecha pierna de Shaina permitía. Sin preocuparse por el ruido que hacía, sin esconderse, sin vigilar antes de doblar las esquinas. Recordaba que la salida no estaba lejos, pero en aquel momento cada sección se le estaba haciendo eterna.

De pronto algo se movió en el borde de su visión. Algo salió de las sombras para cruzar rápidamente una compuerta a un lado del pasillo.

Aun cuando habían dicho que no lo harían se detuvieron.

-Está aquí… – susurró el mientras apuntaba a la puerta por la que lo había visto desaparecer –  ¡Nos está siguiendo! ¡Quiere salir! – Aquello acababa de llegar como una revelación para él. Hasta el momento había tenido en la cabeza que pretendía matarlos, pero ahora estaba seguro de que les estaba utilizando para encontrar una salida.

-Me importa una mierda… – contestó ella con tono agresivo – Eric, sácame de este puto agujero… que se encargue otro de esta mierda… – le temblaba la voz, el miedo que sentía era evidente.

Aun podían acabar la misión. Aun podían matarlo, o al menos mantenerlo encerrado. La miró un instante a los ojos. Ella suplicaba con la mirada que saliesen de allí. Negaba con la cabeza pidiéndole que lo dejase. En ese momento él era consciente de que dejarlo salir le costaría su trabajo, puede que acabar en una prisión, y podría hacerle responsable de muchas más muertes. No era un héroe, ni una persona caritativa, pero las consecuencias serían graves.

-Eric… no quiero morir – suplicó ella una vez más – y tu no quieres morir… que le jodan a La Compañía, que le jodan a todos… todavía podemos salir de aquí…

Shaina tenía razón, no quería morir. Y no quería que ella muriese. Esas dos cosas le importaban bastante más que su deber.

-De acuerdo Princesa, nos vamos de aquí – afirmó mientras le daba a ella la pesada pistola que sujetaba – Agárrate fuerte, y se mueve cualquier cosa dispara – le indicó mientras la cogía en sus brazos.

Ella se agarró con fuerza a su cuello, y apuntó con el arma hacia atrás. Hacia la puerta en la que creían que se ocultaba. En cuanto la sintió bien sujeta Eric empezó a correr. Corrió como no recordaba haber hecho en mucho tiempo. Entre sus brazos Shaina parecía ligera como una pluma, una carga insignificante comparada con su deseo de vivir.

Dobló la primera esquina… la segunda… siempre con el temor a que de pronto algo apareciese ante él. Avanzó a través de estancias y pasillos, iluminados solo por la luz de la bengala que ella sujetaba demasiado cerca de su cabeza. No importaba, nada importaba salvo salir.

Se encontraba a la mitad cuando sintió que de pronto ella se agarraba con más fuerza, y un ensordecedor estruendo a punto estuvo de llevarlo al suelo del susto. Al primer disparo le siguieron otros dos,  igual de dolorosos pero esperados.

-Más rápido… más rápido… – suplicó ella

Sin saber muy bien de donde, sacó fuerzas para hacer un último esfuerzo. Sentía el corazón a punto de salírsele del pecho, se ahogaba al respirar, pero sus piernas respondían. No sabía por cuanto tiempo lo harían, pero pensaba exprimirlas hasta el último instante.

Sonó otro disparo, y otro, y otro más. No veía lo que ocurría a su espalda, pero notaba como Shaina temblaba cada vez más. Notaba como los disparos cada vez eran más seguidos, más fruto del pánico que calculados.

Hasta que de pronto un “clic” delató que se había agotado la munición.  Pero incluso en aquella situación ella parecía mantener algo de claridad mental. Sintió sus manos recorriendo su pecho, buscando un cargador que no tardó en encontrar. Un segundo “clic” le enseñó que había recargado, y pronto volvieron los disparos, esta vez más lentos y calculados. Hasta que cesaron por completo.

Sintiéndose mareado por el esfuerzo consiguió alcanzar la plazoleta por la que habían entrado. Una estancia circular, vacía salvo por la presencia de algunas señales, que comunicaba diferentes secciones del puerto. Se dirigió con  rapidez a la compuerta por la que habían entrado, cerrada desde el otro lado, y se dejó caer de rodillas frente a ella.

-No le he dado, ni un disparo – le informó ella mientras se sentaba en el suelo. Apoyó la espalda contra la puerta y volvió a desenfundar el rifle de asalto.

-No nos ha alcanzado… me conformo… – respondió él entre jadeos mientras cogía también su propio rifle.

La ayudó a incorporarse para acercarse a un pequeño panel de comunicaciones que había junto a la puerta. En el proceso le quitó del cinturón las dos bengalas que quedan allí guardadas.

-Habla tú, se te da mejor, yo te cubro – le indicó mientras encendía las dos bengalas y las lanzaba para generar una zona iluminada a su alrededor.

Ella asintió y se volvió hacia el comunicador mientras él vigilaba los pasillos de entrada hacia la plazoleta. La irregular luz de las bengalas hacía aparecer y desaparecer sombras por doquier. Trataba de discernir cuando un movimiento era real y cuando una ilusión, pero parecía un esfuerzo vano.

A su espalda Shaina hablaba con Jari, que se había quedado vigilando la salida, con órdenes estrictas de no dejar salir a nadie sin autorización de sus superiores.

-¿Qué ha ocurrido? – preguntó extrañado cuando ella le pidió que abriese – Nadie me ha informado de que fueseis a llegar. Perdí el contacto con Fred hace una hora, y todas las cámaras están muertas… Esto no me gusta nada.

Una sombra en uno de los pasillos llamó entonces su atención. Grande, del tamaño de una persona. Desapareció en un instante, como todas, pero algo le decía que no era como las demás. Shaina no la había visto, mejor, no quería que se la viese demasiado alterada. Si Jari pensaba que estaba en peligro por abrir no lo haría nunca.

-Hemos tenido problemas con las comunicaciones, y todo el sector está out – explicó ella con un tono sorprendentemente normal, salvo por un deje de dolor en la voz – Fred sigue persiguiendo al objetivo, pero a mi me ha caido un balazo en la pierna. Eric me ha traido para sacarme.

Shaina mentía mejor que él, era una de sus virtudes. Siempre que había que negociar con alguien, o sacarle información, era la persona indicada. Adivinaba los punto debiles de los demás con una facilidad pasmosa. Al otro lado se hizo el silencio durante unos segundos. Se lo estaba pensando, eso debería ser buena señal.

-Venga, en serio, ¿Qué pasa? Si os abro me la voy a cargar… – respondió con tono inseguro

Entonces la sombra volvió a aparecer, a un lado, más cerca de antes. Rápida como una centella entró y salió de la zona iluminada sin que tuviesen tiempo a enfocarla. Shaina la vió también. Era una persona, de eso ya no quedaba duda, y los estaba probando. Ambos aguantaron el impulso de disparar, aquello daría al traste con su idea de salir.

-Te voy a reventar la cara en cuanto te vea Jar Jar… – respondió muy alterada ella -¡¡No tenemos plasma R joder, como acabe con una rodilla de metal por culpa tuya te voy a cortar la polla y hacer que te la comas!! – Su rostro era puro terror, pero se las había arreglado para que en su voz solo hubiese furia.

-Está bien, está bien… no hace falta que te pongas así Shai… Ahora os abro, pero me debes una!

-Te la pagaré, cariño, no te preocupes – respondió con sincero alivio cuando la puerta se abrió.

Al otro lado había un pasillo igual que todos los que habían cruzado, pero iluminado. Se veían a la perfección los conductos eléctricos y de aire en techo y paredes. Se hacía patente que faltaba una capa para cubrirlos. La estructura para sujetarla estaba ahí, pero la cubierta nunca había sido instalada. Junto a la puerta había un hombre, vestido como ellos, rubio de media melena que miraba confuso la situación.

-¿Pero que ostias está pasando? – se quejó al ver la situación, diferente de la que esperaba, mientras se llevaba la mano al rifle que tenía en la espalda – Zorra mentirosa…

Eric ni siquiera se había girado hacia él, seguía vigilando las sombras. Al escuchar en persona la voz de Jari dio un paso atrás, acercándose a la salida. Entonces, mientras mantenía la vista fija en el último lugar en el que la sombra había aparecido, sintió como algo le agarraba el brazo desde un lado y se lo retorcía. Trató de resistirse, pero en un instante sintió como su codo y su hombro se rompían. Sonaron disparos, de rifles como el suyo. Uno de ellos le alcanzó en la pierna, varios en el costado, mientras alguien lo movía a su antojo. Cayó al suelo mientras escupía sangre y se le empezaba a nublar la vista. Trató de gatear, pero los brazos no le aguantaban. Levantó la cabeza, y vio al fin a su perseguido… Vio un cuerpo de mujer, delgada y alta. Vio como retorcía sin dificultad el cuello de Jari mientras lo usaba de escudo humano frente a los disparos de Shaina. Vio como con un movimiento imposible se plantaba junto a ella, le arrebataba el arma y le golpeaba con ella en la cara, haciendo que salpicara sangre y tumbándola. No había tenido opción, Shaina no era tan rápida… nadie lo era.  Mientras su visión se oscurecía vio como tiraba a un lado el arma, como salía por la puerta, y como se alejaba hasta desaparecer. Justo antes de perder la consciencia sintió un hormigueo en la cabeza. Sus implantes volvían a activarse.

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