Carta Estelar – 1 – Ciudad Balcón – Nereida

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Carta Estelar – Índice

1.1 – Nereida

carta_estelar_miniNo podía evitar recordar el pasado con nostalgia. Es algo que a casi todo el mundo le pasa, pero a ella la sensación le resultaba casi insoportable. Una y otra vez rememoraba los días en que acompañaba a su padre y al equipo en los viajes a lo largo y ancho del sistema solar para preparar las carreras. Una y otra vez aparecían en su mente las imágenes de su habitación en la Ágape, la goleta que había llegado a considerar su casa, y del panel de instrumentos de Indira, la minúscula planeadora en la que había aprendido a volar.

Aquellos días con su padre habían sido los mejores de su vida. Serpenteando a toda velocidad a través de los cañones de la vieja Tierra en aquella pequeña nave sin nadie que les molestase, sin nada que les interrumpiese. Pasaban horas cada día volando entre estrechos desfiladeros, viendo los atardeceres y durmiendo bajo las estrellas. Pocas personas en el sistema podían presumir de haber recorrido el planeta como ella lo había hecho. Aquellos días en que pese a lo pequeña que era había aprendido a pilotar como un auténtico As siguiendo las lecciones de su padre, tricampeón de Vuelo Rasante de Ciudad Balcón, la estación más grande de todo el Sistema Solar, situada como un inmenso mirador en órbita sobre la reserva natural de la Tierra. Aquellos días en que la promesa de su padre de comprarle una nave cuando creciese era la mayor de sus ilusiones. Aquellos días habían quedado atrás hacía ya demasiado tiempo.

Habían pasado diez años desde que Nereida Stark, una risueña y resplandeciente niña de ojos castaños y cabello negro como el azabache, aprendiese a volar montada en la planeadora de su padre cruzando a ras de suelo los estrechos desfiladeros de las más abruptas cordilleras de la vieja Tierra. Habían pasado diez años y Nereida Stark, una preciosa joven de ojos castaños y cabello negro como el azabache, se encontraba sola, sentada en la barra de un oscuro antro en Navin Tikva, el más interior de los  niveles de Ciudad Balcón. Celebrando su decimonoveno cumpleaños con, ante ella, un vaso de whisky cuyo hielo revolvía con parsimonia. Era el último de una botella que había sido su propio regalo. El único que había recibido, y en el que se había gastado todo el dinero que le quedaba.

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Ilustración de María Gil – http://www.mariagilart.com

Después de la muerte de su padre y del primer aluvión mediático le había importado a muy poca gente. Había tenido que buscarse la vida y crecer por su cuenta y la verdad es que no se le había dado demasiado bien.

Llevaba toda la noche allí sentada bebiendo, repasando cada momento que detestaba recordar. Pero aquel whisky barato no iba a ser suficiente para olvidarlos. Mientras revolvía el vaso tratando de posponer su ingesta el mayor tiempo posible le temblaban las manos. En aquella parte de la estación hacía frío y casi podían notarse las vibraciones de los enormes motores de gravedad, pero en aquel momento eso poco tenía que ver. Cierto es que la minifalda y la fina camiseta que llevaba no ayudaban, y que en ocasiones deseaba que la estación siguiese valiéndose de un sistema de rotación a la antigua usanza, pero en aquel momento aquello poco tenía que ver. Por mucho que durante una época no quisiese aceptarlo ahora sabía lo que necesitaba, y aquel whisky no iba a ser suficiente para sustituirlo.

Comenzó a juguetear con un pequeño terminal que llevaba alrededor de su muñeca izquierda. Le gustaba seguir manejándolo a mano pese a que estuviese conectado a sus terminaciones nerviosas. Navegando a través de los menús llego a la agenda y empezó a repasar los nombres. Al instante vio el que buscaba, Ángelo, el primero de la lista, en un lugar especial.  Dirigió la el dedo índice hacia la pantalla y apoyó la yema sobre el nombre, una leve presión era suficiente para llamar, pero se detuvo en el último instante.

–Mierda… – suspiró.

No quería hacer aquella llamada, pero necesitaba hacerla… deseaba hacerla. Se sujetó la cabeza con las manos mientras, apoyando ambos codos en la barra, se quedaba mirando hacia el suelo. Lo mismo de siempre, la misma indecisión de cada ocasión, con el mismo resultado de siempre.

– ¿Si? – preguntó una voz a través del terminal.

– ¿Ángelo? Soy yo… – respondió susurrándole a su muñeca

– Ah, Nery… ¿Qué quieres preciosa? – respondió.

–Veras… es que… es… necesito verte – masculló con voz temblorosa.

– ¿Hablamos de la cantidad habitual?

–Si…

–Está bien, ven a mi apartamento, te espero en media hora.

–B…Bien… allí estaré…

Cortó la llamada y se quedó durante un instante con la mirada perdida. La mirada de reproche del camarero indicaba que la había oído. Aunque habría sido más conveniente, detestaba pasar las conversaciones directas a su cerebro. No podía entender como algo así se realizaba tan a la ligera, solo imaginarse un contacto tan íntimo la ponía nerviosa.

El inicio del noticiario interrumpió sus pensamientos. El camarero había apagado la música dando paso a un canal de noticias locales, donde empezaron a hablar de un asesinato en la zona portuaria de Grantgrove, pocos niveles por encima. En aquella zona no era algo fuera de lo normal. En menos de medio minuto había dejado paso a las noticias sobre entradas y salidas de transportes de viajeros y suministros, y a la información de los cortes de energía por servicios de mantenimiento. Estos últimos en aquella parte de la estación, tan cerca del corazón de la misma, eran tan incómodos como habituales. Todo aquello en ese momento le interesaba bastante poco, si quería estar en Égivis en media hora no podía entretenerse. Se bebió de un trago lo que le quedaba y, con cierta dificultad para mantener el equilibrio, se puso en pie. Se colocó sobre los hombros la chaqueta vaquera, que hasta entonces había descansado en el respaldo del taburete, y camino hacia la salida.

A esa hora en todo el local solo había otras dos personas. Un hombre de pelo castaño, vestido con una larga gabardina marrón, y una mujer de mandíbula marcada, pelo negro recogido en un moño, y una profunda cicatriz recorriéndole el pómulo izquierdo, sentados en una mesa en un rincón.

De un vistazo de reojo mientras se alejaba caminando pudo comprobar como aquel hombre no le quitó la vista de encima hasta que abandonó el establecimiento.

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