Carta Estelar – 1 – Ciudad Balcón – Meira

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1.4 – Meira

 

carta_estelar_miniLa mujer que les había contratado se llamaba Meira Lenz, y en aquellos momentos se encontraba meditando sobre lo que iba a hacer. Sostenía entre sus manos un tomo que en esos momentos no estaba leyendo y delante de ella, en la mesa, descansaba una taza de café que no se estaba tomando.

Hija de una familia bastante acomodada, desde adolescente había demostrado un gran rechazo a la vida que sus padres pretendían para ella. Había sido miembro de cientos de organizaciones políticas y hecho activismo por multitud de causas. Había sido voz de decenas de protestas contra corporaciones y legislaciones, y apoyado siempre las ideas en que había creído. Al final, tras terminar sus estudios de medicina, había acabado trabajando en un modesto hospital de los suburbios de Navin Tikva tras rechazar todas las ofertas que los contactos de su familia le habían brindado.

Llevaba toda la vida luchando por intentar hacer del mundo un lugar mejor, contra la opinión de su familia que siempre había querido ver en ella a una triunfadora. Pero Meira Lenz, hija de una familia bastante acomodada orgullosa de su herencia genética germánica, reina del baile de graduación de su promoción y objeto inalcanzable de deseo de cuantos hombres la rodeaban, se sentía una triunfadora. Al recordar todo su camino, todas las decisiones que había tomado, sentía que había hecho lo correcto. Pese a lo que mucha gente le decía, era incapaz de concebir el mundo de otra forma. Pero esta vez era diferente. Aun sabiendo que lo que iba a hacer salvaría cientos, o incluso miles, de vidas no conseguía convencerse por completo. Porque Meira Lenz nunca había salido de Ciudad Balcón, ni tampoco había cometido un delito. Y mientras esperaba a que Régis, el infatigable compañero con quien había planeado todo aquello, llegase, no hacía más que preguntarse si hacía lo correcto.

Dejó el libro sobre la mesa y se acercó al pequeño ventanal de su apartamento. Se quedó embobada mirando a la Tierra, aquello siempre la tranquilizaba. En esos momentos veía Europa y el norte de África, y una masa de nubes que se dirigía al Mediterráneo desde la estepa rusa. Se preguntó que estación sería ahora mismo allí abajo. En otra época lo habría sabido. Siempre había querido viajar a la Tierra, era algo que deseaba desde niña, pero nunca había podido. No es que no hubiese podido pagarlo, solo tendría que soportar la lista de espera. Pero nunca había surgido la oportunidad, siempre había tenido algo que hacer. Quizá cuando acabase esto lo hiciese. Entonces iba a necesitar un descanso. Quizá ese fuese el momento adecuado.

Asaltar un carguero no era lo que ella siempre había entendido por ayudar, pero dada la situación lo veía como algo necesario. La guerra civil en Europa, el menor de los cuatro satélites colonizados de Jupiter, se estaba recrudeciendo y las fronteras estaban cerradas. Nadie se acercaba allí. Las medicinas escaseaban, las reservas de Plasma R se habían agotado, y la gente moría en los hospitales por poco más que rasguños. Gracias a sus contactos había conseguido la localización de un campo de refugiados y una ruta segura para llegar hasta allí. Robarían una partida de stocks de la UniWorld enviada para ser destruida en las plantas de Ceres.

Con todo lo que estaba ocurriendo la demanda de la gran mayoría de los productos había bajado, incluso un buen número de guerras se encontraban en punto muerto al no conseguir las distintas facciones financiación para los ejércitos, y los suministros médicos se desechaban para evitar un exceso de oferta. Al menos a aquella farmacéutica no le dolería demasiado, quizá hasta saliesen ganando si tenían el viaje asegurado. Nadie perdería nada y podrían salvar a mucha gente. Debería estar eufórica, pero seguía teniendo dudas. Parecía demasiado bonito para ser cierto.

Entonces, sobresaltándola, alguien llamó a la puerta. Régis Tasse era un hombre alto y esbelto, de cabello castaño y siempre elegante. Llevaba trabajando junto a ella desde hacía años y aún se ruborizaba en cada ocasión en que coincidían. Siempre que se encontraban solía quedarse un instante mirándola, contemplando sus grandes ojos azules, su cabello dorado y su casi siempre imborrable sonrisa. Cada vez parecía sorprenderse como si fuese la primera.

¡Meira, luz que nos guías! – Dijo estrechándola con fuerza entre sus brazos – ¿Cómo has pasado estos meses? ¿Te llegaron mis mensajes?

La última vez que se habían visto databa de finales del año anterior. Entonces habían perfilado el plan y acordado las fechas, y desde entonces apenas habían hablado. Los detalles y contratos los había arreglado ella por su cuenta.

Por supuesto Rég todo está listo – respondió ella mientras le apartaba con suavidad y cerraba la puerta.

Perfecto – respondió con un cierto ligero tono de sorpresa – ¿Cuándo será el gran golpe?

Mañana, así que no te acomodes – dijo mientras se acercaba a la mesa y le mostraba dos billetes – subimos de pasaje en el carguero a las nueve de la mañana.

¡Mañana! – Se sorprendió – ¡Joder! Y encima a primera hora… Creía que tendríamos algo más… ¿Por qué no me dijiste…?

Sí, mañana – le interrumpió ella – no hay otro momento. Nos encontraremos con el Capitán Duke en el puerto a primera hora.

El carguero del día siguiente era la única oportunidad que tenían y Régis lo sabía desde hacía meses pero, como en tantas otras situaciones anteriores, parecía que a él no era aquello lo que en realidad le importaba.

Vale, vale, ya lo pillo – contestó haciendo evidente su disgusto – En ese caso más vale que me vaya a dormir, llego agotado del viaje.

Sin cruzar más palabra con ella se retiró a la habitación de invitados que ella había improvisado en su estudio, dejándola sola en el pequeño salón. Como tantas otras veces en situaciones parecidas estaba segura de que él habría querido que la acompañase, pero ella nunca había sido capaz de complacerle. Ni a él ni a ningún otro. Como tantas otras veces creía que estaría superado, pero todos parecían negarse a aceptar la realidad. Siguió durante unos minutos de pie, sola, observando la Tierra a través del ventanal. Respirando despacio trató de mantener su mente vacía. ¿Qué demonios le ocurría? Empezaba a dudar de que nunca pudiese enamorarse de alguien, quizá amase demasiado lo que hacía.

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