Carta Estelar – 1 – Ciudad Balcón – Nereida (II)

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1.5 – Nereida (II)

carta_estelar_miniCon independencia de la hora que fuese los pasillos de Navin Tikva estaban siempre abarrotados, sobre todo en la zona periférica. Durante las horas de día el flujo de personas tratando de llegar o salir de sus lugares de trabajo, de alcanzar sus hogares, o caminando sin rumbo, convertía la tarea de moverse de un punto a otro en todo un reto.

Durante las horas de la noche las bandas campaban a sus anchas, mientras que prostitutas y traficantes compartían entorno con familias enteras que encontraban en el frío suelo metálico de la estación la única cama que eran capaces de permitirse. Las paredes, ocultas durante el día por el gentío, mostraban pintadas y grabados, desordenados y contradictorios, acompañados de marcas de disparos, y esporádicas manchas de sangre que nunca llegaban a ser limpiadas.

Durante las horas nocturnas había pocos lugares menos seguros que aquel en toda la estación. Pero a Nereida aquello en esos momentos no le preocupaba. No llevaba encima nada de valor y había bebido demasiado como para poder pensar que algo le pudiese ocurrir. Apenas se percataba de la presencia de gente con quien se cruzaba, salvo por los comentarios obscenos que escuchaba con asiduidad y los insultos de aquellos con quienes tropezaba. Cuando subió al monorraíl en dirección a Egivis a punto estuvo de dormirse en los pocos minutos de trayecto. Solo la sensación de frio, el dolor de cabeza, y los temblores, la mantenían despierta. Solo la promesa de lo que la esperaba al final del camino y el ansia de alcanzarlo.

Media hora después de empezar la marcha se encontraba ante el pequeño y desordenado apartamento de Ángelo. Apenas una habitación y un baño, pero colocado sobre uno de los muros exteriores de la estación. Justo al lado de la cama tenía un enorme ventanal que ocupaba al completo una de las paredes. Desde allí se había quedado noches enteras contemplando la Tierra, la Luna o el incesante tráfico de naves entrando y saliendo de la estación. Comparado con aquello su diminuto departamento en Navin Tikva era un ataúd: apenas una litera con una taquilla y un lavabo. Sin espacio para moverse, sin espacio para tener nada, sin un lugar al que mirar. Así era toda su ciudad: pequeña, oscura, y sin un horizonte más lejano que el techo, cubierto de cables y tuberías.

Como en muchas otras ocasiones vaciló una vez estuvo delante de la puerta, pero como en todas las anteriores pulsó el timbre. Al momento se abrió la puerta dejando ver a un hombre no demasiado alto, de cabello oscuro. Llevaba solo unos vaqueros dejando a la vista su torso pálido y delgado, aunque moldeado con mimo marcando hasta el más pequeño musculo. Nada más verla sonrió, la invitó a pasar rodeándola de la cintura con el brazo y cerró la puerta tras ella.

– ¡Hola pequeña! – Exclamó dándole una palmada en el trasero – ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? Unos días más y me olvido de esos preciosos ojos.

            Hablaba con seguridad y desparpajo, mientras la manoseaba sin disimulo alguno. Posando sus ojos sobre cada parte de su cuerpo hasta detenerse por un momento en sus temblorosas manos.

–Al menos veo que en este tiempo no has acudido a otro… – indicó con tono acusador  mientras se sentaba en la cama.

La miraba a los ojos mientras ella trataba sin de evitar ese contacto bajando la mirada avergonzada.

–Yo… he intentado dejarlo – musitó ella casi con miedo

El extendió los brazos fingiendo sorpresa y abrió la boca, pero no dijo nada. Unos segundos después le indicó que se acercase, la cogió de la mano y tiró de ella hasta sentarla sobre sus rodillas.

– ¿Y te sientes mal verdad? – Le susurró con el tono de quien riñe a un bebé mientras le acariciaba el rostro – Pero tranquila…

Mientras hablaba comenzó a acariciarle la pierna y a rozarle el cuello con sus labios.

–… no te preocupes, tengo lo que necesitas – dijo mientras alargaba una mano cogiendo un frasquito de un estante junto a la cama.

–…Ángelo… yo… – le interrumpió ella de forma casi inaudible – no tengo dinero…

Él se detuvo, le agarró la cara y sus ojos quedaron clavados en los de ella.

– ¡¿Qué?! – Le gritó – ¡¿Entonces qué coño haces aquí puta?!

La empujó tirándola al suelo.

– ¡Maldita zorra! – vociferaba haciendo aspavientos con los brazos – ¿Quién coño crees que soy? ¿Un maldito trabajador social?

Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro de la pequeña habitación mientras a ella empezaban a caerle lágrimas de los ojos.

– ¡Esta mierda cuesta dinero! – Le dijo señalando al botecito – ¿Te crees que me la regalan? ¡¡Joder!! ¡Siempre me haces lo mismo!

Se paró un momento con los brazos en jarras mirando al techo.

–Mierda, ¿sabes qué? Fuera de aquí – señalaba a la puerta – Lárgate y vuelve cuando  dejes de ser una puta indigente.

Ella se acercó a él, arrodillada.

–…Ángelo, por favor… – suplicaba ella – lo… lo necesito…

Él tomó aire un par de veces, se volvió a sentar en la cama y la miró.

–Pequeña, sé que lo necesitas – le dijo con condescendencia, mientras estirando un brazo le secaba las lágrimas – y me gustaría dártelo, pero no puedo, de verdad que no puedo.

La miraba a los ojos, sujetándole la cara, obligándola a mantener la mirada.

… por favor… – la voz de ella apenas era entendible entre sollozos

– ¿Por qué me lo haces tan difícil siempre? Sabes que odio tener que hacer esto, pero son las reglas. Trae el dinero y lo tendrás.

Nereida se pegó a él aun arrodillada y comenzó a acariciarle ambas piernas.

–Por favor… haré lo que sea… lo que sea… – le miró a los ojos esbozando una patética media sonrisa mientras le bajaba la cremallera del pantalón –por favor… es mi cumpleaños…

Ángelo suspiró un momento y comenzó a desenroscar la tapa del bote. Agarró un pequeño aplicador y le levantó la barbilla.

–Abre bien los ojos – le indicó mientras le sujetaba un parpado – está bastante concentrado, tardará poco en empezar a hacer efecto.

Dejó caer dos pequeñas gotas de líquido transparente en cada ojo y guardó el bote en un cajón.

–Bien, pequeña, ahora te toca a ti – le dijo acariciándole el cabello mientras ella se introducía su polla en la boca.

Hacía tiempo todo aquello había empezado como un juego, pero cuando se quiso dar cuenta no era capaz de pasar una semana sin su dosis de Exint–III, aquel potente narcótico la mantenía viva y ajena a todo aquello que detestaba de su vida. Con cada dosis se alejaba del mundo, de Navin Tikva y de Ciudad Balcón. Volvía a tener nueve años y a volar a toda velocidad entre los estrechos cañones de la Tierra. Con cada dosis encontraba el paraíso lejos de aquella perpetua caída en la que había convertido su existencia. A veces se resistía, pero siempre volvía. Siempre se rendía y se arrastraba de vuelta a aquel jardín lleno de flores que regaba a través de su nervio óptico.

Mientras ella salía despacio del mundo, Ángelo gemía de placer y le repetía lo que le decía siempre.

– ¡Dios, deberías dedicarte a esto! Si… así se hace… La chupas mejor que el resto de las putas que puedo permitirme – dijo sujetándole la cabeza marcándole durante unos instantes el ritmo – Tendrías que dedicarte a esto. Con ese culo y ese par de tetas que tienes ganarías bastante dinero, podríamos hacer negocios sin que tuvieras que arrastrarte por una limosna…

No era un discurso nuevo ni una situación nueva, solo una humillación más de la que Ángelo disfrutaba. Él sabía que ella rara vez tenía dinero y que haría cualquier cosa por esas míseras dos gotas en cada ojo, y aquella situación le gustaba. Aquello era calderilla en comparación a lo que movía cada día, calderilla que la ataba a él. Desde el día en que le enseñó una puerta de escape a sus problemas la muchacha se había mostrado dócil como un cachorrillo. A veces trataba de escapar pero no hacía falta perseguirla, siempre volvía.

Ese día mientras la desnudaba sobre su cama, como tantas otras veces, y acariciaba con delicadeza su cuerpo, tras vendarle los ojos para evitar cruzarse con esa mirada blanca, vacía, que tendría mientras la droga hacia efecto, disfrutaba susurrándole al oído algo que ella odiaría recordar cuando se despertase.

–Es tu cumpleaños… hoy voy a hacerte un regalo – alargó la mano hasta el terminal de muñeca de ella que ahora descansaba sobre el estante, transfirió doscientos créditos a su cuenta y sonrió con sorna – Hoy voy a pagarte la noche.

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