Carta Estelar – 1 – Ciudad Balcón (Completo)

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1 – Ciudad Balcón (PDF)

carta_estelar_mini1.1 – Nereida

No podía evitar recordar el pasado con nostalgia. Es algo que a casi todo el mundo le pasa, pero a ella la sensación le resultaba casi insoportable. Una y otra vez rememoraba los días en que acompañaba a su padre y al equipo en los viajes a lo largo y ancho del sistema solar para preparar las carreras. Una y otra vez aparecían en su mente las imágenes de su habitación en la Ágape, la goleta que había llegado a considerar su casa, y del panel de instrumentos de Indira, la minúscula planeadora en la que había aprendido a volar.

Aquellos días con su padre habían sido los mejores de su vida. Serpenteando a toda velocidad a través de los cañones de la vieja Tierra en aquella pequeña nave sin nadie que les molestase, sin nada que les interrumpiese. Pasaban horas cada día volando entre estrechos desfiladeros, viendo los atardeceres y durmiendo bajo las estrellas. Pocas personas en el sistema podían presumir de haber recorrido el planeta como ella lo había hecho. Aquellos días en que pese a lo pequeña que era había aprendido a pilotar como un auténtico As siguiendo las lecciones de su padre, tricampeón de Vuelo Rasante de Ciudad Balcón, la estación más grande de todo el Sistema Solar, situada como un inmenso mirador en órbita sobre la reserva natural de la Tierra. Aquellos días en que la promesa de su padre de comprarle una nave cuando creciese era la mayor de sus ilusiones. Aquellos días habían quedado atrás hacía ya demasiado tiempo.

Habían pasado diez años desde que Nereida Stark, una risueña y resplandeciente niña de ojos castaños y cabello negro como el azabache, aprendiese a volar montada en la planeadora de su padre cruzando a ras de suelo los estrechos desfiladeros de las más abruptas cordilleras de la vieja Tierra. Habían pasado diez años y Nereida Stark, una preciosa joven de ojos castaños y cabello negro como el azabache, se encontraba sola, sentada en la barra de un oscuro antro en Navin Tikva, el más interior de los  niveles de Ciudad Balcón. Celebrando su decimonoveno cumpleaños con, ante ella, un vaso de whisky cuyo hielo revolvía con parsimonia. Era el último de una botella que había sido su propio regalo. El único que había recibido, y en el que se había gastado todo el dinero que le quedaba.

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Ilustración de María Gil – http://www.mariagilart.com

Después de la muerte de su padre y del primer aluvión mediático le había importado a muy poca gente. Había tenido que buscarse la vida y crecer por su cuenta y la verdad es que no se le había dado demasiado bien.

 

Llevaba toda la noche allí sentada bebiendo, repasando cada momento que detestaba recordar. Pero aquel whisky barato no iba a ser suficiente para olvidarlos. Mientras revolvía el vaso tratando de posponer su ingesta el mayor tiempo posible le temblaban las manos. En aquella parte de la estación hacía frío y casi podían notarse las vibraciones de los enormes motores de gravedad, pero en aquel momento eso poco tenía que ver. Cierto es que la minifalda y la fina camiseta que llevaba no ayudaban, y que en ocasiones deseaba que la estación siguiese valiéndose de un sistema de rotación a la antigua usanza, pero en aquel momento aquello poco tenía que ver. Por mucho que durante una época no quisiese aceptarlo ahora sabía lo que necesitaba, y aquel whisky no iba a ser suficiente para sustituirlo.

Comenzó a juguetear con un pequeño terminal que llevaba alrededor de su muñeca izquierda. Le gustaba seguir manejándolo a mano pese a que estuviese conectado a sus terminaciones nerviosas. Navegando a través de los menús llego a la agenda y empezó a repasar los nombres. Al instante vio el que buscaba, Ángelo, el primero de la lista, en un lugar especial.  Dirigió la el dedo índice hacia la pantalla y apoyó la yema sobre el nombre, una leve presión era suficiente para llamar, pero se detuvo en el último instante.

–Mierda… – suspiró.

No quería hacer aquella llamada, pero necesitaba hacerla… deseaba hacerla. Se sujetó la cabeza con las manos mientras, apoyando ambos codos en la barra, se quedaba mirando hacia el suelo. Lo mismo de siempre, la misma indecisión de cada ocasión, con el mismo resultado de siempre.

– ¿Si? – preguntó una voz a través del terminal.

– ¿Ángelo? Soy yo… – respondió susurrándole a su muñeca

– Ah, Nery… ¿Qué quieres preciosa? – respondió.

–Veras… es que… es… necesito verte – masculló con voz temblorosa.

– ¿Hablamos de la cantidad habitual?

–Si…

–Está bien, ven a mi apartamento, te espero en media hora.

–B…Bien… allí estaré…

Cortó la llamada y se quedó durante un instante con la mirada perdida. La mirada de reproche del camarero indicaba que la había oído. Aunque habría sido más conveniente, detestaba pasar las conversaciones directas a su cerebro. No podía entender como algo así se realizaba tan a la ligera, solo imaginarse un contacto tan íntimo la ponía nerviosa.

El inicio del noticiario interrumpió sus pensamientos. El camarero había apagado la música dando paso a un canal de noticias locales, donde empezaron a hablar de un asesinato en la zona portuaria de Grantgrove, pocos niveles por encima. En aquella zona no era algo fuera de lo normal. En menos de medio minuto había dejado paso a las noticias sobre entradas y salidas de transportes de viajeros y suministros, y a la información de los cortes de energía por servicios de mantenimiento. Estos últimos en aquella parte de la estación, tan cerca del corazón de la misma, eran tan incómodos como habituales. Todo aquello en ese momento le interesaba bastante poco, si quería estar en Égivis en media hora no podía entretenerse. Se bebió de un trago lo que le quedaba y, con cierta dificultad para mantener el equilibrio, se puso en pie. Se colocó sobre los hombros la chaqueta vaquera, que hasta entonces había descansado en el respaldo del taburete, y camino hacia la salida.

A esa hora en todo el local solo había otras dos personas. Un hombre de pelo castaño, vestido con una larga gabardina marrón, y una mujer de mandíbula marcada, pelo negro recogido en un moño, y una profunda cicatriz recorriéndole el pómulo izquierdo, sentados en una mesa en un rincón.

De un vistazo de reojo mientras se alejaba caminando pudo comprobar como aquel hombre no le quitó la vista de encima hasta que abandonó el establecimiento.

***

1.2 – Alan

Alan Duke, capitán de la goleta ligera Aditi, esperaba junto a su primer oficial, Ida Kemény, en una mesa en un rincón de ese mismo local. Él era un hombre de mediana edad, gustos sencillos, y un sentido del humor un tanto peculiar. Pese a que su reputación decía que era un contrabandista eficiente y discreto, la realidad era que muchas veces sus actos contradecían dicha fama.

Un claro ejemplo de eso fue su reacción al ver a aquella chica.

– ¡¿Has visto a esa prostituta?! –No fue capaz de contenerse una vez ella hubo abandonado el bar –La madre que me parió, estaba tremenda…

A su lado Ida, de expresión por lo general impasible, miraba cansada a su capitán. Veterana del ejército, había luchado durante años en las fuerzas especiales de Titán hasta que, tras un golpe de estado, su gobierno fue aniquilado mientras ella se encontraba en una misión en el borde exterior. Nunca había podido volver, y había encontrado su nuevo hogar en la Aditi, encargándose de que su inconsciente capitán siguiese vivo.

–Señor, sé que voy a lamentar esto, pero ¿Cómo sabe usted que…? – le preguntó con un planísimo tono de voz.

Estas salidas de tono no le eran algo desconocido pero no podía evitar detestarlas. En su trabajo pasar desapercibidos era esencial y debido a estos ataques de efusividad rara vez lo conseguían.

– ¡Guau! No me importaría contratarla – continuó Alan ignorándola– ¿Alguna vez hemos tenido una prostituta contratada para la nave?

–No, señor, pero vuelvo a repetirle que…

–Si la volviese a ver te aseguro que esta vez tendríamos una – seguía hablando emocionado – Que buena estaba… ¿Cuánto crees que cobrará?

–Señor…– insistía pero no parecía escucharle.

–Con su aspecto habría dicho que es cara, pero si está por aquí no debería… – se quedó pensativo – quizá sea adicta a alguna droga o sea una de esas a las que les gustan cosas raras.

– ¡Señor!

– ¿Si? – preguntó como si fuese la primera vez que la escuchaba

– ¿Ha terminado de insultar de manera gratuita a aquella pobre chica? Tenemos trabajo que hacer

– ¿A quién? ¿A la prostituta? – se sorprendió.

–No tiene ni idea de si es una prostituta o no…

– ¿Cómo? Me ofendes – respondió el capitán Duke – ¿Insinúas que no se distinguir a una prostituta cuando la veo?

–Señor, no tiene ninguna prueba para decir que esa chica fuese una prostituta – respondió evidente enfado –  Esta conversación empieza a ser desagradable…

– ¿Qué? ¿Cómo? ¡Claro que la tengo! ¿No la viste? – Declaró enfurruñándose como un niño pequeño – Vestía como una prostituta y…

Ida suspiró un instante antes de preguntar. En ocasiones requería más paciencia que la desactivación de una bomba, quizá algún día acabase estrangulándolo.

–Capitán… ¿Podría recordarme por qué sigo trabajando para usted?

–Por… ¿mi indefinido encanto personal? – bromeó esbozando una media sonrisa.

–… – durante un instante no supo que decir – ¿Podemos pasar al plan?

– ¿El plan? – El capitán parecía de nuevo sorprendido –  ¡Ah, sí! ¡El plan!

Rebuscó en el bolsillo de su gabardina hasta encontrar un pequeño papel arrugado.

– ¡Aquí está!

–Capitán, como siempre me asombra – el tono de hastío de Ida se intensificaba – ¿Saldrá bien al menos esta vez?

– ¡Claro que sí! ¿Por qué iba a salir mal? – Respondió haciéndose el ofendido – Goodey llegará de un momento a otro.

Justo al oír ese nombre la mirada de ella se ensombreció aún más.

– ¿Por qué sigue confiando en él, señor? Está loco.

– ¿Loco? Qué cosas dices… es una persona de lo más agradable. Y sabes que no encontraremos a ningún otro ingeniero tan hábil dispuesto a venir con nosotros. – le respondió con un repentino gesto de seriedad.

Eso, para su desgracia, era cierto. John Goodey era un genio, había sido capaz de mantener a la vieja Aditi en vuelo usando trozos de mobiliario a modo de repuestos, y podía asaltar la red interna de cualquier organización, siempre y cuando se encontrase de buen humor. Se había ofrecido voluntario a entrar en la tripulación cuando la nave se había estrellado en una playa en las afueras de Aisén, en Ishtar Terra, donde se encontraba bronceándose. Creyó que aquello era una señal.

Apenas habían terminado de hablar de él cuando un  hombre alto y rubio, con una poblada barba y vestido con una antigua chaqueta de aviador, entró caminando a grandes zancadas.

– ¡Hey, amigos! – Saludó al tiempo que llegaba a la mesa donde se encontraban– Ya estoy aquí.

Agarró una silla y se sentó junto a ambos para, de inmediato, clavar la mirada en Alan.

–Capitán – empezó a decir – ¿No habíamos hablado alguna vez de contratar a una prostituta para la nave? Me acabo de cruzar con una que… ¡Ay! ¡Si la hubiese visto!

– ¡Te lo dije! – Saltó el capitán – Sí que se distinguir a una prostituta.

–De acuerdo capitán, usted gana – respondió Ida haciendo ver que estaba demasiado cansada  del tema como para seguir discutiendo– ¿Podemos pasar a tratar el plan de maldita una vez?

Goodey la miró sorprendido.

– ¿Qué le ha picado a esta, capi?

–Nada, pero tiene razón, pasemos al plan – se centró al fin el capitán – ¿Has preparado lo que te pedí?

–Pues… si, podría decirse que sí – comunicó con total tranquilidad mientras se recostaba en la silla.

– ¿Podría decirse? – le interrogó ella.

–Sí, la verdad es que está terminado todo y estoy convencido de que funcionará, pero no he podido probarlo – mientras hablaba se dio la  vuelta buscando con la mirada al camarero – ¡Hey, colega! ¡Tráeme un vaso del whisky más barato que tengas!

– ¿Entonces como sabes que funcionará? – continuó Ida.

–Mmm… Capitán, no puedo trabajar con todo este escepticismo, lo llena todo de malas vibraciones – se quejó antes de volverse hacia ella – No he podido probarlo porque estamos en el lugar más vigilado del universo. Si lo hago aquí detectarán la señal y la rastrearán hacia nuestra nave. Debemos hacerlo cuando el transbordador se haya alejado.

– ¿Funcionará, verdad? – quiso saber el capitán

–Pues claro hombre, abriremos su hangar, entraremos, nos iremos y ni siquiera se habrán despertado de la siesta. Salvo que nos vean claro.

– ¿Qué nos vean? – Alan preguntó intrigado.

–Claro, por las ventanas ¿No esperaríais que también me ocupase de eso verdad? Los ojos de la gente aún no son parte de mi negocio, al menos no los de toda la gente.

Ida los miro a ambos boquiabierta

–Sí señor, esto va a ser fantástico.

– ¿Por qué siempre tienes que estropearlo todo con tu mala sombra? – Le pregunto Goodey exaltado– ¿No puedes aportar algo positivo? ¿Darnos ánimos y desear que todo salga bien?

Con un repentino movimiento Ida puso una pistola sobre la mesa.

– ¡Esto es lo que voy a aportar cuando todo se tuerza y tenga que salvaros el cuello! – replicó con deliberada agresividad.

Goodey cogió el arma con delicadeza y se la devolvió.

–Y nosotros te lo agradecemos, pero… ¿No podrías hacerlo con una sonrisa? Todo sería mucho más agradable y menos dramático.

– ¡Dejadlo ya! Siempre estáis igual – les cortó el capitán mientras sacaba un viejo transmisor del bolsillo – ¿Sharp tiene la Aditi a punto?

–No lo sé – respondió Goodey con indiferencia – cuando me fui de allí aún no estaba, pero he tenido una tarde ocupada.

Mientras el camarero colocaba en la mesa un vaso de cristal con bastante hielo y algo de whisky, Alan se colocó el transmisor cerca del oído y lo accionó.

– ¿Sharp? Responde ¿Estás ahí?

***

 

1.3 – Sharp

La Aditi se encontraba atracada en el en sexto modulo del puerto de Egivis, alineada con una centena de naves de tamaño similar. Se trataba de una pequeña y rápida goleta, salida de los astilleros Burkhard en Mercurio, que en las condiciones adecuadas podía pasar meses en el espacio sin necesidad de ningún suministro.

Pese a que para hacerla volar era suficiente con una persona, su interior podía acomodar hasta diez sin que estas tuviesen problemas de espacio. La organización interior era sencilla; en la parte delantera la cabina con un pasillo que llegaba a una sala circular con una mesa en el centro que se utilizaba de comedor, continuando hacia atrás la sala de motores y hacia los lados los camarotes y los accesos a la bodega, situada debajo del comedor y los citados camarotes. Por último, desde hacía tiempo y debido a que había demostrado ser un añadido de extrema necesidad, uno de los camarotes se había acondicionado para poder hacer de enfermería o incluso de quirófano de urgencia.

El aspecto exterior de semi-elipse, con una hilera de propulsores en la zona posterior, un motor direccional acoplado a cada lado y los sensores sobresaliendo en la parte delantera, era algo común entre las naves de su clase. Era difícil encontrar aspectos que distinguiesen su apariencia de la de cualquier otra nave de transporte.

Sentado en la silla del piloto, terminando de introducir las coordenadas de su siguiente vuelo en el ordenador de navegación, se encontraba Finley Sharp, ex coronel del ejército de la Alianza de Planetas Interiores y puntilloso piloto de la Aditi.

–Diagnóstico de sistema completado – le indico en ese momento una suave voz femenina.

La interfaz de la nave poseía una voz, de timbre agradable, que había sido instalada mucho antes de que Sharp fuese su piloto, quizá antes de que el capitán se hiciese con ella. En condiciones óptimas era capaz de hacer volar la nave por sí sola, y resultaba de gran ayuda en las maniobras de entrada y salida de las estaciones. Aunque esa era una ayuda que Sharp no necesitaba; durante sus años en el ejército se había acostumbrado a pilotar sin el apoyo de los ordenadores de a bordo, y aun en las ocasiones difíciles solía retirarle todos los permisos a la inteligencia de la nave. Lo que a la hora de la verdad la convertía en algo importante era su capacidad para tener al día hasta el mínimo detalle el estado de la nave, y su voz. Sharp adoraba su voz. Como un viejo contrabandista le había contado cuando estaba atracado en Niahm Mira, si un piloto amaba a su nave esta le correspondía. Y para él aquella goleta no era solo una nave, era su hogar y su amiga. Sharp amaba a Aditi, y ella se lo había correspondido en multitud de ocasiones salvándole la vida.

–Bien Adi – contestó recostándose en la silla – ¿Qué tal te encuentras hoy?

–Todos los sistemas se encuentran operativos – empezó el informe la nave – Existen dos alertas leves y una de nivel crítico.

–Ilumíname preciosa – sonrió cerrando un segundo los ojos mientras miraba al techo. Sabía palabra por palabra lo que le iba a decir.

–Alerta de seguridad número uno: El motor ha superado las cien mil horas de vuelo. Se recomienda revisión reglamentaria.

–Recuérdamelo más tarde ¿quieres?

–Aviso pospuesto – continuó – Alerta de seguridad número dos: Imposible contactar con interfaz “Zero”.

–Sé que lo echas de menos, pero Zero está apagado mientras lo reparamos – le respondió también con suavidad a la nave – en un rato debería volver a estar contigo.

El pequeño caza que guardaban en el compartimento de carga de babor, ahora adaptado a modo de hangar, poseía una interfaz hermana de la de la nave principal que se mantenía siempre en contacto con esta. A veces parecía que no podían estar separados.

–Alerta critica de seguridad número uno: Integridad del casco comprometida en secciones tres, cinco y seis. Integridad del casco critica en secciones uno y cuatro. Se recomienda inmovilización total hasta que el problema sea subsanado.

–Lo sé, lo sé pequeña… – contesto apenado Sharp mientras se pasaba las manos por el pelo – pero necesito que aguantes un poco más. Solo un viaje más… luego podrás descansar.

–Alerta crítica archivada hasta siguiente diagnostico bajo autorización de voz del comandante Sharp – completó la nave – Diagnostico terminado.

Volvió a recostarse en la silla con la mirada perdida en los controles que tenía ante él. Un vuelo más, solo uno, necesitaba que lo aguantase. Sin el dinero de su siguiente trabajo no podían pagar las reparaciones que la nave necesitaba y no podían seguir parcheando el casco más tiempo.

La melodiosa voz de Adi volvió a dirigirse a él, interrumpiendo sus pensamientos, mientras una pequeña luz verde parpadeaba en el panel de mandos.

–Tiene una llamada desde el terminal del Capitán Duke

Irguiéndose un momento se inclinó sobre el panel principal.

–Pásamela, no vayamos a hacerle esperar demasiado.

En vertical sobre el tablero que tenía delante se proyectó un pequeño rectángulo donde al instante aparecieron los datos del terminal desde el que le llamaban.

– ¿Sharp? Responde ¿Estás ahí? – preguntó una voz metálica por cuyo tono podía adivinarse al propietario de la nave.

–Le escucho, capitán – respondió Sharp con la seriedad que le caracterizaba.

– ¿Cómo van las cosas por ahí? – Le interrogó – ¿Estará la nave a punto para salir?

–La Aditi está lista para salir ahora mismo si hace falta – continuó – Sin embargo Tom está tardando algo más de lo normal con Zero. Iré a ver qué le pasa, pero vendría bien que nos devolvieses a Goodey.

–De acuerdo, en una hora lo tendréis allí. Recuerda, salimos a las nueve en punto.

–Tranquilo capitán, lo recuerdo. Si eso es todo…

–Eso es todo.

Con un rápido gesto de la mano cortó la comunicación e hizo desaparecer el rectángulo holográfico antes de levantarse del asiento. Miró un momento a través de la cristalera de la cabina. El puerto rebosaba de actividad, se notaba que al día siguiente iban a hacer un envió hacia las colonias exteriores.

–Abandono la cabina Adi – le comunicó a la nave – Desvía cualquier llamada a mi terminal portátil.

Se dio la vuelta y salió de la cabina en dirección a la bodega de babor. Convertirlo en un hangar, para que el caza pudiese despegar en pleno vuelo, había sido con facilidad una de las ideas más brillantes que había tenido el capitán. Aunque era una faena perder espacio de carga, aquel caza había supuesto muchas veces la diferencia entre el éxito y el fracaso. Incluso entre la vida y la muerte.

Avanzó a través de la sala común. En la mesa se encontraba Anton Van Vuuren, médico de la nave. Le habían contratado como contrataban allí a todo el mundo, porque no había más alternativas. Con la nave incrustada en un desfiladero de Rea, perdiendo presión en la cabina, mientras trataban de rescatar a los pasajeros de un transporte atmosférico estrellado. Una sección de la Aditi se había venido abajo aplastando a Ida y haciendo que se le perforase un pulmón. Por suerte había un medico entre los supervivientes y todo acabó más o menos bien. Tras eso el capitán le ofreció quedarse y aceptó, y el asunto no había salido del todo mal. Era un buen tío y un buen médico, aunque se asustaba con demasiada facilidad. En ese momento se encontraba distraído leyendo un libro, uno impreso en papel. Sharp prefería no preguntarse cuanto debía haberle costado. Puerta al Verano se veía escrito en la tapa. Decidió no molestarle.

Ya en la sección de babor, bajó por la escalerilla que lleva a la bodega, donde un hombre bajito y calvo vestido con un mono de trabajo azul se peleaba con una pequeña y desgastada nave con forma de huevo.

Tom Rooke, que sostenía tener antepasados japoneses, era el piloto de Zero, el caza de la nave. Aunque detestaba que nadie tocase a su pequeño, rara vez era capaz siquiera de realizar el mantenimiento más básico. Sus reflejos a los mandos de la nave eran decentes, pero su habilidad mecánica estaba cerca de no existir. Habría sido fácil encontrar un piloto de mejores condiciones pero tenía algo que le hacía difícil de sustituir: contactos. Sobre todo en tiempos como aquellos, con la crisis que asolaba el sistema, era algo por lo que valía la pena tener a bordo a la persona más inútil del mundo.

Y había sido aquel hombre que insultaba a esa pequeña nave que tanto adoraba, quien les había conseguido el trabajo que tenían al día siguiente.

–¡Mierda! ¡Joder! – Gritó Tom mientras se giraba hacia Sharp – ¿Has hablado con el capitán? ¡¿Dónde está ese malnacido de Goodey?!

–En un rato lo tendrás aquí, no te calientes. ¿Qué tal está hoy Zero? – Le preguntó Sharp mientras trataba de calmarlo – Adi lo echa de menos.

–El panel de instrumentos no funciona, lo demás si pero en este estado no sabré si falla nada ni podre apuntar más que a ojo – se quejó – No es que no lo haya hecho nunca, pero me niego a meterme así donde vamos a meternos.

–Tranquilo, lo arreglaremos. Además… no debería ser difícil. – le replicó Sharp – Un simple carguero con pasajeros, lo hemos hecho muchas veces.

–El problema no es el puto carguero, el problema viene después. ¡Esa zorra lunática! – Continuaba gritando – Si lo llego a saber nunca la habría puesto en contacto con el capitán. ¡Joder! ¡Europa! ¡Es una puta zona de guerra! ¿A quién coño se le ocurre meterse allí?

–Tranquilo, tenemos bastante información sobre la zona, sabemos por dónde entrar y como salir y llevaremos las señales de ayuda humanitaria. No pasará nada – trató de tranquilizarle Sharp

–¿Qué no pasará nada? ¡¿Que no pasará nada? Te diré yo lo que va a pasar, utilizaran las putas señales como diana para hacer tiro al blanco. ¡Y tú sabes tan bien como yo en qué condiciones se encuentra el casco de esta chatarra en la que volamos! – le señalaba histérico – Cuando toquemos el suelo el trozo más grande que quedará de la nave será tan pequeño que se lo podrán meter por el culo si les apetece… ¡Jodida zorra! Con razón no me contó en que quería meternos… la habría mandado a la mierda al doble de la velocidad de la luz…

Durante un buen rato continuó despotricando sobre la mujer que les había contratado, mientras Sharp volvía a la cabina. Quizá tuviese razón, Europa estaba envuelta en una guerra civil y el mero hecho de acercarse ya entrañaba un gran riesgo, pero el trabajo escaseaba y había bastante a ganar.

Además, el hecho de que por una vez fueran a hacer una buena acción le reconfortaba.

***

1.4 – Meira

La mujer que les había contratado se llamaba Meira Lenz, y en aquellos momentos se encontraba meditando sobre lo que iba a hacer. Sostenía entre sus manos un tomo que en esos momentos no estaba leyendo y delante de ella, en la mesa, descansaba una taza de café que no se estaba tomando.

Hija de una familia bastante acomodada, desde adolescente había demostrado un gran rechazo a la vida que sus padres pretendían para ella. Había sido miembro de cientos de organizaciones políticas y hecho activismo por multitud de causas. Había sido voz de decenas de protestas contra corporaciones y legislaciones, y apoyado siempre las ideas en que había creído. Al final, tras terminar sus estudios de medicina, había acabado trabajando en un modesto hospital de los suburbios de Navin Tikva tras rechazar todas las ofertas que los contactos de su familia le habían brindado.

Llevaba toda la vida luchando por intentar hacer del mundo un lugar mejor, contra la opinión de su familia que siempre había querido ver en ella a una triunfadora. Pero Meira Lenz, hija de una familia bastante acomodada orgullosa de su herencia genética germánica, reina del baile de graduación de su promoción y objeto inalcanzable de deseo de cuantos hombres la rodeaban, se sentía una triunfadora. Al recordar todo su camino, todas las decisiones que había tomado, sentía que había hecho lo correcto. Pese a lo que mucha gente le decía, era incapaz de concebir el mundo de otra forma. Pero esta vez era diferente. Aun sabiendo que lo que iba a hacer salvaría cientos, o incluso miles, de vidas no conseguía convencerse por completo. Porque Meira Lenz nunca había salido de Ciudad Balcón, ni tampoco había cometido un delito. Y mientras esperaba a que Régis, el infatigable compañero con quien había planeado todo aquello, llegase, no hacía más que preguntarse si hacía lo correcto.

Dejó el libro sobre la mesa y se acercó al pequeño ventanal de su apartamento. Se quedó embobada mirando a la Tierra, aquello siempre la tranquilizaba. En esos momentos veía Europa y el norte de África, y una masa de nubes que se dirigía alMediterráneo desde la estepa rusa. Se preguntó que estación sería ahora mismo allí abajo. En otra época lo habría sabido. Siempre había querido viajar a la Tierra, era algo que deseaba desde niña, pero nunca había podido. No es que no hubiese podido pagarlo, solo tendría que soportar la lista de espera. Pero nunca había surgido la oportunidad, siempre había tenido algo que hacer. Quizá cuando acabase esto lo hiciese. Entonces iba a necesitar un descanso. Quizá ese fuese el momento adecuado.

Asaltar un carguero no era lo que ella siempre había entendido por ayudar, pero dada la situación lo veía como algo necesario. La guerra civil en Europa, el menor de los cuatro satélites colonizados de Júpiter, se estaba recrudeciendo y las fronteras estaban cerradas. Nadie se acercaba allí. Las medicinas escaseaban, las reservas de Plasma R se habían agotado, y la gente moría en los hospitales por poco más que rasguños. Gracias a sus contactos había conseguido la localización de un campo de refugiados y una ruta segura para llegar hasta allí. Robarían una partida de stocks de la UniWorld enviada para ser destruida en las plantas de Ceres.

Con todo lo que estaba ocurriendo la demanda de la gran mayoría de los productos había bajado, incluso un buen número de guerras se encontraban en punto muerto al no conseguir las distintas facciones financiación para los ejércitos, y los suministros médicos se desechaban para evitar un exceso de oferta. Al menos a aquella farmacéutica no le dolería demasiado, quizá hasta saliesen ganando si tenían el viaje asegurado. Nadie perdería nada y podrían salvar a mucha gente. Debería estar eufórica, pero seguía teniendo dudas. Parecía demasiado bonito para ser cierto.

Entonces, sobresaltándola, alguien llamó a la puerta. Régis Tasse era un hombre alto y esbelto, de cabello castaño y siempre elegante. Llevaba trabajando junto a ella desde hacía años y aún se ruborizaba en cada ocasión en que coincidían. Siempre que se encontraban solía quedarse un instante mirándola, contemplando sus grandes ojos azules, su cabello dorado y su casi siempre imborrable sonrisa. Cada vez parecía sorprenderse como si fuese la primera.

– ¡Meira, luz que nos guías! – Dijo estrechándola con fuerza entre sus brazos – ¿Cómo has pasado estos meses? ¿Te llegaron mis mensajes?

La última vez que se habían visto databa de finales del año anterior. Entonces habían perfilado el plan y acordado las fechas, y desde entonces apenas habían hablado. Los detalles y contratos los había arreglado ella por su cuenta.

–Por supuesto Rég todo está listo – respondió ella mientras le apartaba con suavidad y cerraba la puerta.

–Perfecto – respondió con un cierto ligero tono de sorpresa – ¿Cuándo será el gran golpe?

–Mañana, así que no te acomodes – dijo mientras se acercaba a la mesa y le mostraba dos billetes – subimos de pasaje en el carguero a las nueve de la mañana.

– ¡Mañana! – Se sorprendió – ¡Joder! Y encima a primera hora… Creía que tendríamos algo más… ¿Por qué no me dijiste…?

–Sí, mañana – le interrumpió ella – no hay otro momento. Nos encontraremos con el Capitán Duke en el puerto a primera hora.

El carguero del día siguiente era la única oportunidad que tenían y Régis lo sabía desde hacía meses pero, como en tantas otras situaciones anteriores, parecía que a él no era aquello lo que en realidad le importaba.

–Vale, vale, ya lo pillo – contestó haciendo evidente su disgusto – En ese caso más vale que me vaya a dormir, llego agotado del viaje.

Sin cruzar más palabra con ella se retiró a la habitación de invitados que ella había improvisado en su estudio, dejándola sola en el pequeño salón. Como tantas otras veces en situaciones parecidas estaba segura de que él habría querido que la acompañase, pero ella nunca había sido capaz de complacerle. Ni a él ni a ningún otro. Como tantas otras veces creía que estaría superado, pero todos parecían negarse a aceptar la realidad. Siguió durante unos minutos de pie, sola, observando la Tierra a través del ventanal. Respirando despacio trató de mantener su mente vacía. ¿Qué demonios le ocurría? Empezaba a dudar de que nunca pudiese enamorarse de alguien, quizá amase demasiado lo que hacía.

***

1.5 – Nereida (II) 

Con independencia de la hora que fuese los pasillos de Navin Tikva estaban siempre abarrotados, sobre todo en la zona periférica. Durante las horas de día el flujo de personas tratando de llegar o salir de sus lugares de trabajo, de alcanzar sus hogares, o caminando sin rumbo, convertía la tarea de moverse de un punto a otro en todo un reto.

Durante las horas de la noche las bandas campaban a sus anchas, mientras que prostitutas y traficantes compartían entorno con familias enteras que encontraban en el frío suelo metálico de la estación la única cama que eran capaces de permitirse. Las paredes, ocultas durante el día por el gentío, mostraban pintadas y grabados, desordenados y contradictorios, acompañados de marcas de disparos, y esporádicas manchas de sangre que nunca llegaban a ser limpiadas.

Durante las horas nocturnas había pocos lugares menos seguros que aquel en toda la estación. Pero a Nereida aquello en esos momentos no le preocupaba. No llevaba encima nada de valor y había bebido demasiado como para poder pensar que algo le pudiese ocurrir. Apenas se percataba de la presencia de gente con quien se cruzaba, salvo por los comentarios obscenos que escuchaba con asiduidad y los insultos de aquellos con quienes tropezaba. Cuando subió al monorraíl en dirección a Egivis a punto estuvo de dormirse en los pocos minutos de trayecto. Solo la sensación de frio, el dolor de cabeza, y los temblores, la mantenían despierta. Solo la promesa de lo que la esperaba al final del camino y el ansia de alcanzarlo.

Media hora después de empezar la marcha se encontraba ante el pequeño y desordenado apartamento de Ángelo. Apenas una habitación y un baño, pero colocado sobre uno de los muros exteriores de la estación. Justo al lado de la cama tenía un enorme ventanal que ocupaba al completo una de las paredes. Desde allí se había quedado noches enteras contemplando la Tierra, la Luna o el incesante tráfico de naves entrando y saliendo de la estación. Comparado con aquello su diminuto departamento en Navin Tikva era un ataúd: apenas una litera con una taquilla y un lavabo. Sin espacio para moverse, sin espacio para tener nada, sin un lugar al que mirar. Así era toda su ciudad: pequeña, oscura, y sin un horizonte más lejano que el techo, cubierto de cables y tuberías.

Como en muchas otras ocasiones vaciló una vez estuvo delante de la puerta, pero como en todas las anteriores pulsó el timbre. Al momento se abrió la puerta dejando ver a un hombre no demasiado alto, de cabello oscuro. Llevaba solo unos vaqueros dejando a la vista su torso pálido y delgado, aunque moldeado con mimo marcando hasta el más pequeño musculo. Nada más verla sonrió, la invitó a pasar rodeándola de la cintura con el brazo y cerró la puerta tras ella.

– ¡Hola pequeña! – Exclamó dándole una palmada en el trasero – ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? Unos días más y me olvido de esos preciosos ojos.

            Hablaba con seguridad y desparpajo, mientras la manoseaba sin disimulo alguno. Posando sus ojos sobre cada parte de su cuerpo hasta detenerse por un momento en sus temblorosas manos.

–Al menos veo que en este tiempo no has acudido a otro… – indicó con tono acusador  mientras se sentaba en la cama.

La miraba a los ojos mientras ella trataba sin de evitar ese contacto bajando la mirada avergonzada.

–Yo… he intentado dejarlo – musitó ella casi con miedo

El extendió los brazos fingiendo sorpresa y abrió la boca, pero no dijo nada. Unos segundos después le indicó que se acercase, la cogió de la mano y tiró de ella hasta sentarla sobre sus rodillas.

– ¿Y te sientes mal verdad? – Le susurró con el tono de quien riñe a un bebé mientras le acariciaba el rostro – Pero tranquila…

Mientras hablaba comenzó a acariciarle la pierna y a rozarle el cuello con sus labios.

–… no te preocupes, tengo lo que necesitas – dijo mientras alargaba una mano cogiendo un frasquito de un estante junto a la cama.

–…Ángelo… yo… – le interrumpió ella de forma casi inaudible – no tengo dinero…

Él se detuvo, le agarró la cara y sus ojos quedaron clavados en los de ella.

– ¡¿Qué?! – Le gritó – ¡¿Entonces qué coño haces aquí puta?!

La empujó tirándola al suelo.

– ¡Maldita zorra! – vociferaba haciendo aspavientos con los brazos – ¿Quién coño crees que soy? ¿Un maldito trabajador social?

Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro de la pequeña habitación mientras a ella empezaban a caerle lágrimas de los ojos.

– ¡Esta mierda cuesta dinero! – Le dijo señalando al botecito – ¿Te crees que me la regalan? ¡¡Joder!! ¡Siempre me haces lo mismo!

Se paró un momento con los brazos en jarras mirando al techo.

–Mierda, ¿sabes qué? Fuera de aquí – señalaba a la puerta – Lárgate y vuelve cuando  dejes de ser una puta indigente.

Ella se acercó a él, arrodillada.

–…Ángelo, por favor… – suplicaba ella – lo… lo necesito…

Él tomó aire un par de veces, se volvió a sentar en la cama y la miró.

–Pequeña, sé que lo necesitas – le dijo con condescendencia, mientras estirando un brazo le secaba las lágrimas – y me gustaría dártelo, pero no puedo, de verdad que no puedo.

La miraba a los ojos, sujetándole la cara, obligándola a mantener la mirada.

… por favor… – la voz de ella apenas era entendible entre sollozos

– ¿Por qué me lo haces tan difícil siempre? Sabes que odio tener que hacer esto, pero son las reglas. Trae el dinero y lo tendrás.

Nereida se pegó a él aun arrodillada y comenzó a acariciarle ambas piernas.

–Por favor… haré lo que sea… lo que sea… – le miró a los ojos esbozando una patética media sonrisa mientras le bajaba la cremallera del pantalón –por favor… es mi cumpleaños…

Ángelo suspiró un momento y comenzó a desenroscar la tapa del bote. Agarró un pequeño aplicador y le levantó la barbilla.

–Abre bien los ojos – le indicó mientras le sujetaba un parpado – está bastante concentrado, tardará poco en empezar a hacer efecto.

Dejó caer dos pequeñas gotas de líquido transparente en cada ojo y guardó el bote en un cajón.

–Bien, pequeña, ahora te toca a ti – le dijo acariciándole el cabello mientras ella se introducía su polla en la boca.

Hacía tiempo todo aquello había empezado como un juego, pero cuando se quiso dar cuenta no era capaz de pasar una semana sin su dosis de Exint–III, aquel potente narcótico la mantenía viva y ajena a todo aquello que detestaba de su vida. Con cada dosis se alejaba del mundo, de Navin Tikva y de Ciudad Balcón. Volvía a tener nueve años y a volar a toda velocidad entre los estrechos cañones de la Tierra. Con cada dosis encontraba el paraíso lejos de aquella perpetua caída en la que había convertido su existencia. A veces se resistía, pero siempre volvía. Siempre se rendía y se arrastraba de vuelta a aquel jardín lleno de flores que regaba a través de su nervio óptico.

Mientras ella salía despacio del mundo, Ángelo gemía de placer y le repetía lo que le decía siempre.

– ¡Dios, deberías dedicarte a esto! Si… así se hace… La chupas mejor que el resto de las putas que puedo permitirme – dijo sujetándole la cabeza marcándole durante unos instantes el ritmo – Tendrías que dedicarte a esto. Con ese culo y ese par de tetas que tienes ganarías bastante dinero, podríamos hacer negocios sin que tuvieras que arrastrarte por una limosna…

No era un discurso nuevo ni una situación nueva, solo una humillación más de la que Ángelo disfrutaba. Él sabía que ella rara vez tenía dinero y que haría cualquier cosa por esas míseras dos gotas en cada ojo, y aquella situación le gustaba. Aquello era calderilla en comparación a lo que movía cada día, calderilla que la ataba a él. Desde el día en que le enseñó una puerta de escape a sus problemas la muchacha se había mostrado dócil como un cachorrillo. A veces trataba de escapar pero no hacía falta perseguirla, siempre volvía.

Ese día mientras la desnudaba sobre su cama, como tantas otras veces, y acariciaba con delicadeza su cuerpo, tras vendarle los ojos para evitar cruzarse con esa mirada blanca, vacía, que tendría mientras la droga hacia efecto, disfrutaba susurrándole al oído algo que ella odiaría recordar cuando se despertase.

–Es tu cumpleaños… hoy voy a hacerte un regalo – alargó la mano hasta el terminal de muñeca de ella que ahora descansaba sobre el estante, transfirió doscientos créditos a su cuenta y sonrió con sorna – Hoy voy a pagarte la noche.

Una respuesta a “Carta Estelar – 1 – Ciudad Balcón (Completo)

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