Carta Estelar – 2 – Nueve Soldados – Maya

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2.2 – Maya

carta_estelar_miniMaya Ardiles dormía acurrucada contra el cuerpo de su marido, desnuda, luciendo sin pretenderlo una dulce sonrisa de satisfacción.

Aun no se habían cumplido dos días de su regreso de la última misión, en la que se había pasado casi dos semanas sin ver a Roger. Dos semanas sin abrazarle, dos semanas sin notar su aliento sobre su cuello. Dos semanas en las que apenas habían podido cruzar unas pocas frases cada día en las escasas llamadas para las que había tenido tiempo. Dos semanas sin decirle ni una vez la verdad.

Porque Roger no sabía a qué se dedicaba su mujer. Roger no sabía que es lo que había estado haciendo estas dos semanas, ni lo que había hecho en ninguno de sus viajes anteriores. Y eso a Maya le destrozaba el corazón. Deseaba poder decírselo, poder contarle por qué tenía que irse lejos de él tantas veces, y en lugar de eso había tenido que inventarse una buena parte de su vida. Pero cada vez que volvía a casa eso no importaba. Cada vez que volvía a casa él la esperaba como si de su primera cita se tratase, y cada vez que se acostaba junto a él en aquella cama volvía a ser como la primera vez. Pese al mundo de secretos que les separaba, y que en ocasiones hacía insoportable su trabajo, cuando estaba de vuelta su vida solo podía describirse con una palabra: perfecta.

Y mientras Maya dormía, desnuda, acurrucada contra el cuerpo de Roger, luciendo sin pretenderlo una dulce sonrisa de satisfacción, el terminal que descansaba sobre una mesita junto a la cama empezaba a sonar.

Sin siquiera abrir los ojos estiró el brazo y colocó el terminal en la cama, al lado de la almohada.

– ¿…si…? – preguntó de forma casi inaudible

–Soy Wal…

–Mierda Walth, ¿Sabes la hora que es? – respondió disgustada sin siquiera dejarle acabar la palabra

–No me hables de la hora, llevo aquí desde hace un par – le contestó – Tenemos trabajo

– ¿Y a… a mí qué? – Respondió intentando ahogar un bostezo – Sabes que estoy de permiso.

Hablaba con la cabeza aun apoyada en la almohada, acariciando el cabello de Roger que seguía dormido a su lado.

–Supongo que no habrás leído los mensajes, todos los permisos están suspendidos – le informó

Al escuchar eso a punto estuvo de permitir que los ojos se le saliesen de las orbitas, con un brusco movimiento se giró para apartarse de su marido y trató de contener el tono de voz.

– ¡¿Qué?! ¡No me jodas! –se quejó ella, sintiéndose de pronto más despejada de lo que desearía

Con un ágil movimiento lanzó el terminal rectangular, fino como el papel, contra su muñeca. Un segundo más tarde se había cerrado alrededor de esta y la conversación ahora fluía a través de su cabeza.

– ¡No puedes hacerme esto! Acabo de volver de… joder… ¿Qué coño pasa?

–No te lo puedo decir por aquí – le replicó Walth – te veo en el Mirador dentro de una hora.

Se dejó caer de nuevo en la cama y se quedó un momento con la mirada perdida en el techo.

–De acuerdo, de acuerdo –le contestó de mala gana– allí estaré…

–Estate preparada, volvemos a trabajar con… – comenzó a advertirle

–No… no… – le interrumpió – ¿Vienen Alice y Los Gemelos?

–Ya están de camino

–Mierda, sabes tan bien como yo que no están bien de la cabeza…

–No ha sido cosa mía, yo tampoco los habría llamado.

–Joder… – se quejó mientras se llevaba una mano a la frente – esto no va a acabar bien, nunca lo hace…

–Lo sé… – suspiró Walther – lo sé, pero parece que es algo importante, pretenden atarles bien en corto. A ellos y a nosotros…

Volvió a girarse en dirección a Roger, le acarició el pelo un momento antes de continuar, respiró hondo y trató de calmarse.

–Walth ¿Cuánto tiempo durará esta vez?

Sabía que desde el otro lado Walther estaba notando su disgusto, la tristeza que en ese momento sentía. Era algo que nunca había sabido ocultar en ese tipo de comunicación.

–No lo sé –parecía querer dejar claro que no era cosa suya – hasta que esté solucionado… como siempre.

– ¿Qué le digo a Roger? – Preguntó apenada – No llevo ni dos días en casa…

–No te preocupes, cuéntale cualquier cosa, ya nos encargaremos que los noticiarios se hagan eco de ello.

–De acuerdo… – le respondió con resignación – te veo en una hora.

Dejó el terminal en la mesita y se dejó caer de nuevo en la cama.

“Mierda”, susurró para sí misma mientras se le humedecía los ojos. Se abrazó a Roger mientras intentaba pensar en una excusa para justificar marcharse tan pronto, pero lo único que se le pasaba por la cabeza era lo mucho que odiaba su trabajo. Empezaba a costarle recordar por qué seguía haciéndolo.

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