Relato – Al Borde del Acantilado

Al Borde del Acantilado

acantiladoCerró los ojos durante un segundo, solo quería sentir el viento golpearle en la cara, las gotas de lluvia humedeciéndole el rostro, el suave olor del mar, su largo cabello ondeando. Oía el furioso golpear de las olas, los truenos a lo lejos creando eco con las paredes del acantilado. El momento parecía no tener fin.

Los recuerdos fluían en su mente como un caudal embravecido. En un momento recordó su niñez, su adolescencia. Aquellas largas noches contemplando las estrellas, aquellas noches llenas de sueños e ilusiones. Ilusiones que nunca la abandonaron, y que nunca pudo cumplir. Noches de enfurecidas pasiones, solo interrumpidas por la eventual aparición del sol. Tiempo de felicidad que poco a poco fue desvaneciéndose, dejando paso a la desolación, a la triste realidad. Tiempo por el que ahora lloraba.

Recordó a gente a quien amó, por quien habría muerto. Gente que se fue y nunca debería haberlo hecho, gente a quien le falló y tardo mucho en darse cuenta. Gente que le había dado la vida, y a quienes se la había robado. Por ellos ahora lloraba.

Volvió a abrir los ojos de nuevo, el agua se agitaba con violencia bajo ella. Desgastando las rocas, arrastrando minúsculas partículas de arena de un lado a otro, limando la pared. La lluvia caía ahora con más fuerza, los truenos sonaban tan cercanos que parecían engullirla. A su espalda un camino llevaba hacia un aparcamiento donde se encontraba solitario un pequeño Renault amarillo. Había llegado en él desde su pequeño pueblo, donde se había refugiado del mundo, de su vida.

Se levantó y se alejo del borde del acantilado, caminando en dirección a su coche. Llego hasta allí y se sentó en el suelo, apoyada en una de las ruedas. Mirando de nuevo hacia el horizonte contemplando como el viento movía la hierba, mientras la lluvia hacia que la ropa se le pegara al cuerpo. Siempre se había considerado una chica bonita. Sus ojos verdes y su melena pelirroja la hacía resaltar sobre la mayoría, y su esbelta figura hizo durante mucho tiempo que fuera la envidia de cuantas la conocían. Pero eso había sido hace mucho tiempo, ahora en su vida solo quedaba muerte y soledad.

No recordaba cómo había empezado, solo que cuando se quiso dar cuenta ya era tarde, no podía salir. Aprendió a sobrevivir en ese mundo, pero a cada día que pasaba se sentía más lejos de sí misma. Se hundía en un abismo del que nunca fue capaz de salir. Algo fue cambiando dentro de ella, fue olvidando los sentimientos, dejándolos de lado por una frialdad e indiferencia inhumanas respecto a todo, respecto a todos. Vio sin inmutarse lo que nadie debería ver, e hizo sin sentir ningún tipo de remordimiento cosas de las que el mismo diablo se arrepentiría. Cerro tras de sí puertas que ni en sus peores pesadillas soñó cruzar recorriendo pasillos que siempre temió siquiera ver.

Pero el corazón humano no es de piedra, y por muy fuerte que sea la voluntad siempre acaba quebrándose. Así un día desapareció, abandono su vida sin mirar atrás. Se escondió y juro no volver nunca. Se encerró en sí misma, hundida, destrozada, asqueada de su propia existencia. Deseándose la muerte a cada bocanada que aspiraba.

Volvió a un pequeño pueblo costero donde había pasado algún tiempo en su niñez, no el suficiente para que la buscaran allí. Se aisló del mundo, intentando entender todo lo que había pasado, lo que había hecho… pero el pasado no perdona y quien la buscaba no iba a permitir que se fuese, no después de todo lo que había visto.

Comenzaron a llegar las noticias, y fue a través de los periódicos como vio desaparecer poco a poco su vida y sus recuerdos en la sección de sucesos…

Entre lágrimas volvió a levantar la mirada hacia el horizonte, la tormenta ya estaba justo encima…

Y como si de un presagio se tratara sonó el último trueno, acompañado de fondo por el ruido de motores que se acercaban.

Sabía a la perfección quienes eran y a lo que venían… y estaba dispuesta a aceptar su destino, llevaba todo el día esperándolo… En aquel momento, apenas unos minutos antes se sintió nacer de nuevo. Allí sentada bajo la lluvia esperando el final se sintió libre al fin, sintió que había pagado. Al oír el ruido de los motores se vio al fin liberada de su carga, de su vida, de saber que nunca volvería a soñar con ello, a vivirlo…

Unos minutos después dos coches negros pararon a los lados del pequeño Renault. De uno de ellos salieron tres hombres vestidos de negro. Uno de los cuales se acercó a ella, se arrodillo y la miró a los ojos.

Las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos. Hacía mucho que conocía a ese hombre, había pasado junto a él la mayor parte de sus últimos años, de la pesadilla. Su cara reflejo el terror, el terror hacia la muerte. La sensación de liberación de pronto desapareció sustituida en un instante por el pánico, deseo en ese momento estar muerta ya y no tener que sufrir lo que vendría a continuación…

El la miró con sus negros y fríos ojos, los ojos de un demonio y le susurró al oído “vamos… es hora de volver a casa”. Desde el fondo de su alma vio como la esperanza y el remordimiento cedían terreno al miedo, y la resignación se adueñaba de su corazón. Por segunda vez, se sintió morir…Y por ello lloró…

5 Respuestas a “Relato – Al Borde del Acantilado

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s