Relato – Trece Balas

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shatterd mirrorLa sangre se le acumulaba en la boca y le impedía respirar. Le dolía el torso como si le hubieran atravesado una docena de piezas de plomo. Y aun así no podía dejar de reírse. Al fondo dos hombres ataviados con uniformes negros se acercaban. Caminaban cautelosos entre los escombros, armados ambos.

Haciendo un esfuerzo se arrastró medio metro hacia delante, hacia un grupo de trozos de cristal ensangrentado desperdigados por el suelo. Cogió un trozo y vio su reflejo. Tenía mal aspecto, aunque para saber eso no habría necesitado el espejo; una docena de balas destroza a cualquiera. Pero seguía sin poder dejar de reírse. Había visto al soldado que le había disparado por la espalda en el reflejo, pero no había tenido la agilidad necesaria para cubrirse. Maldijo su lentitud, pero aun así no pudo dejar de reírse.

Durante un momento se paró a pensar en ese pequeño espejo. Durante años había sido el amuleto familiar, tenía por costumbre volver de las guerras acompañando a su portador. Había luchado contra La Unión en la guerra de secesión de la mano de su tatarabuelo, llegando a estar a pocos metros del gran general Lee. Se había enfrentado a los españoles en Cuba desde el petate de su abuelo y su padre lo había cargado mientras sobrevolaba los cielos de Francia montado en su biplano evitando los cañones alemanes.

Pero ya no podría hacerlo. No solo porque el fuera a morir, sino porque dudaba de que nadie en su sano juicio perdiera el tiempo en recomponer un rompecabezas de trozos de cristal desmontado por una bala errada. Tras un minuto perdido entre carcajadas y divagaciones los dos hombres llegaron a su lado. Dijeron algo pero no les prestó atención, ni siquiera entendía su lengua.

El que parecía el de mayor rango portaba un sub-fusil y se dispuso a terminar el trabajo. Le apuntó a la cabeza y apretó el gatillo, pero lo único que se escucho fue un leve “clic” ensombrecido por la risa del soldado moribundo. Lo intento de nuevo, “clic”. Sacó su pistola y apuntó, “clic”. Entre maldiciones cogió el rifle del soldado que le acompañaba, “clic”. Desde el suelo el moribundo, casi ahogado, no paraba de reírse.

El oficial casi perdiendo los nervios le arreó una fuerte patada, con la fortuna de darle a un trozo de cornisa y casi destrozarse el pie.  Continuaron un largo rato las carcajadas y las maldiciones hasta que al final se hizo el silencio. Pero no antes de que desde el suelo dijera una ultima frase, cuyo significado con casi total seguridad ignorara el oficial.

“Van a ser siete años muy largos, cabronazo”