Carta Estelar – 2 – Nueve Soldados – Robert

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2.6 – Robert

carta_estelar_miniCiudad Balcón había sido mucho tiempo atrás el proyecto más ambicioso de la humanidad. Con el problema de la superpoblación y las precarias condiciones de vida en las colonias, era necesario un segundo hogar. Por primera vez en la historia se había conseguido la colaboración de todas las potencias mundiales, unidas en un esfuerzo común. Los trabajos comenzaron sin límite de fecha ni gasto.

La Gran Guerra lo interrumpió todo y casi puso punto final a la iniciativa cuando esta se encontraba en su recta final. Pero tras la devastación causada se convirtió en algo aún más importante. No se trataba de un segundo hogar, sino de un nuevo hogar. La Tierra sería inhabitable durante siglos de años. Sin tiempo a terminarla fue puesta en marcha para acoger a los supervivientes.

La gigantesca estación espacial estaba formada por un gran anillo de metal y cristal, girando alrededor de una intrincada maraña de vigas y pasillos de mantenimiento. En el centro de esta estructura se encontraban los motores de gravedad, desarrollados e instalados décadas después de su puesta en funcionamiento, cuyas vibraciones hacían que la vida en los niveles interiores fuese un poco más difícil de lo que ya era de por sí.

Esta zona de la estación, que nunca estuvo pensaba para ser habitada, con el tiempo se había convertido en la más poblada. El lugar donde nadie quería estar y del que pocos conseguían salir. Millones de personas vivían hacinados en minúsculas estancias rodeados de cables y tuberías, sin nada que poder mirar salvo algún ocasional contador de presión y manchas de óxido. Aquellos que vivían en los límites pegados al casco, con sus pequeñas cristaleras, y estancias más amplias, podían considerarse unos privilegiados.

Vista desde el exterior su diseño original ya en poco se parecía a lo que se podía observar. Por todas partes habían surgido nuevas secciones, tratando de suplir la falta inicial de puertos o almacenes y la falta de alojamientos para acomodar a una población en continuo crecimiento. La estación se había expandido en todas las direcciones que su armazón era capaz de resistir. Una de estas nuevas secciones, la más llamativa de todas, consistía en la práctica en una nueva estación de menor tamaño colocada sobre el disco de la original. Apenas conectaba con el resto de la estación en una docena de lugares, poseía sistemas de soporte vital independientes e incluso un motor de gravedad propio. Poca gente entraba allí, el acceso a Los Niveles Superiores no era nada sencillo.

Construida más de cien años después de que la estación principal se poblase, esta superestructura había nacido ya dotada de generadores gravitacionales. Esto permitió abandonar la estructura de anillos concéntricos que hasta entonces había sido necesaria para dotar a dichas construcciones de un suelo que pisar.

Pese a lo que su nombre pudiese indicar allí había un único nivel habitable. Un extenso nivel circular cubierto por una alta cúpula donde la distancia al horizonte llegaba a extenderse a kilómetros de distancia. Un extenso nivel circular donde los cables y las tuberías eran sustituidos por arroyos y jardines, y donde los oscuros habitáculos personales dejaban su lugar a luminosas y confortables casas.

En el centro de esa segunda estructura podía verse desde el espacio lo que, desde la distancia, un observador incauto podría haber confundido con una antena de no haberse tratado del lugar con mayor fama de todo el sistema. La estrecha torre del Mirador reinaba cientos de metros por encima del disco superior rompiendo la, ya de por si discutible, simetría de la estación. Cada nivel de la torre albergaba una sola estancia de perímetro acristalado y su acceso solo era posible utilizando unos pequeños esquifes adaptados para hacer la función de ascensor.

El Hotel Mirador era el único lugar en toda Ciudad Balcón desde el que se podía contemplar la Tierra las veinticuatro horas del día. Mientras que desde cualquier otro punto de la estación gran parte del tiempo lo único que podía verse era vacío, su posición única y la distribución de sus suites hacían que el planeta azul se mantuviese ante sus cristaleras en todo momento. Aquel era el lugar desde donde se dirigía todo, la mayor concentración de poder y riqueza de todo el sistema. Siempre con la vista puesta en el lugar donde se originó todo, en la cuna de la raza humana. Allí se habían iniciado guerras y se habían firmado armisticios. Se habían tramado golpes de estado y orquestado profundas crisis para beneficio de unos pocos. Allí ahora mismo tenía lugar una reunión mucho más importante de lo que la mayoría de sus asistentes pensaban; mucho más importante de lo que todos, menos uno, sabían.

En la más alta suite de la torre del Mirador cinco personas aguardaban sentadas en cómodas butacas mientras uno, su anfitrión, contemplaba en silencio la Tierra a través del cristal. Todos se conocían, todos habían estado ahí en múltiples ocasiones, aunque no siempre juntos.

Robert Saunders se dio la vuelta y se quedó un momento mirando al grupo que tenía delante. No le gustaba en exceso la perspectiva de depender de ellos, aunque lo cierto es que no le quedaban muchas más opciones. Eran lo mejor entre lo mejor en su trabajo, aunque también lo más imprevisible que tenían entre sus filas. Ya tenía a su propio grupo elegido cuando William había exigido que ellos se encargasen. Nadie como ellos aseguraba una resolución rápida. Nadie era tan eficiente como este grupo completo, pero en ocasiones se volvían incontrolables y eso le asustaba. Había tratado de explicárselo pero no entraba en razón. Otro incidente como el que protagonizaron en la Luna un año antes no sería fácil de tapar y no tenía muy claro hasta donde les llevaría esta misión, podrían llegar a descubrir demasiado.

Pero esas no eran sus verdaderas razones para ser reticente. Lo que de verdad preocupaba a Robert era añadir un elemento externo a la situación. Él tenía sus propios planes, ajustados al milímetro, y cualquier pequeña desviación le desagradaba. Pero para su desgracia no había podido negarse, aún era pronto para desvelar sus cartas. Y pensándolo bien, esto podría acabar incluso suponiendo un beneficio.

Despejo su cabeza y comenzó a explicarles la situación. Mientras hablaba vio gestos de decepción en algunas de las caras y de recelo en otras. Resultaba imposible que llegasen a entender la importancia de lo que tendrían entre manos. Había demasiado que nunca podrían saber.

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