Carta Estelar – 2 –Nueve Soldados (Completo)

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2 – Nueve Soldados (PDF)

carta_estelar_mini2.1 – Walther 

Se incorporó mientras seguía mirando aquello con cara de asco. A su alrededor el equipo forense continuaba analizando muestras de tejidos de los cadáveres que se agolpaban en camillas en aquella pequeña sala. Uno tras otro introducían los viales con apenas una gota de sangre en el detector y una tras otra iban apareciendo en la pantalla los historiales de los fallecidos. Nueve de los mejores soldados de la compañía Jade armados hasta los dientes, y no parecía haber ninguna prueba de quien los había matado. Nueve soldados muertos con los cargadores de sus fusiles vacíos, y ni una muestra de tejido de quien les había hecho frente.

–Avísame cuando esté todo – se dirigió al hombre que a su lado observaba en silencio un grupo de fotografías.

Ni siquiera espero a verle asentir antes de darse la vuelta y alejarse caminando de allí. La visión de todo aquello le resultaba perturbadora. Había visto muchos cadáveres a lo largo de su vida, pero era algo a lo que nunca se acostumbraría. En aquel momento, aquel sector entero estaba cortado al público; solo los agentes asignados al caso tenían acceso, las cámaras habían sido apagadas, y los pasillos estaban plagados de inhibidores de frecuencia. Estaba claro que aquel no era un asesinato cualquiera.

Al cruzar el último control de seguridad se acercó a una de las entradas del sistema de ventilación y encendió un cigarro. Aspiró despacio el humo y se sentó en el suelo a pensar. Habían pasado dos días y ni la prensa ni la policía tenían constancia de que hubiese sucedido. Habían pasado dos días y el escenario del crimen llevaba dos días reluciente y abierto al público. Toda evidencia que hubiesen encontrado allí estaba ahora en esa pequeña sala que acababa de abandonar. Aquello no había ocurrido.

Aquello no había sido un crimen normal, eso lo tenía claro. Nadie era capaz de acabar con nueve soldados de la compañía Jade sin dejar ni una marca. Nadie era capaz de hacerlo solo con sus manos como le habían informado que se veía en las grabaciones de seguridad. No, aquello no había sido un crimen normal; de lo contrario él no estaría allí.

Hacía mucho tiempo que ese tipo de cosas le cansaban, pero nunca había sabido hacer otra cosa. Y aun en el caso de que hubiese sabido, el dinero era demasiado tentador. Quizá después de esto se retirase… había pensado eso muchas veces. Hacía tiempo que pasaba de los cincuenta aunque nadie tenía muy clara su edad concreta. De pelo grisáceo y un rostro de rasgos marcados, dominado por una ancha nariz, su expresión habitual solía hacer pensar a los de alrededor que se encontraba dándole vueltas a algo. Y la mayoría de los casos tenían razón, porque eso es a lo que se dedicaba.

Apurando las últimas caladas al cigarro miró el viejo reloj de manillas que llevaba en su muñeca, marcaba las tres de la mañana. Iba siendo hora de reunir a su equipo, no tenía mucho tiempo que perder. Torció el gesto, a Maya no le iba a hacer ninguna gracia volver tan rápido al ruedo. Apagó contra el suelo de rejilla los restos del cigarro y se quedó un instante mirando hacia una de las, ahora inactivas, cámaras que poblaban el techo. Necesitaba ver por sí mismo las grabaciones, y necesitaba hablar con Robert Saunders sobre el problema que tenían. Porque eso es a lo que se dedicaba, Walther Bourg resolvía problemas.

***

2.2 – Maya

Maya Ardiles dormía acurrucada contra el cuerpo de su marido, desnuda, luciendo sin pretenderlo una dulce sonrisa de satisfacción.

Aun no se habían cumplido dos días de su regreso de la última misión, en la que se había pasado casi dos semanas sin ver a Roger. Dos semanas sin abrazarle, dos semanas sin notar su aliento sobre su cuello. Dos semanas en las que apenas habían podido cruzar unas pocas frases cada día en las escasas llamadas para las que había tenido tiempo. Dos semanas sin decirle ni una vez la verdad.

Porque Roger no sabía a qué se dedicaba su mujer. Roger no sabía que es lo que había estado haciendo estas dos semanas, ni lo que había hecho en ninguno de sus viajes anteriores. Y eso a Maya le destrozaba el corazón. Deseaba poder decírselo, poder contarle por qué tenía que irse lejos de él tantas veces, y en lugar de eso había tenido que inventarse una buena parte de su vida. Pero cada vez que volvía a casa eso no importaba. Cada vez que volvía a casa él la esperaba como si de su primera cita se tratase, y cada vez que se acostaba junto a él en aquella cama volvía a ser como la primera vez. Pese al mundo de secretos que les separaba, y que en ocasiones hacía insoportable su trabajo, cuando estaba de vuelta su vida solo podía describirse con una palabra: perfecta.

Y mientras Maya dormía, desnuda, acurrucada contra el cuerpo de Roger, luciendo sin pretenderlo una dulce sonrisa de satisfacción, el terminal que descansaba sobre una mesita junto a la cama empezaba a sonar.

Sin siquiera abrir los ojos estiró el brazo y colocó el terminal en la cama, al lado de la almohada.

– ¿…si…? – preguntó de forma casi inaudible

–Soy Wal…

–Mierda Walth, ¿Sabes la hora que es? – respondió disgustada sin siquiera dejarle acabar la palabra

–No me hables de la hora, llevo aquí desde hace un par – le contestó – Tenemos trabajo

– ¿Y a… a mí qué? – Respondió intentando ahogar un bostezo – Sabes que estoy de permiso.

Hablaba con la cabeza aun apoyada en la almohada, acariciando el cabello de Roger que seguía dormido a su lado.

–Supongo que no habrás leído los mensajes, todos los permisos están suspendidos – le informó

Al escuchar eso a punto estuvo de permitir que los ojos se le saliesen de las orbitas, con un brusco movimiento se giró para apartarse de su marido y trató de contener el tono de voz.

– ¡¿Qué?! ¡No me jodas! –se quejó ella, sintiéndose de pronto más despejada de lo que desearía

Con un ágil movimiento lanzó el terminal rectangular, fino como el papel, contra su muñeca. Un segundo más tarde se había cerrado alrededor de esta y la conversación ahora fluía a través de su cabeza.

– ¡No puedes hacerme esto! Acabo de volver de… joder… ¿Qué coño pasa?

–No te lo puedo decir por aquí – le replicó Walth – te veo en el Mirador dentro de una hora.

Se dejó caer de nuevo en la cama y se quedó un momento con la mirada perdida en el techo.

–De acuerdo, de acuerdo –le contestó de mala gana– allí estaré…

–Estate preparada, volvemos a trabajar con… – comenzó a advertirle

–No… no… – le interrumpió – ¿Vienen Alice y Los Gemelos?

–Ya están de camino

–Mierda, sabes tan bien como yo que no están bien de la cabeza…

–No ha sido cosa mía, yo tampoco los habría llamado.

–Joder… – se quejó mientras se llevaba una mano a la frente – esto no va a acabar bien, nunca lo hace…

–Lo sé… – suspiró Walther – lo sé, pero parece que es algo importante, pretenden atarles bien en corto. A ellos y a nosotros…

Volvió a girarse en dirección a Roger, le acarició el pelo un momento antes de continuar, respiró hondo y trató de calmarse.

–Walth ¿Cuánto tiempo durará esta vez?

Sabía que desde el otro lado Walther estaba notando su disgusto, la tristeza que en ese momento sentía. Era algo que nunca había sabido ocultar en ese tipo de comunicación.

–No lo sé –parecía querer dejar claro que no era cosa suya – hasta que esté solucionado… como siempre.

– ¿Qué le digo a Roger? – Preguntó apenada – No llevo ni dos días en casa…

–No te preocupes, cuéntale cualquier cosa, ya nos encargaremos que los noticiarios se hagan eco de ello.

–De acuerdo… – le respondió con resignación – te veo en una hora.

Dejó el terminal en la mesita y se dejó caer de nuevo en la cama.

“Mierda”, susurró para sí misma mientras se le humedecía los ojos. Se abrazó a Roger mientras intentaba pensar en una excusa para justificar marcharse tan pronto, pero lo único que se le pasaba por la cabeza era lo mucho que odiaba su trabajo. Empezaba a costarle recordar por qué seguía haciéndolo.

***

2.3 – Alice

Los Niveles Superiores de Ciudad Balcón no se parecían en nada a lo que podía verse en el resto de la estación. En todas las colonias del sistema había zonas lujosas, pero nada como aquello. Alguna gente llegaba a pensar que se encontraba aun en la Tierra al ver aquello. Porque en los niveles superiores de Ciudad Balcón apenas había metal, apenas había algún indicio que delatase que uno se encontraba dentro de una estructura construida por el hombre. En Los Niveles Superiores de Ciudad Balcón había jardines, ríos y montañas. Había lagos con pequeñas calas de arena blanca donde soplaba una fresca brisa con olor a salitre. Había caminos de mármol con vallas de madera y pequeñas casas con bancos en sus terrazas. Y por encima de todo, estaba la luz del sol. Por supuesto nada era natural, pero pocos en el sistema serían capaces de notar la diferencia. Había cielo y un horizonte al que mirar en lugar de muros y compuertas. Por supuesto se trataba de una ilusión, pero pocos en el sistema serían capaces de percibir la diferencia.

Los Niveles Superiores de Ciudad Balcón eran lo más parecido que había sido capaz el hombre de crear a lo que fue durante muchos años su hogar, la Tierra. Llegar a vivir en cualquiera de sus ciudades era algo que la mayoría de la gente ni siquiera se preocupaba de desear. Entrar siquiera una vez a lo largo de sus vidas era algo difícil y que pocos se planteaban con un mínimo de seriedad.

Aquello era en casi todos los aspectos una estación aparte; tenía su propio gobierno, su propia seguridad y sus propias reglas. Allí no existía el crimen, no existían las enfermedades, no había conflictividad, no existían las clases sociales y por supuesto no existía la pobreza. Allí nadie se saltaba las normas. O al menos eso era lo que ocurría casi siempre.

Sentada en un cuidado banco de madera con las piernas cruzadas y un brazo extendido, una chica pelirroja, despeinada y de vestimenta provocativa, esperaba contemplando el falso cielo mientras fumaba un cigarro. No tardó en aparecer un joven agente de la ley a tratar de obligarla a apagarlo y advertirle sobre su aspecto. En el área total de Los Niveles Superiores, y en especial en los jardines del Mirador, no se podía fumar y había unas estrictas normas de decoro, pero eso era algo que ella sabía a la perfección. Sin en ningún momento llegar a dirigirle la mirada le enseño la pantalla de su terminal de muñeca. Casi de inmediato la piel del chaval se tornó blanca como el papel y antes de que ella pudiese burlarse de él, se había ido, no sin antes pedirle disculpas por aquel desafortunado incidente.

Alice era la clase de persona que nunca había soñado siquiera con pisar aquello. Era la clase de persona a la que nunca habrían dejado ni acercarse a las puertas. Nunca hasta que entró a trabajar para La Compañía, o al menos así era como la gente llamaba a la agencia para la que trabajaba. Su trabajo, por supuesto, no existía y ella no trabajaba para nadie que pudiese estar allí, pero una identificación de esa agencia, o lo que fuese aquello, era una llave maestra en toda la Alianza. Ni siquiera sabía cuál era el nombre real de aquella organización, o si lo tenía. Ni siquiera sabía si había alguna sede o consejo directivo. Ella y sus compañeros solo hablaban con una persona, y el sueldo llegaba desde el mismísimo ministerio de defensa de la Alianza. A decir verdad sabía muy poco de su trabajo, sus motivaciones o sus consecuencias, pero la verdad era que no le importaba. Desde el día en que consiguió ese trabajo venía con asiduidad, y eso le encantaba. Nunca se cansaba de mirar al cielo, de contemplar las nubes y de oler la brisa. Y por supuesto nunca se cansaba de poner nerviosos a esa despreciable panda de niños ricos. Siempre montaba un número del estilo, siempre buscando que la viesen. Incluso se arreglaba para la ocasión.

Las visitas a Los Niveles Superiores eran una de las partes de su trabajo que más le gustaban, aunque no las únicas. A decir verdad adoraba todo en su trabajo. Antes de que la contrataran lo que ella hacia se llamaban atrocidades, ahora eran un servicio a la humanidad y a la civilización. Y eso le encantaba. Le encantaba que la sociedad perfecta tuviese que acudir a alguien como ella, le abriese las puertas de su casa, contemplase su arte y, aun muertos de asco, lo encumbrasen.

Pero esa seguía sin ser la mejor parte. La mejor parte para ella eran sus compañeros. Gracias a su trabajo había encontrado a su alma gemela, había encontrado alguien que la completaba. Había encontrado a Los Gemelos. Lennox y Devin Rifkin eran todo lo opuesto a ella que se podía ser, cualquiera habría dicho que deberían haberse matado, pero había sido esa diferencia lo que los había llevado a unirse de una manera muy profunda. Sus encuentros nunca resultaban tranquilos, chocaban en todos los aspectos, muchas veces de manera irreconciliable. Casi siempre actuaban de forma violenta y siempre pasional. En esa violencia y esa inestabilidad que les azotaba en cada encuentro habían alcanzado una extraña forma de complicidad y de entendimiento. Cuando estaban juntos funcionaban como uno. Y cada vez que se separaban se encontraban perdidos. Eran almas gemelas, los polos opuestos de un imán, y lo serían hasta el día de su muerte.

Pronto habrían llegado, echaba de menos trabajar junto a ellos. La Compañía parecía pensar que eran más dóciles separados y llevaba tiempo manteniéndolos siempre a decenas miles de kilómetros de distancia, pero esta vez debía de haber ocurrido algo importante. Algo que no se atreviesen a dejarle a nadie más. Sonrió al notar un leve cosquilleo en la boca del estómago. Estaba nerviosa, siempre le pasaba antes de encontrarse con ellos. Era en momentos como ese cuando de verdad se alegraba de trabajar donde trabajaba.

***

 2.4 – Los Gemelos

Cerraron con suavidad la puerta de la casa, cuidadosos que de que el ruido no perturbase a los vecinos, justo antes de echarse a andar. En aquel pequeño vecindario el silencio era uno de los bienes más preciados. Lejos de todo, sus inquilinos se distraían con asiduidad escuchando el romper de las olas del mar en un acantilado cercano o el sonido de la brisa moviendo las ramas de los árboles. Quienes vivían allí pagaban grandes sumas de dinero para poder hacerlo y no toleraban alteraciones. Las normas de convivencia eran muy estrictas. A los gemelos les gustaba, ellos habrían sido los primeros en advertir de un comportamiento inapropiado en la zona.

Caminaban acompasados mientras se alejaban, como siguiendo un guion, el uno con el otro. Mirando al frente, sin desviar la vista de su camino. Nunca pisaban el césped, nunca ensuciaban la acera. Eran totalmente conscientes del privilegio que suponía estar donde estaban y de cuál era el modo de comportarse. La ciudad de Versalles era su hogar y estaban dispuestos a hacer lo que fuese necesario para mantenerla inmutable. Se trataba de una gema entre la inmundicia, uno de los últimos bastiones de dignidad que le quedaban a la humanidad.

Junto a Versalles se encontraban Barcelona y El Lago; las tres alrededor del Mirador. Separadas por bosques y jardines, y con el Mar de Mayim bañándolas a todas, formaban la estación suplementaria conocida como “Los Niveles Superiores”. Más allá de ellas el anillo de El Álamo servía de barrera con el resto de Ciudad Balcón. Aislaba y protegía su riqueza, manteniendo a las masas alejadas. Allí no vivía cualquiera, allí no entraba cualquiera, y así debía seguir siendo.

Los gemelos Devin y Lennox vestían discretas ropas negras mientras caminaban al encuentro de Alice. Ella había insistido en encontrarse con ellos antes de reunirse con el señor Saunders en el Mirador. No les extrañaba, siempre lo hacía. La habían conocido hacía ya varios años y aún no terminaban de entenderla. Ella sabía que adoraban verla, pero no allí. Sabía que les fascinaba, pero no allí. Sabía que no podían vivir sin ella, pero no allí. Ella despreciaba las reglas. Despreciaba todo aquello que ese lugar representaba. En Los Niveles Superiores no había sitio para ella. Ellos se lo decían, y ella les ignoraba. No sabían cómo hacer que lo entendiese, no sin hacerle daño. Y ellos bajo ningún concepto podrían hacerle daño.

Los gemelos Devin y Lennox eran exactamente iguales. Altos, de hombros anchos, morenos y de facciones rectangulares. Ordenados, rectos, obedientes y leales hasta el fin. Todo lo contrario que ella. Los gemelos Devin y Lennox nunca creyeron ser capaces de enamorarse hasta que la encontraron a ella. Les costaba entender como había ocurrido, pero desde el día que se conocieron empezó a hacérseles difícil vivir sin ella. Aunque en muchas ocasiones estar a su lado no facilitaba las cosas. Alice era desorganizada e indisciplinada, irrespetuosa y soberbia, indecente y desvergonzada. Alice era fascinante. Nunca debería haber pisado su mundo, pero desde el momento en que lo hizo no pudieron olvidarla.

Pronto pudieron verla esperándolos como siempre. Fumando, como siempre. Eso les hacía hervir la sangre.

Se acercaron mientras ella continuaba absorta contemplando el cielo. Sabía que estaban ahí, ellos sabían que lo sabía, pero en ningún momento hizo un solo gesto que lo indicase.

–Apaga ese cigarro – dijeron ambos al unísono – ahora.

Ella dio una calada, sonrió y siguió mirando al horizonte.

–Sabes que no puedes hacer eso – le dijo Lennox

–No aquí – completó Devin.

Se levantó y se colocó justo ante ellos, a escasos centímetros, soplándoles el humo directamente a la cara.

– ¿No puedo? – Sonrió mientras hablaba – ¿Y quién va a impedírmelo?

Hizo una pequeña pausa mientras los miraba a los ojos.

– ¿Vosotros? No me hagáis reír chicos.

Su sonrisa pícara, mordiéndose ligeramente el labio inferior, y su voz provocativa les desconcentraba.

En ese momento dio una última calada, cogió el consumido cigarro y se dispuso a tirarlo. Los dos trataron de agarrarle el brazo e impedírselo pero cuando ambas manos se cerraron sobre su muñeca la colilla estaba ya en el suelo.

–Ups, que torpe soy – dijo ella con un exagerado falso tono inocente.

Apretaron con fuerza mientras la empujaban hacia abajo tratando de obligarla a agacharse mientras se les enrojecían los ojos.

– ¡Recógelo! – Empezó Lennox y terminó Devin – ¡Ahora!

Empujaron hasta tenerla arrodillada en el suelo. Los gemelos eran fuertes, podrían haberle roto el brazo sin esfuerzo.

–Sabéis que no lo haré – sonreía ella disimulando el dolor.

Tras unos instantes de vacilación la soltaron, Devin recogió la colilla y comenzaron a caminar en dirección al Mirador dejando a Alice arrodillada en el suelo tras ellos.

Era incorregible, siempre conseguía irritarlos. Nunca obedecía a nada ni a nadie ni daba su brazo a torcer. Y nunca conseguían que acatase ninguna norma. Sabían que podrían haberla obligado. Podrían haberle roto el brazo, a cualquier otro se lo habrían hecho; pero les dolía el simple hecho de pensarlo. A cualquier otra persona le habrían hecho comerse la colilla, pero a Alice nunca podrían hacerle algo así. Y eso ella lo sabía perfectamente.

Apenas unos instantes después la tenían junto a ellos, en medio de ellos, colgada del cuello de ambos.

–Venga chicos, no os pongáis así – dijo sonriente y feliz tras darle un beso a cada uno – sabéis que si fuese diferente no os gustaría.

Pudo intuir como ambos esbozaban una ligera sonrisa al tiempo que le rodeaban la cintura con sus brazos. Desvergonzada como siempre, su ropa permitía que al cogerla sus manos se apoyasen directamente sobre su piel. Adoraban sentir su tacto y su calor. No importaba que ocurriese, que hiciesen o cuánto tiempo estuviesen separados, ellos tres se querían y eso era lo único que al final importaba.

–Además – continuó Alice casi susurrándoles al oído – tenemos trabajo y va a ser algo grande ¿Cuánto fue la última vez que nos llamaron a los tres a la vez? Va a ser grande, muy grande.

***

2.5 – Walther (II)

 Había hablado con Maya unos cincuenta minutos antes. Debía estar al llegar, siempre llegaba pronto. Apuró la copa y entregó el vaso al camarero. A Maya no le gustaba que bebiese en horas de trabajo, no entendía por qué lo hacía. Nunca se lo había dicho de manera explícita, ni tenía autoridad para impedírselo, pero su mirada de reproche era siempre incomoda. Estaba seguro de que hoy se encontraría de un humor de perros y no quería contribuir a descentrarla más, iba a necesitarla lucida durante las próximas horas. Walther acostumbraba a tomarse un whisky antes de las reuniones, le ayudaba a pensar, y más en días como aquel en que llevaba toda la noche despierto. Aquella copa en concreto, un Beidou NE de cinco años, le había sabido a gloria. Hasta ese día no lo conocía, apuntó el nombre para futuras ocasiones, aunque tampoco era algo que fuese a encontrar en cualquier sitio.

Tras un pequeño descanso mientras disfrutaba del regusto de aquel manjar volvió a darle vueltas al trabajo que tenían entre manos. No sabía lo que Robert iba a decirles, pero parecía ser algo importante. No acostumbraban a anular permisos a todos sus agentes por nimiedades, y mucho menos a reunirles a ellos cinco por nimiedades. Pero si lo que se veía en los videos de seguridad era lo que había oído, aquello estaba muy lejos de ser una nimiedad. El sonido de unos tacones acercándose le cortó la linea de pensamiento. Giró la cabeza para ver como una chica esbelta, de unos treinta años, cabello castaño liso y malhumorada al extremo caminaba hacia él.

–Vaya, estás muy… – comenzó Walth, ella de inmediato le interrumpió.

– ¡No me vengas con esas, Walther! – exclamó – Quiero que me digas ahora mismo por qué demonios me he levantado en medio de la noche, he dejado a Roger solo después de que solo hayan pasado… – se detuvo un momento para pensar– treinta y cuatro horas desde que volví a la estación y por qué le he contado que hay un incidente diplomático, que requiere mi intervención, entre la Madencilik y la administración de Ariel. Cosa que espero que aparezca pronto en los noticiarios – puntualizó – o Roger va a empezar a pensar que le estoy engañando… – al escucharse se detuvo, bajo la cabeza y suspiró – mierda, ya sabes a lo que me refiero.

Walther esperó unos segundos a que Maya se tranquilizara, le daba la sensación de que iba a echarse a llorar en cualquier momento.

–No te preocupes ¿Ariel dijiste? No está mal, alejado y pequeño. Mañana a la hora de comer estará en antena – hablaba con suavidad– Cuando esto acabe hablaré con Robert para que te dejen fuera de las listas una temporada ¿De acuerdo? Pero ahora te necesito centrada.

–De acuerdo, de acuerdo – le miró a los ojos – pero ¿Qué es lo que ha ocurrido?

Walther respiró hondo, se giró en la butaca, se acercó a ella y empezó a hablar en voz baja.

Dos días antes una chica, delgada, con la cabeza rapada, descalza, desarmada y apenas vestida, había acabado con una patrulla completa de la compañía Jade en uno de los pasillos de mantenimiento de Pantry. Según tenía entendido los había atacado por sorpresa mientras ellos hacían una batida y había acabado con ellos con sus propias manos, para conocer los detalles tendrían que esperar a tener en sus manos las grabaciones de seguridad, que en esos momentos Robert guardaba bajo llave. No se había encontrado sangre de aquella chica, tenían huellas dactilares pero no encajaban con ningún registro, y su rostro no aparecía en los videos. No había más rastro de ella en las grabaciones de ningún nivel.

–Nueve soldados armados y bien protegidos, y ni siquiera se hizo un corte en un dedo – continuó hablando con tono serio – No hubo ningún superviviente.

– ¿Nueve soldados? ¿Desarmada? ¿En un pasillo? – Maya no terminaba de creérselo – Pero… tuvo que tener ayuda o…

–O nada – le cortó – totalmente sola. Pero tengo la sensación de que Robert podrá aclararnos más cosas.

–Robert Saunders…. – pronunció su nombre con desprecio – malnacido. Siempre estamos limpiando su basura.

–Es nuestro trabajo – dijo con indiferencia

–Ya sé que es nuestro puto trabajo – se quejó ella – ¡Camarero! Una copa del tinto de Asnen más fuerte que tenga.

–Creía que no bebías en el trabajo – comentó Walther.

–Pues ahora si – corrigió tajante – ¿Algún problema?

***

2.6 – Robert

Ciudad Balcón había sido mucho tiempo atrás el proyecto más ambicioso de la humanidad. Con el problema de la superpoblación y las precarias condiciones de vida en las colonias, era necesario un segundo hogar. Por primera vez en la historia se había conseguido la colaboración de todas las potencias mundiales, unidas en un esfuerzo común. Los trabajos comenzaron sin límite de fecha ni gasto.

La Gran Guerra lo interrumpió todo y casi puso punto final a la iniciativa cuando esta se encontraba en su recta final. Pero tras la devastación causada se convirtió en algo aún más importante. No se trataba de un segundo hogar, sino de un nuevo hogar. La Tierra sería inhabitable durante siglos de años. Sin tiempo a terminarla fue puesta en marcha para acoger a los supervivientes.

La gigantesca estación espacial estaba formada por un gran anillo de metal y cristal, girando alrededor de una intrincada maraña de vigas y pasillos de mantenimiento. En el centro de esta estructura se encontraban los motores de gravedad, desarrollados e instalados décadas después de su puesta en funcionamiento, cuyas vibraciones hacían que la vida en los niveles interiores fuese un poco más difícil de lo que ya era de por sí.

Esta zona de la estación, que nunca estuvo pensaba para ser habitada, con el tiempo se había convertido en la más poblada. El lugar donde nadie quería estar y del que pocos conseguían salir. Millones de personas vivían hacinados en minúsculas estancias rodeados de cables y tuberías, sin nada que poder mirar salvo algún ocasional contador de presión y manchas de óxido. Aquellos que vivían en los límites pegados al casco, con sus pequeñas cristaleras, y estancias más amplias, podían considerarse unos privilegiados.

Vista desde el exterior su diseño original ya en poco se parecía a lo que se podía observar. Por todas partes habían surgido nuevas secciones, tratando de suplir la falta inicial de puertos o almacenes y la falta de alojamientos para acomodar a una población en continuo crecimiento. La estación se había expandido en todas las direcciones que su armazón era capaz de resistir. Una de estas nuevas secciones, la más llamativa de todas, consistía en la práctica en una nueva estación de menor tamaño colocada sobre el disco de la original. Apenas conectaba con el resto de la estación en una docena de lugares, poseía sistemas de soporte vital independientes e incluso un motor de gravedad propio. Poca gente entraba allí, el acceso a Los Niveles Superiores no era nada sencillo.

Construida más de cien años después de que la estación principal se poblase, esta superestructura había nacido ya dotada de generadores gravitacionales. Esto permitió abandonar la estructura de anillos concéntricos que hasta entonces había sido necesaria para dotar a dichas construcciones de un suelo que pisar.

Pese a lo que su nombre pudiese indicar allí había un único nivel habitable. Un extenso nivel circular cubierto por una alta cúpula donde la distancia al horizonte llegaba a extenderse a kilómetros de distancia. Un extenso nivel circular donde los cables y las tuberías eran sustituidos por arroyos y jardines, y donde los oscuros habitáculos personales dejaban su lugar a luminosas y confortables casas.

En el centro de esa segunda estructura podía verse desde el espacio lo que, desde la distancia, un observador incauto podría haber confundido con una antena de no haberse tratado del lugar con mayor fama de todo el sistema. La estrecha torre del Mirador reinaba cientos de metros por encima del disco superior rompiendo la, ya de por si discutible, simetría de la estación. Cada nivel de la torre albergaba una sola estancia de perímetro acristalado y su acceso solo era posible utilizando unos pequeños esquifes adaptados para hacer la función de ascensor.

El Hotel Mirador era el único lugar en toda Ciudad Balcón desde el que se podía contemplar la Tierra las veinticuatro horas del día. Mientras que desde cualquier otro punto de la estación gran parte del tiempo lo único que podía verse era vacío, su posición única y la distribución de sus suites hacían que el planeta azul se mantuviese ante sus cristaleras en todo momento. Aquel era el lugar desde donde se dirigía todo, la mayor concentración de poder y riqueza de todo el sistema. Siempre con la vista puesta en el lugar donde se originó todo, en la cuna de la raza humana. Allí se habían iniciado guerras y se habían firmado armisticios. Se habían tramado golpes de estado y orquestado profundas crisis para beneficio de unos pocos. Allí ahora mismo tenía lugar una reunión mucho más importante de lo que la mayoría de sus asistentes pensaban; mucho más importante de lo que todos, menos uno, sabían.

En la más alta suite de la torre del Mirador cinco personas aguardaban sentadas en cómodas butacas mientras uno, su anfitrión, contemplaba en silencio la Tierra a través del cristal. Todos se conocían, todos habían estado ahí en múltiples ocasiones, aunque no siempre juntos.

Robert Saunders se dio la vuelta y se quedó un momento mirando al grupo que tenía delante. No le gustaba en exceso la perspectiva de depender de ellos, aunque lo cierto es que no le quedaban muchas más opciones. Eran lo mejor entre lo mejor en su trabajo, aunque también lo más imprevisible que tenían entre sus filas. Ya tenía a su propio grupo elegido cuando William había exigido que ellos se encargasen. Nadie como ellos aseguraba una resolución rápida. Nadie era tan eficiente como este grupo completo, pero en ocasiones se volvían incontrolables y eso le asustaba. Había tratado de explicárselo pero no entraba en razón. Otro incidente como el que protagonizaron en la Luna un año antes no sería fácil de tapar y no tenía muy claro hasta donde les llevaría esta misión, podrían llegar a descubrir demasiado.

Pero esas no eran sus verdaderas razones para ser reticente. Lo que de verdad preocupaba a Robert era añadir un elemento externo a la situación. Él tenía sus propios planes, ajustados al milímetro, y cualquier pequeña desviación le desagradaba. Pero para su desgracia no había podido negarse, aún era pronto para desvelar sus cartas. Y pensándolo bien, esto podría acabar incluso suponiendo un beneficio.

Despejo su cabeza y comenzó a explicarles la situación. Mientras hablaba vio gestos de decepción en algunas de las caras y de recelo en otras. Resultaba imposible que llegasen a entender la importancia de lo que tendrían entre manos. Había demasiado que nunca podrían saber.