Carta Estelar – Leyendas – Día Uno

Carta Estelar

Día uno

carta_estelar_miniLa habitación se encontraba a oscuras cuando el despertador comenzó a sonar. Con suavidad primero, con estridencia después. Tras unos segundos se encendió una lámpara en el techo, inundando de luz roja la pequeña estancia.

Abrió los ojos mientras se estiraba sobre la litera. Apenas a dos palmos sobre su cabeza la estructura de un, nunca instalado, falso techo era lo único que le separaba de un caótico amasijo de cables y tuberías. Se incorporó con cuidado y se asomó por el borde de la cama. Debajo había otro colchón, vacío, con una sábana arrugada a los pies. La habitación era poco más larga que la litera, y apenas un par de metros de ancha. Además de las camas contaba solo con dos taquillas y un lavabo.

Bajo al suelo de un salto y no tardó ni un segundo en arrepentirse de ello. Gruñó mientras levantaba un pie y veía las marcas de la rejilla en la planta. Llevaba ya cerca de un mes allí y aun no se acostumbraba a aquel asqueroso suelo. Abrió la taquilla, agarró una camisa y una toalla, y salió del camarote.

Caminó por el desierto pasillo, apenas iluminado, en dirección a las duchas. Aquel bloque estaba aun muy despoblado, pero aquello no duraría mucho. Ese mismo día llegarían los últimos grupos de refugiados y, como el resto de bloques, empezaría a parecer un hormiguero.

Media hora después se encontraba de pie, aun adormilado, agarrado a una de las barras de seguridad del monorraíl que le llevaría hasta el puerto. Cuando llegó a su puesto ya había atracado la primera de las naves que esperaban para ese día: el último de la evacuación de la Tierra.

Ciudad Balcón había sido diseñada casi un siglo atrás, mucho antes de la Gran Guerra, pero no fue hasta después de esta cuando su construcción empezó a considerarse una prioridad. La guerra había asolado el mundo, había dejado interminables extensiones de terreno inhabitables, y había empujado a los restos de la humanidad a refugiarse en bunkers y latitudes extremas de las que llevaba toda su historia huyendo. La humanidad se había colocado en una situación desesperada, y tomó la determinación de acabar la mastodóntica estación, el gran proyecto abandonado. Ya no era la demostración de superioridad tecnológica de ninguna potencia, sino la esperanza de renacer de la especie. No sería la primera colonia establecida fuera de la Tierra, pero si la única capaz de acoger a la reducida población del globo. La evacuación había llevado años, y ese día al fin se daría por acabada. Atrás solo quedaban un puñado de bases militares y estaciones científicas. De aquí en adelante la Tierra sería una zona de cuarentena, por tiempo indefinido.

Pasó el resto del día descargando contenedores, revisando elevadores que se atascaban y, de cuando en cuando, comprobando que alguna documentación estuviese en regla. Con el caos de los últimos meses, cada trabajador había tenido que desempeñar múltiples funciones durante turnos maratonianos. La población de la estación se había multiplicado en ese tiempo, y con ello las necesidades a cubrir habían crecido en mayor medida aun.

No hubo sobresaltos. La evacuación de la Tierra, que había empezado con la urgencia de ser una última esperanza, había acabado con total tranquilidad. No hubo problemas, más allá de los técnicos habituales o algunas confusiones normales dado el volumen de gente que se reunió en el puerto. Sin temor a pecar de optimista, podía decirse que aquella gigantesca empresa había sido un éxito total; tan grande como inverosímil parecía al principio.

Un par de horas después de descargar la última nave abandonó el puerto. De nuevo en el monorraíl, volvió al bloque donde se alojaba, a darse una ducha y cambiarse.

Al pasar por su habitación, se cruzó con su compañero, un hombre rubio de hombros anchos y rasgos rectilíneos. Aun no tenía claro siquiera cual era el nombre real de aquel hombre. Apenas hablaba un par de frases en su idioma, y la gente con la que se cruzaba le llamaba de maneras muy diferentes, no sabía cuales eran mote y cual el nombre. Se saludaron, y siguió su camino hacia el comedor.

Ya estaba abarrotado cuando llegó. Tras una larga cola para conseguir la comida, tener que molestar a decenas de personas para avanzar hasta una mesa y hacerse un hueco, comenzó a comer. En aquel lugar habría cerca de mil personas, la mayoría desconocidos entre si. Se agrupaban en larguísimas mesas con bancos a ambos lados mientras disfrutaban del que, para la mayoría, era el primer plato fuera de su planeta.

Al principio el silencio era casi total. La gente espero, respetando su turno. Se sentaron, y esperaron. Con el paso del tiempo aparecieron algunas conversaciones, pequeñas charlas comentando el viaje, y poco a poco fue creciendo un murmulló que acabó por inundar la estancia. Decenas de idiomas se entremezclaban formando un galimatías que, visto desde fuera, carecía por completo de sentido. Decenas de culturas convivían, dejando de lado las rivalidades del pasado, sintiéndose por primera vez iguales entre sí. No era el momento de buscar diferencias o conflictos, sino de recordar aquellas cosas que les unían, aquellas que les habían permitido sobrevivir. Aquel era el momento de volver disfrutar de la posibilidad de una comida caliente, por sencilla que fuese, un techo bajo el que dormir, y la seguridad de que se iban a despertar al día siguiente.

En una pared tras el mostrador, un panel digital marcaba la fecha y la hora. Faltaban unos minutos para la media noche, aunque en aquel momento, para la mayoría de los que se encontraban ahí, eso no significase nada. El ciclo de la estación seguía siendo de veinticuatro horas, sincronizado con la hora de Greenwich, pero para estas personas, llegadas desde todos los lugares del mundo, el día podía haber empezado tanto hace ocho o diez horas como hace más veinte.

Cuando faltaban cinco minutos para la media noche unas pantallas, instaladas de manera precaria en las paredes, se encendieron. Todos pudieron ver entonces el rostro del administrador provisional de la estación, se encontraba en pie tras un atril con, a su espalda, una bandera que simbolizaba el mundo entero, y que en adelante sería la bandera oficial de aquel nuevo mundo.

Los siguientes minutos el comedor volvió a quedarse en silencio, toda la estación lo hizo, mientras escuchaba el discurso inaugural de Ciudad Balcón. Entonces, cuando hubo acabado, el panel digital del comedor, a la vez que todos los de la estación, se reinició, dando inició al primer día del primer mes del primer año tras el éxodo de la humanidad.

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