Carta Estelar – 3 – Levando Anclas – Meira

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3.3 – Meira

carta_estelar_miniTodavía no entiendo por qué tenemos que ir nosotros – se quejaba con con insistencia Régis – ¡Se supone que el pirata es él!

No tendremos que hacer nada – trataba de calmarlo Meira – se trata solo de una cuestión de confianza.

¿Confianza? ¿Y qué confianza se supone que debe inspirarnos esto? – Continuó – ¡Por el Gran Éxodo, Meira, entra en razón!

Llevaban discutiendo desde que se habían levantado. A Régis no le hacía ninguna gracia tener que ir en el carguero y estar presente durante el robo, aunque a ella tampoco es que la perspectiva ilusionase lo más mínimo. A decir verdad la aterraba, pero no tenía nada que ofrecer para librarse de ese trámite. Pero aquella no era la auténtica razón de que discutiesen. Desde el principio sabían aquello, y desde el principio ambos lo habían aceptado. Lo que él no podía aceptar es que ella le hubiese rechazado una vez más. Régis Tasse llevaba mucho tiempo enamorado de ella, más del que Meira podía recordar. Ella había tratado de dejar clara desde el principio su falta de interés, pero eso era algo que él nunca había terminado de aceptar. Aunque la mayor parte del tiempo se mostraba razonable, en ocasiones, cuando se daba de bruces con la realidad tras haber creído ver un resquicio por el que atacar, podía llegar a desquiciarla.

Salieron en dirección al puerto aun en medio de la discusión. El tiempo apremiaba, no podían perder su viaje. Allí se encontrarían con el capitán Duke y subirían juntos al transporte. Una vez hubiesen despegado, cuando estuviesen lejos de la estación, la goleta del capitán entraría, se llevaría la carga y ellos continuarían el viaje hasta Ceres, donde se bajarían con el resto del pasaje. Un plan sencillo, pero que no la tranquilizaba en absoluto. No saber cómo meterían la goleta dentro del gigantesco carguero ni como burlarían la seguridad la ponía aún más nerviosa.

Una multitud esperaba ya en el embarcadero cuando llegaron. Por todas partes se acumulaban maletas amontonadas y camas improvisadas de los que habían pasado allí la noche. Los puertos de Ciudad Balcón eran lugar de paso para todo el mundo que pretendiese pasar de las colonias interiores a las exteriores, y para muchísima gente se trataba de un viaje sin billete de vuelta en el que invertían todo lo que tenían. La promesa de una vida mejor en un nuevo mundo seguía siendo algo a lo que la humanidad no podía resistirse.

Avanzaron entre la aglomeración hasta colocarse en un lugar desde donde pudiesen ver la puerta de embarque y esperaron.

Meira mientras tanto no pudo evitar fijarse en lo que tenían alrededor. El panorama que se encontraba siempre que visitaba los puertos la destrozaba. Familias enteras se agolpaban en los pocos bancos disponibles. Hasta donde podía ver la marabunta humana parecía no tener fin. Entre los pocos huecos libres correteaban niños de un lado para otro mientras sus histéricos padres trataban de que no se alejasen. Allí había miles de personas esperando a abandonar aquella enorme estación. Miles de personas que habían perdido la esperanza de salir adelante y trataban de escapar a cualquier otro lugar. Miles de personas que se lanzaban a lo desconocido creyendo que ya no podían estar peor. Entre todos ellos no pudo evitar fijarse en una chica, de cabello negro como el azabache, que deambulaba como si de un fantasma se tratase entre la multitud. Pálida y despeinada, apenas vestida. Con la cara cubierta de restos de maquillaje y coronada por unas marcadas ojeras alrededor de unos grandes ojos castaños. Casi un cadáver. Caminaba cabizbaja, tratando de evitar las miradas de los curiosos e ignorando sus voces, con paso inseguro, por momentos a punto de perder el equilibrio. Sin pretenderlo cruzó mirada con la de ella. La chica pareció darse cuenta, abandonando la búsqueda del infinito para clavar sus ojos en los suyos. El contacto apenas duró un segundo, el suficiente tiempo para la invadiese la melancolía que desprendían aquellos grandes ojos castaños. La mirada de alguien que grita en silencio por ayuda. Meira trató de decir algo, pero las palabras se le atragantaron. Antes de que fuese capaz de reaccionar, la chica había seguido su camino entre la multitud.

Entonces la sobresaltó una voz a su espalda.

¡Eh! ¿No es esa la prostituta de anoch…? –preguntó en voz alta el Capitán Duke.

Capitán ¿No habíamos hablado de pasar desapercibidos? – le interrumpió con un codazo Ida

Se dio la vuelta para ver por primera vez en persona al capitán de la Aditi y a su lugarteniente. Ella tenía una presencia imponente, todo lo contrario de él, que sonreía como un bobo que se cree encantador. Un minuto después, hechas las presentaciones, se dirigieron a un pequeño bar no muy lejos del embarcadero mientras Alan e Ida continuaban discutiendo sobre aquella chica y Régis no dejaba, en voz baja, de quejarse de su aparente falta de profesionalidad.

Pero en aquellos momentos a Meira le costaba concentrarse, no conseguía quitarse de la cabeza la melancolía que había sentido al contemplar la expresión de aquellos ojos. Debería haber podido decir algo, pocas veces se había encontrado con miradas tan poderosas, tan transparentes. No podía dejar de preguntarse qué le ocurriría a aquella chica para sentirse tan desgraciada. No dejaba de preguntarse por qué ocupaba sus pensamientos en lugar de cualquier otro de los miles que ocupaban el puerto.

Aún quedaba más de media hora para que abriesen la entrada al pasaje, y era el momento de repasar algunas cosas. Allí, mientras trataban el plan, el capitán pareció transformarse en una persona diferente. De pronto ese bobo presuntuoso que tenían delante dejó paso a un meticuloso líder con un plan cuidado hasta el último detalle. Muy pronto estarían en camino, y a Meira no dejaba de temblarle hasta el último musculo de su cuerpo.

Seguir leyendo – 3 – Levando anclas – Alice

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