Carta Estelar – 3 – Levando Anclas (Completo)

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Carta Estelar – Índice

3 – Levando Anclas (PDF)

carta_estelar_mini3.1 – Nereida

Hacía un buen rato que había perdido la noción del tiempo. Cuando la Tierra empezó a desaparecer del ventanal de la habitación reparó al fin en que estaba despierta. Nereida se encontraba tumbada de lado en la cama con solo una fina sabana cubriéndola hasta la cintura. Notaba en la nuca la fuerte respiración de Ángelo, y el brazo izquierdo de este rodeándola, con la mano descansando sobre su pecho. Los últimos efectos del narcótico desaparecían por momentos dejando tras de sí una ligera amnesia y una fuerte jaqueca. Como cada vez que se había visto en esa misma situación había tratado de recordar lo que había pasado, pero como cada vez al ver las marcas en sus muñecas y sentir dolor en casi cada musculo de su cuerpo se alegraba de no haber podido hacerlo.

En esos momentos trataba de no llorar, pero nunca era fácil. Detestaba en lo que se había convertido con cada decisión errónea que había tomado. Todo lo que había hecho en la vida la había conducido a no tener nada, ni siquiera una sola persona a quien en realidad le importase. A ni siquiera tener valor para acabar con todo de una vez.

Mientras trataba de contener las lágrimas su vista se cruzó con un pequeño reloj. Pronto empezaría de nuevo la actividad de la estación y Ángelo se despertaría. Entonces follarían de nuevo, era lo que siempre pasaba, quisiese ella lo que quisiese. Él nunca dejaba que se fuese sin más, nunca daba por pagada su deuda. La perspectiva le asqueaba. A decir verdad de aquella situación le asqueaba todo. Le asqueaba haber sentido el sabor de su semen, le asqueaba que se hubiese corrido dentro de ella, le asqueaba que ahora mismo sus pieles estuviesen en contacto. Le asqueaba que le hiciese cualquier cosa estando consciente. Pero eso no era nada comparado con el asco que sentía hacia sí misma por dejar que lo hiciese.

No sabía con exactitud como había empezado aquello, pero desde el primer día nunca había encontrado el valor para enfrentarse a él. Nunca había encontrado fuerzas para escapar. Le gustaba pensar que en el pasado había sido diferente, que durante un tiempo se había divertido; trataba con todas sus fuerzas de convencerse de ello. Pero se engañaba a sí misma y lo sabía. Nunca había sido diferente y mucho menos mejor. Echando la vista atrás no conseguía recordar el sexo más que como algo asqueroso y doloroso. En ocasiones llegaba a dudar de que se tratase solo de cómo la habían tratado todos. Justo en el momento que una lágrima brotaba de su ojo y terminaba de extender una mancha con los últimos restos de su maquillaje, se dio cuenta de que una pequeña luz parpadeaba en el terminal de muñeca que descansaba junto a la cama. Alguien la estaba llamando.

Alargó el brazo y se lo colocó con cuidado, ajustando cada conexión a las pequeñas terminaciones apenas visibles que sobresalían en la cara interior de su muñeca izquierda. Unos segundos después daba paso al sonido de la comunicación y una voz aguda de hombre comenzaba a hablar en su cabeza. Lo último que quería en ese momento era que Ángelo se despertase al oírla.

– ¡Señorita Stark! Al fin conseguimos localizarla, llevamos todo el día tratando de contactar con usted… oh, espere… Acabo de darme cuenta de la hora que es allí… espero no haberla molestado, nunca me acuerdo de que en Ceres no seguimos el mismo horario que….

Nereida escuchaba extrañada, lo último que esperaba era una llamada desde Ceres de alguien que supiese quien era.

–Pero vayamos al grano – continuó hablando la voz – siempre que me pongo a hablar olvido lo que quería tratar, es extraño porque para otras cosas sí que tengo buena memoria… Permítame que me presente, me llamo Rupert Hawks, de “Hawks y Asociados” y tenemos un paquete para usted.

En aquel momento perdió todo el interés por la llamada. Debía tratarse de algún gracioso que había visto su ficha personal en algún lado. En ese momento no estaba de humor para aguantar aquello.

–Perdone, pero si quiere reírse de alguien búsquese a otra persona, yo ya he tenido bastante por hoy – dijo, sin mover los labios, mientras su voz sonaba sin emoción alguna.

Acerco la mano derecha para cortar la comunicación cuando la voz se apresuró a volver a hablar.

– ¡Espere, espere! Creo que me ha malinterpretado, esto no es ninguna broma. Tenemos un encargo para usted a petición del señor Phil Stark con fecha de hace… –hizo una pausa– exactamente diez años, para entregar hoy. Aunque según la hoja de pedido usted debería haberse encontrado aquí para recogerlo hace horas.

Al oír esto detuvo su dedo. ¿Un encargo de su padre? Aquello no podía ser cierto.

– ¿Qué es exactamente ese paquete? – preguntó intrigada, aun sin creer una sola palabra de lo que oía.

–No podemos decírselo, el contrato dice que usted debe presentarse en persona a recogerlo y que hasta ese momento no podemos revelar nada de su contenido… ¡espere! – Hizo una nueva pausa – Casi se me olvida, le mando una copia de la autentificación de la reserva.

Entonces en la pantalla empezaron a aparecer multitud de letras y números. El software de su terminal al instante autentificó el documento. Empezaban a ser demasiadas molestias solo para reírse de ella, nadie habría preparado algo tan complicado. A nadie le importaba tanto.

–Bueno señorita – continuó la voz interrumpiendo sus pensamientos – necesitamos que nos confirme si vendrá a recogerlo a lo largo de las próximas ocho semanas, en otro caso tendremos que ponerlo a la venta… y la verdad es que sería una autentica lastima… ¡Espero su llamada!

La comunicación se cortó y Nereida se quedó un instante tumbada en la cama mirando a través del cristal, al vacío, con la mente en blanco. ¡Un paquete de su padre! ¡Encargado hace diez años! Tendría que ir hasta Ceres pero… ¿Pero por qué no? No tenía nada que la atase aquí… ni a nadie. Comprobó su cuenta. Tenía dinero para pagar un viaje de ida hacia Ceres, el dinero que Ángelo le había ingresado horas antes. Recordarlo hizo que se le revolviera el estómago. Buscó los horarios de los transportes hacia Ceres, su terminal había actualizado la información de salidas mientras estaba en el bar. En poco más de una hora saldría de Navin Tikva un carguero mixto hacia las colonias exteriores, con una escala en Ceres. Si se daba prisa aun podía llegar a tiempo.

Se levantó con cuidado de la cama y recogió su ropa. Aquella noticia la había despertado por completo. Sin hacer el más mínimo ruido se metió en el baño y tras mirarse en el espejo se echó algo de agua en la cara. Parecía un cadáver, el cadáver de una puta, pero en ese momento no tenía tiempo de arreglarlo. Se puso la poca ropa que había llevado durante todo el día y abandonó la habitación.

Cuando Ángelo se despertó ella ya se encontraba lejos de allí. Con un gesto de indiferencia se dio la vuelta y volvió a dormir. Ya volverá… y si no que le den – pensó antes de hundir de nuevo la cabeza en la almohada.

***

3.2 – Sharp

No muy lejos de allí descansaba la Aditi, preparada para despegar.  El Capitán Duke e Ida bajaban por la trampilla abandonándola mientras tras ellos se mantenía en pie Sharp, esperando para cerrar la nave. Hizo un gesto de despedida y accionó el interruptor sobre el que su mano llevaba unos segundos ya apoyada. Esperó a que la compuerta terminase de cerrarse y se dirigió a la cabina. Allí, recostado en el sillón del copiloto y con los pies sobre el lateral del tablero de control se encontraba Goodey fumando un pequeño cigarro.

–Un día vas a atascar el sistema de regeneración del aire con la ceniza de esa mierda – le recriminó mientras se sentaba.

–No te preocupes hombre – respondió entre una calada y otra – el sistema es muy bueno, no ocurrirá nada.

Dio otra calada antes de seguir hablando, mientras Finley realizaba los últimos diagnósticos al sistema. De haber estado en una nave comercial los agentes de seguridad le habrían echado a patadas.

–Además, aunque eso ocurriese no iba a ser ningún problema, salvo que estuviésemos a más de… cinco o seis horas de algún sitio.

–Siempre estamos a más de cinco o seis horas de algún sitio – respondió Sharp – somos contrabandistas ¿Recuerdas?

–No es culpa mía que siempre evitéis las rutas más cortas por miedo a alguna patrulla. Además, siempre queda la opción de recurrir a un salto.

Sharp dejo escapar una casi inaudible risa. Goodey llevaba meses tratando de convencer al capitán de cambiar los planes de ruta, pero Ida actuaba de escudo entre ambos de forma bastante eficiente. El ingeniero sostenía que acortando los viajes, acercándose a las rutas normales, ganarían más al poder hacer más trabajo y gastarían menos combustible. También que de manera no relacionada podrían visitar más lugares bonitos y conocer más chicas al no alejarse de las rutas de pasajeros. En su opinión, el riesgo quedaba más que cubierto con el hecho de visitar lugares bonitos y conocer chicas. Aún no había conseguido convencer al capitán, pero estaba seguro de que tarde o temprano lo haría.

– ¿Te acordaste de echarle un ojo a Zero? – le preguntó el piloto tratando de llevar la conversación por otros derroteros

–Pues si – respondió con indiferencia

– ¿Qué le ocurría? Tom estaba completamente histérico.

–Lo que ocurre es que necesita otro piloto, nada más – se encogió de hombros

–No podemos prescindir de Tom – continuó Sharp – necesitamos sus contactos.

–Deberíamos robarle la agenda y tirarle a él al espacio, ese pequeño caza lo agradecería.

Sharp volvió a reírse. Esa era una idea que se le había pasado por la cabeza a todos alguna vez.

–La verdad es que el sistema entero lo agradecería – continuó Goodey – ¿Por qué no lo hemos hecho aún?

En ese momento, en uno de los cuadros que se proyectaban sobre el panel de instrumentos, apareció un pequeño diagrama luminoso de la nave dividido en varios sectores. Todos oscilaban entre un fuerte amarillo y un oscuro naranja. Al verlo Sharp esbozó una mueca de preocupación. Sabía en qué estado se encontraba la nave, pero eso no mejoraba la situación.

–Tranquilo, aguantará. Es una buena nave. – Dijo John con tranquilidad  – pero no le vendrían mal unas vacaciones.

–Quizá tras este golpe podamos tomarnos un descanso, hay mucho dinero en juego. ¿Tenemos los códigos de despegue?

–Frescos y validados – extendió el brazo y le entregó una pequeña tarjeta de memoria azul celeste, apenas del tamaño de la yema de un dedo.

Sharp colocó la tarjeta en una ranura junto al módulo de comunicaciones y esperó a obtener una señal. A los pocos segundos un mensaje le indicaba la ruta de salida.

–Códigos de despegue comprobados y archivados – entonó la suave voz de la Aditi – Todos los sistemas preparados.

Se acomodó en la silla y se abrochó los amarres de seguridad. Tras estirar un segundo los dedos de las manos las colocó sobre el panel virtual que se proyectaba sobre el tablero de instrumentos.

–Bien preciosa, avisa al resto de pasajeros… Despegamos.

Muy despacio la nave se despegó unos centímetros del suelo mientras se retraía el tren de aterrizaje. Empezó a avanzar despacio a través del hangar siguiendo el camino marcado por un oscuro raíl en el techo. La maniobra no duró demasiado, se  habían colocado en un módulo cercano a las compuertas exteriores,  y en apenas unos minutos estaban junto a la compuerta de salida. Allí se detuvieron hasta que esta se abrió de forma automática y les dejó camino libre hacia el exterior de la estación.

Una vez fuera Sharp soltó los mandos.

–Bien Adi, te dejo los controles

A partir de ahora la inteligencia artificial de la nave la dirigiría a través de la ruta que el control de vuelo les había asignado. Nunca le había gustado volar así, pero eran las reglas y en aquel lugar lo entendía. Miles de naves entraban y salían en el mismo momento, como un enjambre de abejas volando en las inmediaciones de un panal, manteniéndose a escasos metros una de otras. A cualquier hora, cualquier día. El tráfico de entrada y salida nunca cesaba. Innumerables trozos de metal surcando las inmediaciones de esa monstruosa maraña de paneles, vigas y antenas en perfecta sincronía. Intentar atravesar aquella zona con el control manual era un suicidio hasta para el más experimentado de los pilotos.

Tras alrededor de un cuarto de hora se encontraban en el espacio libre y pudo retomar el mando de su nave.

–Perfecto Adi – elogió con cariño Sharp – A partir de aquí vuelvo a tener el control.

A su lado Goodey sonreía.

– ¿Sabes? Creo que necesitas una chica, una de carne y hueso. Si me ayudases a convencer al capitán…

Antes de que se diese cuenta, Sharp se encontraba aguantando por enésima vez las reclamaciones sobre las rutas del ingeniero de la nave. Algún día el capitán cedería solo para que se callase.

En aquel momento solo les quedaba esperar a que el dispositivo de localización que Alan llevaba se activase, y les indicase la posición del carguero. A esas horas el capitán e Ida deberían estar ya a punto de subir a bordo.

***

3.3 – Meira

–Todavía no entiendo por qué tenemos que ir nosotros – se quejaba con con insistencia Régis – ¡Se supone que el pirata es él!

–No tendremos que hacer nada – trataba de calmarlo Meira – se trata solo de una cuestión de confianza.

– ¿Confianza? ¿Y qué confianza se supone que debe inspirarnos esto? – Continuó – ¡Por el Gran Éxodo, Meira, entra en razón!

Llevaban discutiendo desde que se habían levantado. A Régis no le hacía ninguna gracia tener que ir en el carguero y estar presente durante el robo, aunque a ella tampoco es que la perspectiva ilusionase lo más mínimo. A decir verdad la aterraba, pero no tenía nada que ofrecer para librarse de ese trámite. Pero aquella no era la auténtica razón de que discutiesen. Desde el principio sabían aquello, y desde el principio ambos lo habían aceptado. Lo que él no podía aceptar es que ella le hubiese rechazado una vez más. Régis Tasse llevaba mucho tiempo enamorado de ella, más del que Meira podía recordar. Ella había tratado de dejar clara desde el principio su falta de interés, pero eso era algo que él nunca había terminado de aceptar. Aunque la mayor parte del tiempo se mostraba razonable, en ocasiones, cuando se daba de bruces con la realidad tras haber creído ver un resquicio por el que atacar, podía llegar a desquiciarla.

Salieron en dirección al puerto aun en medio de la discusión. El tiempo apremiaba, no podían perder su viaje. Allí se encontrarían con el capitán Duke y subirían juntos al transporte. Una vez hubiesen despegado, cuando estuviesen lejos de la estación, la goleta del capitán entraría, se llevaría la carga y ellos continuarían el viaje hasta Ceres, donde se bajarían con el resto del pasaje. Un plan sencillo, pero que no la tranquilizaba en absoluto. No saber cómo meterían la goleta dentro del gigantesco carguero ni como burlarían la seguridad la ponía aún más nerviosa.

Una multitud esperaba ya en el embarcadero cuando llegaron. Por todas partes se acumulaban maletas amontonadas y camas improvisadas de los que habían pasado allí la noche. Los puertos de Ciudad Balcón eran lugar de paso para todo el mundo que pretendiese pasar de las colonias interiores a las exteriores, y para muchísima gente se trataba de un viaje sin billete de vuelta en el que invertían todo lo que tenían. La promesa de una vida mejor en un nuevo mundo seguía siendo algo a lo que la humanidad no podía resistirse.

Avanzaron entre la aglomeración hasta colocarse en un lugar desde donde pudiesen ver la puerta de embarque y esperaron.

Meira mientras tanto no pudo evitar fijarse en lo que tenían alrededor. El panorama que se encontraba siempre que visitaba los puertos la destrozaba. Familias enteras se agolpaban en los pocos bancos disponibles. Hasta donde podía ver la marabunta humana parecía no tener fin. Entre los pocos huecos libres correteaban niños de un lado para otro mientras sus histéricos padres trataban de que no se alejasen. Allí había miles de personas esperando a abandonar aquella enorme estación. Miles de personas que habían perdido la esperanza de salir adelante y trataban de escapar a cualquier otro lugar. Miles de personas que se lanzaban a lo desconocido creyendo que ya no podían estar peor. Entre todos ellos no pudo evitar fijarse en una chica, de cabello negro como el azabache, que deambulaba como si de un fantasma se tratase entre la multitud. Pálida y despeinada, apenas vestida. Con la cara cubierta de restos de maquillaje y coronada por unas marcadas ojeras alrededor de unos grandes ojos castaños. Casi un cadáver. Caminaba cabizbaja, tratando de evitar las miradas de los curiosos e ignorando sus voces, con paso inseguro, por momentos a punto de perder el equilibrio. Sin pretenderlo cruzó mirada con la de ella. La chica pareció darse cuenta, abandonando la búsqueda del infinito para clavar sus ojos en los suyos. El contacto apenas duró un segundo, el suficiente tiempo para la invadiese la melancolía que desprendían aquellos grandes ojos castaños. La mirada de alguien que grita en silencio por ayuda. Meira trató de decir algo, pero las palabras se le atragantaron. Antes de que fuese capaz de reaccionar, la chica había seguido su camino entre la multitud.

Entonces la sobresaltó una voz a su espalda.

– ¡Eh! ¿No es esa la prostituta de anoch…? –preguntó en voz alta el Capitán Duke.

–Capitán ¿No habíamos hablado de pasar desapercibidos? – le interrumpió con un codazo Ida

Se dio la vuelta para ver por primera vez en persona al capitán de la Aditi y a su lugarteniente. Ella tenía una presencia imponente, todo lo contrario de él, que sonreía como un bobo que se cree encantador. Un minuto después, hechas las presentaciones, se dirigieron a un pequeño bar no muy lejos del embarcadero mientras Alan e Ida continuaban discutiendo sobre aquella chica y Régis no dejaba, en voz baja, de quejarse de su aparente falta de profesionalidad.

Pero en aquellos momentos a Meira le costaba concentrarse, no conseguía quitarse de la cabeza la melancolía que había sentido al contemplar la expresión de aquellos ojos. Debería haber podido decir algo, pocas veces se había encontrado con miradas tan poderosas, tan transparentes. No podía dejar de preguntarse qué le ocurriría a aquella chica para sentirse tan desgraciada. No dejaba de preguntarse por qué ocupaba sus pensamientos en lugar de cualquier otro de los miles que ocupaban el puerto.

Aún quedaba más de media hora para que abriesen la entrada al pasaje, y era el momento de repasar algunas cosas. Allí, mientras trataban el plan, el capitán pareció transformarse en una persona diferente. De pronto ese bobo presuntuoso que tenían delante dejó paso a un meticuloso líder con un plan cuidado hasta el último detalle. Muy pronto estarían en camino, y a Meira no dejaba de temblarle hasta el último musculo de su cuerpo.

***

3.4 – Alice

Tras ella, Walther y Maya discutían mientras señalaban y seleccionaban sectores en una carta estelar tridimensional proyectada a su alrededor, y los gemelos comprobaban el armamento mientras hablaban el uno con el otro. Pero en ese momento Alice apenas reconocía alguna palabra de las conversaciones que llegaban a sus oídos. Se encontraba de espaldas a todos ellos, con los ojos abiertos como latos, contemplando una y otra vez el video de seguridad. Asombrada ante lo que estaba viendo trataba de apreciar todos los detalles, frenaba la imagen, se movía a través de la representación tridimensional hecha por las diferentes cámaras, se acercaba para comprobar que lo que su mente le decía que veía había ocurrido en realidad. En la imagen proyectada, que ocupaba casi una pared, se veía como una jovencita delgada de mediana estatura, despachaba sin problemas a una patrulla entera con sus propias manos sin sufrir ni un rasguño. Pasaba entre ellos con la agilidad de un felino moviéndose entre jarrones sin preocuparse del fuego de las armas. Allí había demasiada información para asimilarla en tan poco tiempo. Nunca había visto algo así.

En el momento en que Robert les había explicado su misión no había podido sino sentirse decepcionada. Aquello no había sido lo que ella esperaba. Encontrar a una civil era tarea de la policía, no suya. Pero al ver el vídeo de seguridad todo había cambiado. Esa chica a la que ahora contemplaba no era una persona normal. Puede que el resto no lo hubiesen visto pero ella lo tenía claro. No importaba cuantos años de entrenamiento se tuviesen, nadie se movía de esa manera.

Continuó viéndolo una y otra vez, deteniéndose casi a cada segundo, mientras a su espalda se decidía cuáles serían los pasos a seguir en la operación. Ella nunca participaba en la planificación, no era algo que le interesase. Un tedioso trabajo en el que Walther y Maya eran expertos. Si se podía encontrar a esa chica, ellos la encontrarían. Entonces es cuando empezaría su trabajo, y debía conocer bien a su adversaria. Pasó de nuevo el vídeo, deteniéndose a tomar nota de todos sus gestos. Por momentos parecía ver en todas direcciones. Se anticipaba a movimientos que no podía ver, golpeaba a los soldados sin siquiera mirarlos. Nadie podía hacer eso ni aun con toda una colección de implantes militares, no sin armas. Estaba claro que no era una persona normal.

Se recostó en la butaca pensativa. Hacía mucho que no se le presentaba un reto a su altura, hacía mucho que esperaba ese momento. No podía evitar tratar de imaginarse su encuentro, a decir verdad tenía ganas de que ocurriese. Tendría que estudiar aun a fondo a esa chica, Violeta, si quería salir viva de él.

–Aurora – susurró dirigiéndose al interfaz de la nave – guarda el video en mi colección personal y carga una copia en mi terminal.

Quería tener acceso al vídeo desde su camarote. Allí en la sala de operaciones las voces de sus compañeros la desconcentraban.

–Transferencia completada – le respondió la metálica voz de la Aurora.

Llevaba viajando en la misma nave varios años, la conocía como la palma de su mano, y había acabado apreciando la sintética voz que utilizaba para comunicarse con la tripulación. Durante mucho tiempo le había desagradado, pero ahora no podría aceptar que le cambiaran la voz a su nave.

La Aurora era una goleta ligera de transporte registrada a nombre de la compañía Jade, pero ese solo era su estatus oficial. Su interior estaba plagado de la más avanzada tecnología en rastreo e intervención de comunicaciones, y su núcleo motriz la hacía capaz de escabullirse de cualquier patrullera que se encontrase en su camino. En estos momentos, atracada en el puerto de la base de Daley, el ajetreo alrededor de la Aurora era continuo. Docenas de técnicos comprobaban hasta el más pequeño detalle en los motores y sistemas de abordo. Carritos cargados con equipo y munición subían y bajaban sin cesar por las trampillas mientras las grúas terminaban de acoplar dos lanzaderas de misiles a las bahías de carga laterales. Rodeada de cazas y goletas militares, esperaba a que el enjambre de operarios que tenía a su alrededor terminasen su trabajo para poder despegar de aquel hangar militar, alejado de las miradas de los curiosos.

Tras la reunión en el Mirador se habían dirigido hacia allí, hacia su nave. Aquella goleta era lo más parecido que tenía a un hogar. Haciendo memoria no recordaba un sitio donde hubiese dormido tantas veces como su pequeño camarote en la sección de babor de la goleta. Durante el último año había echado de menos estar allí. Allí era donde Alice había conocido a Los Gemelos y donde había vivido la mayor parte del tiempo que habían pasado juntos. Esa vieja nave era su casa y algún día tendría que hacer algo para que nunca se la volviesen a arrebatar.

Mientras continuaba pensativa con la mirada perdida en la pantalla, ahora con una imagen fija de su perseguida, Lennox se acercó desde detrás y la abrazó con delicadeza. La rodeo apoyando las manos sobre su pecho y la besó con ternura en el cuello.

–Vamos a despegar – le susurró al oído – Walth quiere que estemos todos para hablar de lo que vamos a hacer.

Espero un segundo disfrutando de aquel momento antes de contestar. Había sido apenas un segundo pero la había hecho recordar cuanto echaba de menos aquello.

–Vete sin mí no sea que te pierdas algo – contestó mientras una sonrisa se le grababa en los labios – yo iré ahora.

Sabía a la perfección lo que les iba a contar. La chica tenía un implante en el cerebro que emitía pulsos a una frecuencia que podrían detectar, aunque la señal era muy débil. Un barrido no lo encontraría, necesitaban buscar en el sitio adecuado. Para ello habían colocado guardias en todos los transportes que saliesen en una ruta que pudiese enlazarse con las colonias exteriores y desde la cabina había acceso a las comunicaciones de todas las patrullas. Si alguna tenía problemas sabrían dónde buscar. Mientras no ocurriese nada solo podían esperar, continuar revisando grabaciones y esperar a que alguna vez se le viese la cara en una para poder lanzar un aviso de búsqueda.

Volvió a pasar el vídeo mientras hacía tiempo antes de dirigirse a la cabina. Cada vez le fascinaba más. No solo controlaba todo lo que ocurría a su alrededor, también lo que estaban grabando las cámara. No era casual que nunca le grabase la cara, era como si en todo momento supiese que era lo que se estaba grabando. Estaba claro que no era una persona normal.

***

3.5 – Código 14

Un sonido en su cabeza la despertó de pronto haciendo que se incorporase. Se encontraba en un quirófano sobre una camilla, la luz era muy intensa. A su lado había un carrito de instrumental médico; cogió un bisturí y se puso en pie.

No sabía dónde se encontraba, aunque aquella sala médica le resultaba familiar. Miró hacia la puerta. Al otro lado del cristal había un gran pasillo de paredes metálicas y una docena de soldados haciendo guardia formando dos filas de seis hombres. Sobre el cristal estaba impreso el número catorce. En un rápido vistazo localizó sus armas y condecoraciones; se trataba de expertos pero apenas armados. Solo portaban pistolas reglamentarias. Estaba claro que no esperaban visita.

Antes de que pudiesen percatarse de su presencia abrió la puerta y comenzó a avanzar hacia ellos mientras, en medio de una fuerte confusión, desenfundaban sus armas.

En medio del sonido de disparos el cuchillo salió disparado de su mano. Mientras las balas se aplastaban contra las paredes y uno de los cuerpos caía inerte, ella rodaba ganando metros hasta colocarse a su lado. Le arrancó el cuchillo del cuello, le quitó el arma y sin vacilación se impulsó apoyando los pies en la pared hasta el otro lado del pasillo donde otro de los guardias esperaba.

Sonaros más disparos; uno llegó a rozarle el brazo izquierdo. Aquello había estado demasiado cerca pero ni por un instante consiguió apartarla de su objetivo. Hundió el cuchillo en la pierna del tirador mientras se incorporaba, le agarró del cuello y se lo partió mientras le usaba de escudo humano. Sin un instante de vacilación lanzó el bulto contra otro de los soldados, que se vino abajo, mientras disparaba al que se encontraba a su lado. Un disparo limpio entre los ojos, otro al que estaba en el suelo.

A su alrededor continuaban volando las balas pero eso no le preocupaba, sabía donde estaban apuntando los soldados; sabía que no la alcanzarían. De un salto se plantó al lado de uno de ellos con fuerza suficiente para derribarlo de un golpe en la rodilla. Cayendo sobre ella firmó su sentencia de muerte; el bisturí cortó la piel de su estomago como si se tratase de papel desparramando sus tripas. Sin dar tiempo a los demás a reaccionar se desembarazó del cuerpo y lanzó el bisturí sobre su compañero mientras desde el suelo acribilla al resto de los soldados.

Cuando se levantó solo quedaba uno, asustado, acurrucado contra la pared. Le temblaban las manos, apenas era capaz de sujetar su arma. Se la quitó de un golpe y sin miramientos le cortó el cuello. La sangre empezó a manar de la herida como si de una fuente se tratase. Miró a su alrededor; doce cadáveres y mucha sangre.

Sin previo aviso empezó a notar presión en su cabeza, un pitido le taponó los oídos y cayó al suelo sin fuerzas. Podía ver y apenas oír pero no moverse. Al fondo del pasillo se abrió una compuerta. Dos hombres y una mujer entraron y corrieron hasta ella. Nerviosos se apresuraron a clavarle una jeringuilla inyectándole algo. Aquello pronto empezó a hacer efecto; en unos segundos le empezaron a pesar los parpados y la vista se le distorsionaba. La agarraron y la levantaron llevándosela a algún sitio. Antes de perder la consciencia solo podía pensar en lo extraño de todo aquello. No entendía que había ocurrido ni por que los había matado. No había ningún motivo. No había sentido nada.

Abrió los ojos en total oscuridad acurrucada en un diminuto habitáculo. Su corazón latía acelerado mientras un sudor frio le recorría la frente. Le costaba respirar. Trató de calmarse; sabía que había sido un sueño. Estaba justo en el mismo sitio donde había cerrado los ojos. Aquella pesadilla la perseguía sin descanso; aquella en que los mataba a todos. Acababa con ellos como había acabado con los soldados que la habían perseguido desde que escapó. Sin inmutarse ni sentir remordimientos. Aquella pesadilla la obligaba a preguntarse por qué lo había hecho. Por qué ella no se sorprendía ni se asustaba como hacían todos los que la veían.

No estaba segura de cuando había empezado, ni si quiera de que lo había desencadenado. ¿Había hecho lo que el sueño le mostraba? Solo sabía que junto a las pesadillas surgieron las dudas. Mientras tenía los ojos cerrados se sentía vulnerable, no controlaba lo que ocurría dentro y fuera de su cabeza. De alguna manera la reconfortaba. Trató de volver a dormirse pero un brusco movimiento del contenedor en que se encontraba la despertó de nuevo. Interceptando la imagen de la cámara de seguridad pudo ver que estaban subiéndola al carguero. Pronto estaría lejos de allí.