Carta Estelar – 4 – VL0900NTC – Nereida

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4.2 – Nereida

carta_estelar_miniNotaba frío en las manos. Le temblaban, lo mismo que las rodillas. Apenas habían pasado ocho horas desde que Ángelo le colocase una gota de aquella sustancia en cada uno de sus ojos, y su cuerpo ya reclamaba más. Sentada, en la cabina de pasajeros del Georges Philippar, Nereida trataba de no pensar en ello. Las butacas de aquel enorme carguero resultaban más cómodas de lo que había esperado, y de no ser por cómo se encontrada estaba segura de que hubiese podido dormir. La tenue luz proyectada desde el techo hacía que en el cristal de las pequeñas ventanillas, colocadas junto a los asientos, apenas se reflejase el interior. A través de ellas podía verse con bastante claridad.

Al otro lado del cristal millones de estrellas decoraban el oscuro tapiz, formando un irregular mosaico que le costaba dejar de mirar. Los ojos le dolían y la cabeza parecía a punto de estallarle, pero aun así no podía apartar la vista. El firmamento siempre la había fascinado, desde que era una niña y se pasaba noches enteras durmiendo bajo el cielo. Conocía como la palma de su mano todo lo que podía verse desde casi cualquier punto del planeta azul, conocía todo lo que podía verse desde varias de las terrazas de Ciudad Balcón. Desde donde estaba ahora todo le resultaba extraño; veía cosas en las que nunca había reparado. Se sorprendió a si misma pensando de nuevo en Ángelo. Él nunca había entendido que le gustase pasarse tanto tiempo mirando a través del ventanal de su habitación. Nunca lo entendió y nunca se preocupó de intentar entenderlo.

A su lado un hombre rechoncho de avanzada edad ojeaba una revista a la que no prestaba demasiada atención. De cuando en cuando notaba como la miraba de reojo, como llevaba haciendo todo el mundo esa mañana. Desde que había salido a toda prisa del camarote de Ángelo había sido el centro de las miradas de cuantas personas se había cruzado, como si se tratase de algún tipo de atracción de circo.

Se fijó en su casi imperceptible reflejo en el cristal. Con la prisa por llegar antes de que cerrasen la venta de billetes para el viaje se había olvidado del terrible aspecto que tenía. Parecía un cadáver y poco le faltaba para sentirse como tal. Se levantó con algo de dificultad y salió al pasillo buscando el baño. A punto estuvo de caerse sobre su disgustado compañero de butaca, que decidió no ahorrarse calificativos a la hora de quejarse. Se disculpó, aun con ganas de responderle, pero no quería tener problemas. No tal y como se sentía.

Caminó entre los asientos hacia la parte de atrás, donde un pequeño letrero luminoso señalizaba el lugar donde se encontraba. El mundo le daba vueltas, necesitó agarrarse a los asientos para no perder el equilibrio. Sentado a un lado vio a un hombre de gabardina larga, le resultaba familiar aunque no recordaba por qué. Junto a él había una mujer de facciones duras, con una gran cicatriz atravesándole la cara. Y justo tras ellos una mujer rubia, de expresión dulce y ojos azules. La misma que había visto en el puerto y que se había quedado mirándola. Hablaban sobre algo, no pudo escuchar sobre qué. No parecían darse cuenta de que ella estaba allí. Siguió de largo hasta llegar al servicio y una vez allí cerró la puerta.

El baño era un habitáculo minúsculo, agobiante; le recordaba a su departamento en Navin Tikva. Se dejó caer de rodillas en el suelo, estaba a punto de vomitar. Colocó la cabeza sobre el retrete, y se quedó allí durante unos minutos, tosiendo, casi ahogada, sin que nada saliese de su boca. Cuando al fin recuperó el aliento rompió a llorar.

Se levantó, y al verse reflejada en el espejo se dio autentico asco. ¿Qué demonios estaba haciendo? Había sido tan grande su impulso de largarse que en ningún momento se había parado a pensar en que haría al llegar. No tenía dinero ni más ropa que la que llevaba encima. Solo su terminal y lo que llevase en los bolsillos de la chaqueta ¿Qué demonios haría al llegar? Ni siquiera sabía que era lo que iba a buscar. Negó con la cabeza mirándose a los ojos “Acabaré dejándome follar para pagarme el billete de vuelta, eso sí que sé hacerlo”. Tras lavarse la cara con abundante agua, se quedó unos segundos mirando su reflejo. Suspiró profundamente y trató de no pensar en nada. Intentaba tranquilizarse un poco y despejarse la mente. Cerró un momento los ojos y entonces se acordó de la chica del puerto; de cómo la había mirado. Una mezcla entre curiosidad y comprensión, como si al verla hubiese sabido cómo se sentía. Debían ser imaginaciones suyas, pero recordar el momento en que su mirada se había cruzado con la de aquellos ojos azules le reconfortaba. Notaba una extraña calidez en esa mirada, una sensación de paz que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.

Unos segundos después abrió los ojos algo más calmada. Tras lavarse de nuevo la cara reparó en que le temblaban las manos; por un momento se había olvidado de aquello. Buscó en los bolsillos de su chaqueta, tenía que tener algo que meterse en aquel momento. Todo lo que encontró fue un paquete de cigarrillos a punto de acabarse, tendría que servir. Iba a encenderse uno cuando reparó en el detector de humos del techo. “Mierda”.

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