Carta Estelar – 4 – VL0900NTC – Sharp

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4.3 – Sharp

carta_estelar_miniDanzando con elegancia entre las nubes de gas incandescente, la Aditi se movía oculta entre las estelas de los propulsores del George Philippar. Ajustando en todo momento su movimiento para evitar que ninguna sección de su casco se calentase en exceso, deslizándose lo bastante cerca para engañar a los sensores del enorme carguero. Un viejo truco de los capitanes de submarino del siglo XX que ponía a prueba tanto la destreza de los pilotos como la resistencia de las naves.

Dentro de la cabina a Sharp le sudaban las manos. No era la primera vez que ejecutaba esa maniobra, pero nunca lo había hecho tan cerca de las toberas, ni con la nave en tan malas condiciones. Agarraba con firmeza los mandos ejecutando movimientos casi imperceptibles sin quitarles el ojo de encima a los indicadores de temperatura e integridad del casco. A su derecha, sentado con el respaldo reclinado, se encontraba un relajado John Goodey, que jugueteaba con parsimonia con un pequeño terminal del que salía una maraña de cables que se perdía bajo el panel de sistemas de navegación. Tras ellos Tom Rooke y Anton Van Vuuren esperaban en silencio, temblorosos, contemplando con asombro a través del visor polarizado las enormes toberas que expulsaban hidrógeno incandescente ante ellos.

– ¿Tenemos ya vía libre? – preguntó intranquilo Sharp

Hacía ya un buen rato que había desactivado el sistema de voz de Adi ante el continuo flujo de mensajes de alerta y sugerencias de paso a control automático. Aunque no le gustaba, se trataba de algo que en ocasiones se veía obligado a hacer. Tanta información innecesaria le desconcentraba y casi había conseguido que a su ya aterrado su médico le diese un ataque de pánico. Pese a todo en algo tenía razón la nave, tenían que salir de la corriente de gases cuanto antes.

–Aguanta un poco más – respondió con tranquilidad Goodey – los chicos han hecho su trabajo, en un minuto o dos ese gigante de metal estará totalmente ciego.

–Más vale, no podemos seguir mucho rato aquí dentro – le replicó el piloto, tenso tras pasar su mirada por última vez sobre los sensores de temperatura.

–No te preocupes hombre, nuestra pequeña aguantará, ten fe – terminó con entusiasmo,  dándole una palmada en el hombro.

Durante un último minuto siguieron volando entre la nube de gas mientras varias luces de aviso en el panel de mandos empezaban a parpadear. Aunque las gotas de sudor comenzaban a llenar su frente y se les hacia un nudo en la garganta, Rooke y Van Vuren no podían apartar la vista del indicador de integridad del casco. Su parpadeo rojo sangre resultaba casi hipnótico.

– ¿No sería mejor arriesgarse con el radar del carguero? – Preguntó inquieto el médico – No es que no confié en vosotros, pero la nave lleva un buen rato advirtiéndonos que el casco está a punto de fundirse…

–Tiene razón – continuó Tom – Esto es una gilipollez, vamos a asarnos vivos cuando probablemente ya hayan caído los sistemas de esa nave.

Sharp inspiró para responder, pero Goodey se le adelantó, haciendo evidente su enfado por la interrupción.

–Lo que tenemos que aguantar… Tom, eres idiota. Ni han caído los sistemas aun –levantó la pequeña terminal enseñándole la pantalla por encima de su cabeza – ni hay posibilidades reales de que muramos asados. En tal caso perderíamos la estela cuando los motores direccionales empezasen a fallar y probablemente moriríamos congelados en el espacio.

Aquello no los calmó lo más mínimo, aunque John nunca había pretendido hacerlo.

–Y tú, Anton, ¿Qué mierda te pasa? Te he visto operar, y pareces capaz de mantener la calma… al menos la suficiente para no matar a los pacientes. Deja de lloriquear como un niño pequeño.

–Eh… no es lo mismo…–trató de decir el médico.

Con un repentino movimiento Goodey se inclinó hacia delante en su asiento mientras levantaba una mano haciendo un gesto sus compañeros se callasen.

–Ahora – le indicó a Sharp – prepárate para moverte por debajo hacia la puerta de embarque de estribor. Tenemos vía libre en tres… dos…

No necesitó terminar la frase. Un estridente sonido triunfal emitido por su terminal indicaba la desconexión de los sistemas de seguridad del carguero. Sin esperar ni un instante la Aditi se apartó de la estela de la otra nave y se colocó bajo su casco. Poco a poco avanzó hasta colocarse junto a la compuerta y acoplarse a esta.

–Bien chicos, en un minuto la exclusa estará presurizada y podremos entrar y robar – exclamó con entusiasmo Goodey – ¡Hurra!

En la bodega de la nave aguardaban el capitán Duke, Ida, Meira y Régis.

– ¿Qué le había dicho capitán? Fácil como robarle un caramelo a un niño – saludó Goodey mientras cruzaba la compuerta.

Tras él aparecieron Sharp y Van Vuuren, mientras Rooke esperaba dentro preparado para hacer despegar el caza en caso de que fuese necesario. Lo primero en lo que Goodey se fijó fue en la chica rubia que esperaba apoyada en un gran cofre metálico.

–Vaya vaya ¿Se trata de nuestra anfitriona? ¿Por qué nadie me dijo que íbamos a alojar una belleza así en nuestro montón de chatarra? Habría conseguido una nave nueva… ¡y mucho más elegante! – dijo acercándose a ella y besándole la mano– Mi nombre es John Goodey, señorita…

–No va a subir a la nave – le interrumpió Ida –lo último que necesitamos es que nos relacionen con esto porque falte alguien en la lista de pasajeros.

– ¡Oh! Tú siempre estropeándolo todo – se quejó el ingeniero antes de volverse de nuevo hacia Meira – Aunque siempre quedará tiempo para que le dé una vuelta por el sistema en mi montón de chatarra ¿Ha visto amanecer sobre los anillos de Saturno? Impresiona hasta a los que ya lo conocemos.

–Goodey, basta – le cortó ahora Alan– Tenemos trabajo. Buscad la lista de inventario, debería haber una en aquel panel – dijo señalando hacia un rectángulo en una de las paredes – y… ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que se den cuenta de que algo no cuadra? – preguntó dirigiéndose a Goodey una vez más.

–Yo diría que una hora antes de que se den cuenta de que algo le pasa al radar… – explicó mientras miraba al techo llevándose la mano a la barbilla – Y como una hora y media para que se den cuenta de que estamos aquí.

–Bien, quiero la compra hecha en veinte minutos ¿Me habéis oído? – ordenaba Duke – Veinte minutos. Dentro de veinticinco tenemos que estar nosotros de vuelta en nuestros asientos y vosotros lejos de aquí.

Sin poner objeciones se pusieron manos a la obra. Goodey localizó el inventario mientras Anton, Ida, Sharp y el capitán cargaban los paquetes que Meira iba indicando, ayudados por los carros hidráulicos que descansaban entre los contenedores. Régis mientras tanto esperaba apoyado en la pared de brazos cruzados, ansioso porque aquello terminase.

En el tiempo planeado tenían listos a bordo de la Aditi toda la lista de contenedores que habían marcado. Era hora de devolver a su sitio los carritos y marcharse. Recolocaron algunos de los muchos paquetes que seguirían descansando en la inmensa bodega para que a simple vista no fuese fácil percatarse de las ausencias y se dispusieron a abandonar la bodega.

–Recordad – les decía a su tripulación Alan antes de que subiesen a la nave – nos encontraremos en el puerto de siempre a las afueras de…

De pronto un sonido a su espalda le interrumpió. Una de las compuertas interiores que llevaban a los pasillos de mantenimiento se abrió en un lateral de la sala y diez hombres armados y vestidos con corazas oscuras irrumpieron en la bodega.

– ¡Quietos! – Les gritó uno de ellos – ¡Que nadie de ni un paso o abriremos fuego!

Seguir leyendo – 4 – VL0900NTC – Nereida (II)

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