Carta Estelar – 4 – VL0900NTC – Nereida

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4.4 – Nereida

carta_estelar_miniHacía tanto tiempo desde su último viaje que había olvidado lo estrictas que eran las normas con respecto al aire. No es que en las estaciones esas regulaciones no existiesen, pero en estos últimos años en Navin Tikva nunca había visto que nadie tratase de que se cumpliesen. De encontrarse aun allí no habría tenido ningún problema para fumarse aquel mísero cigarrillo, pero aquí esa simple y cotidiana acción estaba resultando una auténtica odisea. Mirase donde mirase solo veía cámaras de seguridad y sensores de diversos tipos, listos para saltar ante cualquier irregularidad. Lo más razonable habría sido volver a la cabina de pasaje y olvidarlo, pero aquello era lo último que quería hacer. Comenzó a deambular por los pasillos del carguero, sin una dirección en mente ni un objetivo. Caminaba alejándose cada vez más de la cabina que le habían asignado.

La sección acondicionada para el pasaje de aquel carguero resultaba mucho más extensa de lo que uno podría esperar. Por momentos daba la estación de seguir en una estación espacial. El aspecto interior resultaba muy similar al de los abarrotados distritos de apartamentos de la ciudad que acababa de abandonar. Hasta la cantidad de gente parecía similar. En aquella nave debía de haber miles de personas huyendo de las regiones centrales en busca de una segunda oportunidad o en busca de fortuna. La mayoría ya se encontraban allí cuando el carguero se detuvo en Navin Tikva. Debía haber pasado por un buen puñado de puertos antes de decidirse a abandonar Ciudad Balcón desde su ciudad.

Caminando por sus abarrotados pasillos notaba como mucha gente la miraba. Al igual que cuando lo hacía por las calles de su ciudad era el centro de atención. Sabía que su aspecto en estos momentos no ayudaba a pasar desapercibida, pero eso no hacía que le gustase más. Aceleró el paso con la mirada gacha para no cruzarla con la de nadie. Necesitaba alejarse de la multitud cuanto antes.

Unos minutos después se encontraba en un pasillo de mantenimiento. Nadie la había detenido al abandonar la sección de pasaje. Caminaba con tranquilidad, disfrutando de la soledad. Escuchando el leve zumbido de los sistemas de soporte vital y el lejano ronroneo de los motores. Las naves siempre se le habían dado mucho mejor que las personas, su padre la había enseñado bien. Con solo poner el oído en un mamparo cercano al núcleo motriz era capaz de reconocer el modelo de impulsor que utilizaba una nave de gran tamaño. Podía hacerle un diagnostico solo escuchando la vibración del mismo. Continuó avanzando despacio, rozando en ocasiones las paredes con la punta de los dedos, cerrando los ojos para solo escuchar, casi olvidándose de cómo se encontraba. Hacía tanto tiempo desde su último viaje que había olvidado lo que era estar en una nave.

Cuando llegó hasta un plano del nivel donde se encontraba buscó el camino a la sala de máquinas. De pequeña le encantaba visitarlas, siempre lo hacía. En ocasiones llegaba a pasarse viajes enteros sin salir de allí. Recordar aquello la hizo sonreír, quizá debería ir. Con un poco de suerte la dejarían entrar. Estaba algo lejos pero tiempo en ese momento era algo que le sobraba. Justo al otro lado de las bodegas.

Unos minutos después se encontraba frente a una compuerta que daba a la bodega principal. Estar a punto de visitar la sala de máquinas le había levantado el ánimo, era casi como en los viejos tiempos. Tendría que haber viajado más a menudo. Accionó el interruptor que había al lado de la puerta haciendo que esta desapareciese en una ranura en la pared a su izquierda, cuando de pronto sonó un fuerte estruendo, sintió un empujón hacia atrás y un fuerte pinchazo sobre la base del estómago. Ante ella varias personas esperaban con las manos en alto o cubiertos tras contenedores, mientras un grupo de hombres armados y vestidos con corazas les apuntaban. Durante un segundo todos se quedaron estáticos mirándola, parecía que todo se hubiese parado. Bajó la cabeza solo para ver la extensa mancha que ya se había formado en su camiseta y el pequeño charco color carmesí que se estaba formando a sus pies. Todo el torso le ardía, le faltaba el aire. Llevó sus temblorosas manos a la herida, antes de levantar la vista una última vez y desplomarse de rodillas.

Aun antes de que su piel notase el frio del suelo metálico, el sonido de disparos empezó a saturarle los canales auditivos. Lo que ahora eran siluetas borrosas empezaban a moverse de un lado para otro.

Tirada en el suelo sobre su propia sangre creyó escuchar gritos, no podría decirlo a ciencia cierta. Trató de arrastrarse tras un contenedor, pero lo único que consiguió fue perder el apoyo que tenía en la pared. Trató de taponar la herida, pero el intenso dolor que sentía en la espalda le indicaba que era inútil. Trató de pedir ayuda pero al abrir la boca se ahogaba. Todo lo que veía era borroso, lo que oía confuso. Apenas era capaz de pensar, más que en una cosa: se estaba muriendo.

Había abandonado la lucha cuando alguien la agarró, y la incorporó.

Tranquila, todo va a salir bien – le susurró una suave voz femenina – vamos a sacarte de aquí.

Ante ella se encontró unos preciosos ojos azules, ocultos en parte por una despeinada melena rubia, que miraban a los suyos, acompañados de una forzada sonrisa. Conocía esos ojos, la chica del puerto. La apoyó de nuevo contra la pared y se quitó la camisa dejando al descubierto la pálida piel de su torso y el sujetador que cubría sus pechos.

– ¡Régis, rápido! – gritó mientras rasgaba la camisa.

Mientras ella la vendaba apareció un hombre a su lado, esbelto, de pelo castaño, que temblaba aterrorizado.

–Ahora vamos a levantarte – le dijo casi susurrándole de nuevo – ¿Estas lista?

Nereida, de manera casi imperceptible, asintió y al momento ambos tiraron de ella hacia arriba, y empezaron a caminar. Intentaba ayudarles, pero apenas era capaz de dotar de fuerza sus piernas. Avanzaban todo lo rápido que podían, parándose a cada contenedor. La chica le mantenía la cabeza agachada siempre que salían al descubierto y no paraba de susurrarle que todo saldría bien. Tenía una voz agradable, tranquilizadora.

A su alrededor continuaban los disparos. La gente se mantenía agachada tras cajones o trataba de pasar de unos a otros. Por todas partes se oía el tintineo de los casquillos cayendo al suelo y el sonido de metal reverberando cuando las balas se aplastaban contra las paredes.

Subieron una rampa que les condujo a un pasillo, mucho más oscuro de lo que estaba la bodega. La tendieron en una camilla. Ella, la chica de ojos azules, de la voz tranquilizadora, desapareció mientras él presionaba su estómago con una pieza de tela y otra silueta pasaba junto a ellos para perderse en uno de los corredores. Fueron solo unos segundos, volvió y le inyectó algo en el brazo, todo a su alrededor empezó a desvanecerse. “Tranquila, todo saldrá bien” fue lo último que escuchó antes de hundirse en la oscuridad.

Seguir leyendo – 4 – VL0900NTC – Alice

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