Carta Estelar – 4 – VL0900NTC – Completo

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Carta Estelar – Índice

4 – VL0900NTC (PDF)

 

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4.1 – Maya

–Son demasiadas naves – se quejó para sí misma Maya – no encontraremos nada si seguimos así.

Walth en ese momento levantó la cabeza de la pantalla que tenía ante sí.

– ¿Qué decías? – le preguntó.

Estaba tan concentrado en lo que hacía que no la había escuchado.

–Esto es como buscar una aguja en un pajar. Hay demasiadas naves ahí fuera como para que encontremos algo buscando una por una.

El simple hecho de haber tenido que irse de casa cuando apenas habían pasado dos días de su llegada ya frustraba lo suficiente a Maya como para encima estar perdiendo el tiempo.

–Tienes razón, no creo que así vayamos a encontrarla – le respondió calmado Walth

Desvió su mirada un momento hacia el pasillo a su derecha antes de continuar.

–Nuestra mejor opción está en la radio – dijo entonces él con cierta resignación – si encontramos algo ahí sabremos donde buscar. Pero hasta entonces debemos seguir intentándolo.

–Es una pérdida de tiempo – se quejó ella antes de volver al trabajo.

La Aurora se encontraba en aquellos momentos volando en círculos alrededor de Ciudad Balcon con Lennox a los mandos. Su objetivo era rastrear el mayor número de naves posibles para localizar la señal que el señor Saunders les había enseñado. Hasta el momento los resultados no eran nada buenos. En los alrededores de la estación se agolpaban entrando y saliendo millones de naves. Desde pequeños esquifes a gigantescas naves de batalla. La mayoría tenían los sistemas de radio y cámaras interiores intervenidas. La mayoría no hacían más que salir para volver a entrar en algún otro lugar de la estación. Pero aun así eran demasiadas. Incluso observando solo las abandonaban la región interior del sistema eran demasiadas. Aquel enorme mundo que giraba sobre la Tierra lo habitaban casi tantas naves como personas. Aunque solo un pequeño porcentaje de ellas eran sospechosas, no podían permitirse dejar ninguna sin revisar. Su objetivo había burlado por completo la seguridad de uno de los lugares más vigilados del sistema, dejándoles sin un rastro que seguir. Solo les quedaba la intuición como guía.

Ni siquiera podían estar seguros de que hubiese partido de Ciudad Balcón. En el tiempo que había estado fuera de seguimiento podría haber saltado a alguna de las estaciones cercanas. Lo más probable es que en Kenta Ílkay, Femke Ílkay y la Nueva Esperanza hubiese otros equipos perdiendo el tiempo igual que ellos. Su esperanza real radicaba en que alguno de los equipos de vigilancia que habían colocado en las naves de largo recorrido viese algo inusual. Entonces sabrían donde apuntar y podrían encontrarla. Hasta entonces no hacían más que dar palos de ciego.

La vigilancia de la radio la llevaba en esos momentos Ethan y la tarea estaba resultando aún más aburrida, pese a sus mayores posibilidades de éxito. Hasta el momento el sistema de detección no había marcado más que media docena de falsas alarmas.

Mientras tanto Alice dividía su tiempo entre la sala de radio y la cabina. Sin dirigirles la palabra, cada cierto tiempo la veían pasar despeinada, siempre algo ruborizada. Nunca había entendido como habían decidido añadir al equipo a una persona con tal falta de disciplina y profesionalidad; a una persona tan conflictiva y volátil. Alice lo veía todo como un juego, y solo colaboraba mientras fuese divertido. La planificación la aburría, la investigación la aburría, y nunca participaba en ello; y ellos hacía mucho tiempo que no intentaban que lo hiciese.

Pero hoy Maya no tenía nada que reprocharle. No encontraba en su actitud nada que ella misma en su situación no hubiese hecho. Hoy envidiaba a Alice y no era la primera vez que le ocurría. Apenas habían pasado unas horas desde que dejó a Roger durmiendo para reunirse con el equipo, y eso era lo único en lo que Maya podía pensar. Por suerte lo que estaba haciendo no requería demasiada concentración: Una vez introducida la frecuencia que buscaban en el ordenador de la nave este hacía la búsqueda casi de forma automática, solo tenía que darle paso entre los distintos cuadrantes. Si aparecía algo el ordenador les avisaría. Mientras tanto no podían hacer otra cosa que esperar. Esperar a que apareciese esa nave que buscaban.

***

4.2 – Nereida

Notaba frío en las manos. Le temblaban, lo mismo que las rodillas. Apenas habían pasado ocho horas desde que Ángelo le colocase una gota de aquella sustancia en cada uno de sus ojos, y su cuerpo ya reclamaba más. Sentada, en la cabina de pasajeros del Georges Philippar, Nereida trataba de no pensar en ello. Las butacas de aquel enorme carguero resultaban más cómodas de lo que había esperado, y de no ser por cómo se encontrada estaba segura de que hubiese podido dormir. La tenue luz proyectada desde el techo hacía que en el cristal de las pequeñas ventanillas, colocadas junto a los asientos, apenas se reflejase el interior. A través de ellas podía verse con bastante claridad.

Al otro lado del cristal millones de estrellas decoraban el oscuro tapiz, formando un irregular mosaico que le costaba dejar de mirar. Los ojos le dolían y la cabeza parecía a punto de estallarle, pero aun así no podía apartar la vista. El firmamento siempre la había fascinado, desde que era una niña y se pasaba noches enteras durmiendo bajo el cielo. Conocía como la palma de su mano todo lo que podía verse desde casi cualquier punto del planeta azul, conocía todo lo que podía verse desde varias de las terrazas de Ciudad Balcón. Desde donde estaba ahora todo le resultaba extraño; veía cosas en las que nunca había reparado. Se sorprendió a si misma pensando de nuevo en Ángelo. Él nunca había entendido que le gustase pasarse tanto tiempo mirando a través del ventanal de su habitación. Nunca lo entendió y nunca se preocupó de intentar entenderlo.

A su lado un hombre rechoncho de avanzada edad ojeaba una revista a la que no prestaba demasiada atención. De cuando en cuando notaba como la miraba de reojo, como llevaba haciendo todo el mundo esa mañana. Desde que había salido a toda prisa del camarote de Ángelo había sido el centro de las miradas de cuantas personas se había cruzado, como si se tratase de algún tipo de atracción de circo.

Se fijó en su casi imperceptible reflejo en el cristal. Con la prisa por llegar antes de que cerrasen la venta de billetes para el viaje se había olvidado del terrible aspecto que tenía. Parecía un cadáver y poco le faltaba para sentirse como tal. Se levantó con algo de dificultad y salió al pasillo buscando el baño. A punto estuvo de caerse sobre su disgustado compañero de butaca, que decidió no ahorrarse calificativos a la hora de quejarse. Se disculpó, aun con ganas de responderle, pero no quería tener problemas. No tal y como se sentía.

Caminó entre los asientos hacia la parte de atrás, donde un pequeño letrero luminoso señalizaba el lugar donde se encontraba. El mundo le daba vueltas, necesitó agarrarse a los asientos para no perder el equilibrio. Sentado a un lado vio a un hombre de gabardina larga, le resultaba familiar aunque no recordaba por qué. Junto a él había una mujer de facciones duras, con una gran cicatriz atravesándole la cara. Y justo tras ellos una mujer rubia, de expresión dulce y ojos azules. La misma que había visto en el puerto y que se había quedado mirándola. Hablaban sobre algo, no pudo escuchar sobre qué. No parecían darse cuenta de que ella estaba allí. Siguió de largo hasta llegar al servicio y una vez allí cerró la puerta.

El baño era un habitáculo minúsculo, agobiante; le recordaba a su departamento en Navin Tikva. Se dejó caer de rodillas en el suelo, estaba a punto de vomitar. Colocó la cabeza sobre el retrete, y se quedó allí durante unos minutos, tosiendo, casi ahogada, sin que nada saliese de su boca. Cuando al fin recuperó el aliento rompió a llorar.

Se levantó, y al verse reflejada en el espejo se dio autentico asco. ¿Qué demonios estaba haciendo? Había sido tan grande su impulso de largarse que en ningún momento se había parado a pensar en que haría al llegar. No tenía dinero ni más ropa que la que llevaba encima. Solo su terminal y lo que llevase en los bolsillos de la chaqueta ¿Qué demonios haría al llegar? Ni siquiera sabía que era lo que iba a buscar. Negó con la cabeza mirándose a los ojos “Acabaré dejándome follar para pagarme el billete de vuelta, eso sí que sé hacerlo”. Tras lavarse la cara con abundante agua, se quedó unos segundos mirando su reflejo. Suspiró profundamente y trató de no pensar en nada. Intentaba tranquilizarse un poco y despejarse la mente. Cerró un momento los ojos y entonces se acordó de la chica del puerto; de cómo la había mirado. Una mezcla entre curiosidad y comprensión, como si al verla hubiese sabido cómo se sentía. Debían ser imaginaciones suyas, pero recordar el momento en que su mirada se había cruzado con la de aquellos ojos azules le reconfortaba. Notaba una extraña calidez en esa mirada, una sensación de paz que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.

Unos segundos después abrió los ojos algo más calmada. Tras lavarse de nuevo la cara reparó en que le temblaban las manos; por un momento se había olvidado de aquello. Buscó en los bolsillos de su chaqueta, tenía que tener algo que meterse en aquel momento. Todo lo que encontró fue un paquete de cigarrillos a punto de acabarse, tendría que servir. Iba a encenderse uno cuando reparó en el detector de humos del techo. “Mierda”.

***

4.3 – Sharp

Danzando con elegancia entre las nubes de gas incandescente, la Aditi se movía oculta entre las estelas de los propulsores del George Philippar. Ajustando en todo momento su movimiento para evitar que ninguna sección de su casco se calentase en exceso, deslizándose lo bastante cerca para engañar a los sensores del enorme carguero. Un viejo truco de los capitanes de submarino del siglo XX que ponía a prueba tanto la destreza de los pilotos como la resistencia de las naves.

Dentro de la cabina a Sharp le sudaban las manos. No era la primera vez que ejecutaba esa maniobra, pero nunca lo había hecho tan cerca de las toberas, ni con la nave en tan malas condiciones. Agarraba con firmeza los mandos ejecutando movimientos casi imperceptibles sin quitarles el ojo de encima a los indicadores de temperatura e integridad del casco. A su derecha, sentado con el respaldo reclinado, se encontraba un relajado John Goodey, que jugueteaba con parsimonia con un pequeño terminal del que salía una maraña de cables que se perdía bajo el panel de sistemas de navegación. Tras ellos Tom Rooke y Anton Van Vuuren esperaban en silencio, temblorosos, contemplando con asombro a través del visor polarizado las enormes toberas que expulsaban hidrógeno incandescente ante ellos.

– ¿Tenemos ya vía libre? – preguntó intranquilo Sharp

Hacía ya un buen rato que había desactivado el sistema de voz de Adi ante el continuo flujo de mensajes de alerta y sugerencias de paso a control automático. Aunque no le gustaba, se trataba de algo que en ocasiones se veía obligado a hacer. Tanta información innecesaria le desconcentraba y casi había conseguido que a su ya aterrado su médico le diese un ataque de pánico. Pese a todo en algo tenía razón la nave, tenían que salir de la corriente de gases cuanto antes.

–Aguanta un poco más – respondió con tranquilidad Goodey – los chicos han hecho su trabajo, en un minuto o dos ese gigante de metal estará totalmente ciego.

–Más vale, no podemos seguir mucho rato aquí dentro – le replicó el piloto, tenso tras pasar su mirada por última vez sobre los sensores de temperatura.

–No te preocupes hombre, nuestra pequeña aguantará, ten fe – terminó con entusiasmo,  dándole una palmada en el hombro.

Durante un último minuto siguieron volando entre la nube de gas mientras varias luces de aviso en el panel de mandos empezaban a parpadear. Aunque las gotas de sudor comenzaban a llenar su frente y se les hacia un nudo en la garganta, Rooke y Van Vuren no podían apartar la vista del indicador de integridad del casco. Su parpadeo rojo sangre resultaba casi hipnótico.

– ¿No sería mejor arriesgarse con el radar del carguero? – Preguntó inquieto el médico – No es que no confié en vosotros, pero la nave lleva un buen rato advirtiéndonos que el casco está a punto de fundirse…

–Tiene razón – continuó Tom – Esto es una gilipollez, vamos a asarnos vivos cuando probablemente ya hayan caído los sistemas de esa nave.

Sharp inspiró para responder, pero Goodey se le adelantó, haciendo evidente su enfado por la interrupción.

–Lo que tenemos que aguantar… Tom, eres idiota. Ni han caído los sistemas aun –levantó la pequeña terminal enseñándole la pantalla por encima de su cabeza – ni hay posibilidades reales de que muramos asados. En tal caso perderíamos la estela cuando los motores direccionales empezasen a fallar y probablemente moriríamos congelados en el espacio.

Aquello no los calmó lo más mínimo, aunque John nunca había pretendido hacerlo.

–Y tú, Anton, ¿Qué mierda te pasa? Te he visto operar, y pareces capaz de mantener la calma… al menos la suficiente para no matar a los pacientes. Deja de lloriquear como un niño pequeño.

–Eh… no es lo mismo…–trató de decir el médico.

Con un repentino movimiento Goodey se inclinó hacia delante en su asiento mientras levantaba una mano haciendo un gesto sus compañeros se callasen.

–Ahora – le indicó a Sharp – prepárate para moverte por debajo hacia la puerta de embarque de estribor. Tenemos vía libre en tres… dos…

No necesitó terminar la frase. Un estridente sonido triunfal emitido por su terminal indicaba la desconexión de los sistemas de seguridad del carguero. Sin esperar ni un instante la Aditi se apartó de la estela de la otra nave y se colocó bajo su casco. Poco a poco avanzó hasta colocarse junto a la compuerta y acoplarse a esta.

–Bien chicos, en un minuto la exclusa estará presurizada y podremos entrar y robar – exclamó con entusiasmo Goodey – ¡Hurra!

En la bodega de la nave aguardaban el capitán Duke, Ida, Meira y Régis.

– ¿Qué le había dicho capitán? Fácil como robarle un caramelo a un niño – saludó Goodey mientras cruzaba la compuerta.

Tras él aparecieron Sharp y Van Vuuren, mientras Rooke esperaba dentro preparado para hacer despegar el caza en caso de que fuese necesario. Lo primero en lo que Goodey se fijó fue en la chica rubia que esperaba apoyada en un gran cofre metálico.

–Vaya vaya ¿Se trata de nuestra anfitriona? ¿Por qué nadie me dijo que íbamos a alojar una belleza así en nuestro montón de chatarra? Habría conseguido una nave nueva… ¡y mucho más elegante! – dijo acercándose a ella y besándole la mano– Mi nombre es John Goodey, señorita…

–No va a subir a la nave – le interrumpió Ida –lo último que necesitamos es que nos relacionen con esto porque falte alguien en la lista de pasajeros.

– ¡Oh! Tú siempre estropeándolo todo – se quejó el ingeniero antes de volverse de nuevo hacia Meira – Aunque siempre quedará tiempo para que le dé una vuelta por el sistema en mi montón de chatarra ¿Ha visto amanecer sobre los anillos de Saturno? Impresiona hasta a los que ya lo conocemos.

–Goodey, basta – le cortó ahora Alan– Tenemos trabajo. Buscad la lista de inventario, debería haber una en aquel panel – dijo señalando hacia un rectángulo en una de las paredes – y… ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que se den cuenta de que algo no cuadra? – preguntó dirigiéndose a Goodey una vez más.

–Yo diría que una hora antes de que se den cuenta de que algo le pasa al radar… – explicó mientras miraba al techo llevándose la mano a la barbilla – Y como una hora y media para que se den cuenta de que estamos aquí.

–Bien, quiero la compra hecha en veinte minutos ¿Me habéis oído? – ordenaba Duke – Veinte minutos. Dentro de veinticinco tenemos que estar nosotros de vuelta en nuestros asientos y vosotros lejos de aquí.

Sin poner objeciones se pusieron manos a la obra. Goodey localizó el inventario mientras Anton, Ida, Sharp y el capitán cargaban los paquetes que Meira iba indicando, ayudados por los carros hidráulicos que descansaban entre los contenedores. Régis mientras tanto esperaba apoyado en la pared de brazos cruzados, ansioso porque aquello terminase.

En el tiempo planeado tenían listos a bordo de la Aditi toda la lista de contenedores que habían marcado. Era hora de devolver a su sitio los carritos y marcharse. Recolocaron algunos de los muchos paquetes que seguirían descansando en la inmensa bodega para que a simple vista no fuese fácil percatarse de las ausencias y se dispusieron a abandonar la bodega.

–Recordad – les decía a su tripulación Alan antes de que subiesen a la nave – nos encontraremos en el puerto de siempre a las afueras de…

De pronto un sonido a su espalda le interrumpió. Una de las compuertas interiores que llevaban a los pasillos de mantenimiento se abrió en un lateral de la sala y diez hombres armados y vestidos con corazas oscuras irrumpieron en la bodega.

– ¡Quietos! – Les gritó uno de ellos – ¡Que nadie de ni un paso o abriremos fuego!

***

4.4 – Nereida

Hacía tanto tiempo desde su último viaje que había olvidado lo estrictas que eran las normas con respecto al aire. No es que en las estaciones esas regulaciones no existiesen, pero en estos últimos años en Navin Tikva nunca había visto que nadie tratase de que se cumpliesen. De encontrarse aun allí no habría tenido ningún problema para fumarse aquel mísero cigarrillo, pero aquí esa simple y cotidiana acción estaba resultando una auténtica odisea. Mirase donde mirase solo veía cámaras de seguridad y sensores de diversos tipos, listos para saltar ante cualquier irregularidad. Lo más razonable habría sido volver a la cabina de pasaje y olvidarlo, pero aquello era lo último que quería hacer. Comenzó a deambular por los pasillos del carguero, sin una dirección en mente ni un objetivo. Caminaba alejándose cada vez más de la cabina que le habían asignado.

La sección acondicionada para el pasaje de aquel carguero resultaba mucho más extensa de lo que uno podría esperar. Por momentos daba la estación de seguir en una estación espacial. El aspecto interior resultaba muy similar al de los abarrotados distritos de apartamentos de la ciudad que acababa de abandonar. Hasta la cantidad de gente parecía similar. En aquella nave debía de haber miles de personas huyendo de las regiones centrales en busca de una segunda oportunidad o en busca de fortuna. La mayoría ya se encontraban allí cuando el carguero se detuvo en Navin Tikva. Debía haber pasado por un buen puñado de puertos antes de decidirse a abandonar Ciudad Balcón desde su ciudad.

Caminando por sus abarrotados pasillos notaba como mucha gente la miraba. Al igual que cuando lo hacía por las calles de su ciudad era el centro de atención. Sabía que su aspecto en estos momentos no ayudaba a pasar desapercibida, pero eso no hacía que le gustase más. Aceleró el paso con la mirada gacha para no cruzarla con la de nadie. Necesitaba alejarse de la multitud cuanto antes.

Unos minutos después se encontraba en un pasillo de mantenimiento. Nadie la había detenido al abandonar la sección de pasaje. Caminaba con tranquilidad, disfrutando de la soledad. Escuchando el leve zumbido de los sistemas de soporte vital y el lejano ronroneo de los motores. Las naves siempre se le habían dado mucho mejor que las personas, su padre la había enseñado bien. Con solo poner el oído en un mamparo cercano al núcleo motriz era capaz de reconocer el modelo de impulsor que utilizaba una nave de gran tamaño. Podía hacerle un diagnostico solo escuchando la vibración del mismo. Continuó avanzando despacio, rozando en ocasiones las paredes con la punta de los dedos, cerrando los ojos para solo escuchar, casi olvidándose de cómo se encontraba. Hacía tanto tiempo desde su último viaje que había olvidado lo que era estar en una nave.

Cuando llegó hasta un plano del nivel donde se encontraba buscó el camino a la sala de máquinas. De pequeña le encantaba visitarlas, siempre lo hacía. En ocasiones llegaba a pasarse viajes enteros sin salir de allí. Recordar aquello la hizo sonreír, quizá debería ir. Con un poco de suerte la dejarían entrar. Estaba algo lejos pero tiempo en ese momento era algo que le sobraba. Justo al otro lado de las bodegas.

Unos minutos después se encontraba frente a una compuerta que daba a la bodega principal. Estar a punto de visitar la sala de máquinas le había levantado el ánimo, era casi como en los viejos tiempos. Tendría que haber viajado más a menudo. Accionó el interruptor que había al lado de la puerta haciendo que esta desapareciese en una ranura en la pared a su izquierda, cuando de pronto sonó un fuerte estruendo, sintió un empujón hacia atrás y un fuerte pinchazo sobre la base del estómago. Ante ella varias personas esperaban con las manos en alto o cubiertos tras contenedores, mientras un grupo de hombres armados y vestidos con corazas les apuntaban. Durante un segundo todos se quedaron estáticos mirándola, parecía que todo se hubiese parado. Bajó la cabeza solo para ver la extensa mancha que ya se había formado en su camiseta y el pequeño charco color carmesí que se estaba formando a sus pies. Todo el torso le ardía, le faltaba el aire. Llevó sus temblorosas manos a la herida, antes de levantar la vista una última vez y desplomarse de rodillas.

Aun antes de que su piel notase el frio del suelo metálico, el sonido de disparos empezó a saturarle los canales auditivos. Lo que ahora eran siluetas borrosas empezaban a moverse de un lado para otro.

Tirada en el suelo sobre su propia sangre creyó escuchar gritos, no podría decirlo a ciencia cierta. Trató de arrastrarse tras un contenedor, pero lo único que consiguió fue perder el apoyo que tenía en la pared. Trató de taponar la herida, pero el intenso dolor que sentía en la espalda le indicaba que era inútil. Trató de pedir ayuda pero al abrir la boca se ahogaba. Todo lo que veía era borroso, lo que oía confuso. Apenas era capaz de pensar, más que en una cosa: se estaba muriendo.

Había abandonado la lucha cuando alguien la agarró, y la incorporó.

–Tranquila, todo va a salir bien – le susurró una suave voz femenina – vamos a sacarte de aquí.

Ante ella se encontró unos preciosos ojos azules, ocultos en parte por una despeinada melena rubia, que miraban a los suyos, acompañados de una forzada sonrisa. Conocía esos ojos, la chica del puerto. La apoyó de nuevo contra la pared y se quitó la camisa dejando al descubierto la pálida piel de su torso y el sujetador que cubría sus pechos.

– ¡Régis, rápido! – gritó mientras rasgaba la camisa.

Mientras ella la vendaba apareció un hombre a su lado, esbelto, de pelo castaño, que temblaba aterrorizado.

–Ahora vamos a levantarte – le dijo casi susurrándole de nuevo – ¿Estas lista?

Nereida, de manera casi imperceptible, asintió y al momento ambos tiraron de ella hacia arriba, y empezaron a caminar. Intentaba ayudarles, pero apenas era capaz de dotar de fuerza sus piernas. Avanzaban todo lo rápido que podían, parándose a cada contenedor. La chica le mantenía la cabeza agachada siempre que salían al descubierto y no paraba de susurrarle que todo saldría bien. Tenía una voz agradable, tranquilizadora.

A su alrededor continuaban los disparos. La gente se mantenía agachada tras cajones o trataba de pasar de unos a otros. Por todas partes se oía el tintineo de los casquillos cayendo al suelo y el sonido de metal reverberando cuando las balas se aplastaban contra las paredes.

Subieron una rampa que les condujo a un pasillo, mucho más oscuro de lo que estaba la bodega. La tendieron en una camilla. Ella, la chica de ojos azules, de la voz tranquilizadora, desapareció mientras él presionaba su estómago con una pieza de tela y otra silueta pasaba junto a ellos para perderse en uno de los corredores. Fueron solo unos segundos, volvió y le inyectó algo en el brazo, todo a su alrededor empezó a desvanecerse. “Tranquila, todo saldrá bien” fue lo último que escuchó antes de hundirse en la oscuridad.

***

4.5 – Alice

En la sala de comunicaciones de la Aurora, Ethan esperaba dormido en la butaca, rodeado de paneles. Sobre su regazo estaba sentada Alice, apoyando su cuerpo sobre el de él, con la cabeza descansando sobre su hombro derecho y jugueteando con su corto cabello negro. Cuando se despertase la iba a matar por haberle dejado dormirse, pero no le importaba. Llevaban así varios minutos, sin apenas moverse, en silencio. Ella, pese a estar despierta, mantenía los ojos cerrados, concentrada en escuchar su respiración. Despacio bajó su mano derecha y le desabrochó los primeros botones de la camisa. Colocó la mano sobre su pecho y se detuvo escuchando el latir de su corazón.

Durante todo el tiempo que había pasado desde la última vez que trabajaron juntos, había echado de menos eso. Durante muchos meses les habían tenido dando vueltas por el sistema, separados, siempre a cientos de miles de kilómetros de distancia. Alice adoraba su trabajo, pero en ocasiones seguía fantaseando con volver a su anterior vida, si ellos la acompañasen no dudaría un instante. Viajarían solos, libres, siempre juntos, sin volver a acatar las órdenes ni las reglas de nadie.

Abrió un momento los ojos y levantó la cabeza para besarle. Entonces se dio cuenta de que en uno de los indicadores que había tras ellos parpadeaba. Sin levantar el tono de voz ordenó a la Aurora dar paso a la comunicación a través de su terminal portátil. No quería despertarle para otra falsa alarma. Pero cuando empezó a escuchar la frecuencia de los hombres de la Compañía Jade en la bodega del Georges Philippar supo que esta vez era diferente.

De un salto se puso en pie, despertando sobresaltado a Ethan, y empezó a caminar hacia la sala de operaciones. Avanzando con rapidez a través del pasillo de la nave, verificaba los datos de la señal que había obtenido para poder dar las indicaciones con precisión en cuanto se encontrase con Maya y Walth.

– ¡Señores – dijo entrando triunfal en la estancia – tenemos algo! Tiroteo en las bodegas de un carguero que abandona los planetas interiores.

Ambos la miraron sorprendidos.

– ¿Un tiroteo? – Dijo Walth extrañado – No es su estilo…

Haciéndole un gesto, Alice le mandó callar, al tiempo que se colocaba justo detrás de Maya y la rodeaba con los brazos a la altura de los hombros.

–Navin Tikva–Ceres, nueve de la mañana, de la Verbind Lumi, las coordenadas están fijadas – le susurró al oído – tengo una corazonada.

Maya detestaba que hiciese esas cosas, la ponía de los nervios y Alice lo sabía. La verdad es que casi todo en Alice la ponía nerviosa, pero en ese momento ni por un momento reparó en ello. Sin perder tiempo introdujo los datos que le había dado y casi al instante en la pantalla apareció un mensaje que rezaba Coincidencia de Señal.Todos se quedaron parados un momento mientras Ethan entraba allí aun adormilado, sin saber que estaba pasando.

–Os lo dije, ¿Soy genial o no? – dijo pletórica Alice mientras le daba un fuerte beso en la mejilla a Maya.

Entonces se incorporó de nuevo y se dirigió al recién llegado.

–La tenemos – dijo sonriendo mientras se le colgaba del cuello para darle un suave beso en los labios

Mientras salía de allí en dirección a la cabina, en busca de Lennox, Walther observaba el panel con preocupación.

–Maya – le dijo llevándose la mano a la barbilla – conéctanos con las cámaras de seguridad del carguero, quiero ver ese tiroteo.

Con rapidez comenzó a escribir y uno tras otro empezaron a aparecer rectángulos que mostraban la imagen en calma de las entrañas del carguero.

–Qué demonios… – se sorprendió Maya

Walther bajo un instante la mirada mientras se frotaba los ojos.

–Han intervenido las cámaras – dijo con tranquilidad – deben estar asaltando el carguero. ¿A quién tenemos cerca?

–Tenemos… – dijo Maya tras desplegar ante ella las diferentes listas de naves destinadas en esos momentos – una patrullera, la Atalanta. Podría en ese cuadrante en un par de minutos.

–Mándala, pero que tengan claro que los queremos vivos – puntualizó Walth – puede que ella ahora esté en su nave.

En pocos segundos Maya había transmitido la orden a la patrullera que sin dilación fijó rumbo de intercepción sobre el carguero.

***

4.6 – Alan

Lo único que se escuchaba era el ensordecedor sonido de los disparos. Las balas volaban de un lado a otro sin descanso mientras, cubierto tras un contenedor, Alan Duke trataba de pensar. Aquello cada vez se parecía menos al trabajo fácil que habían planeado. Junto a él, pegada al borde del contenedor, Ida devolvía los disparos de los mercenarios. Disparaba ráfagas cortas, apenas asomándose, con el único objetivo de mantenerlos a raya. A pocos metros de distancia, Sharp, cubierto tras un cajón de poco más de un metro de altura, trataba de cubrirse mientras acompañaba el fuego de Ida. Junto a él, acurrucado contra la caja, Anton temblaba al borde de un ataque de pánico. En esos momentos no podía ver a Goodey, aunque suponía que se encontraría poniendo la nave en marcha. Instantes antes había llegado hasta la trampilla mientras cubría a Meira, Régis y a aquella pobre chica.

– ¡Ida, cúbreme! –Ordenó el capitán – ¡voy a cruzar hasta Sharp!

Necesitaba hablar con él y en medio del tiroteo no iba a oírle como no se acercase. Ella asintió con la cabeza y justo en el momento en que él salía corriendo agachado, empezó a disparar. Desde su cobertura Sharp pareció darse cuenta de la maniobra y la acompañó con varios disparos, manteniendo durante unos segundos ocultos a los mercenarios. Deslizándose sobre el último par de metros de suelo metálico Alan alcanzó su posición justo a tiempo para evitar el fuego de las armas enemigas.

– ¡Sharp, te quiero en la nave cagando leches! – Le gritó sujetándole del hombro – ¡Quiero que estemos fuera de aquí en dos minutos!

– ¡¿Dos minutos?! Imposible – Negó el piloto – La exclusa presurizada de este cacharro tarda más en cerrarse.

– ¡Es que no vamos a cerrarla! – Continuó el capitán dibujando una sonrisa en su rostro – Cerraremos nuestra nave y arrancaremos la compuerta de esta si hace falta.

– ¿Cómo en la fuga en Ione hace cinco años? – preguntó perplejo

–Exacto, igual que en Ione – contestó con firmeza.

– ¡Entonces casi perdemos la nave! – Se quejó – ¡Capitán, la Aditi no lo resistirá!

–Sharp, necesito que lo hagas… – se detuvo un instante dándole vueltas a una idea – Espera… ¡Pon en marcha los motores y haz que Goodey active las alarmas de descompresión! Si se tragan el farol no necesitaremos arrancar nada.

Sharp asintió preparándose para correr hacia allí, pero por un momento se paró.

–Tranquilo, yo me encargo de Anton – le indicó – ¡A la de tres, corre!

El piloto asintió de nuevo mientras el capitán Duke le hacía gestos a Ida. Salir de la nave sin activar la comunicación rápida a través de sus terminales había sido un tremendo descuido, no creía que fuese a repetir algo así ni para ir a emborracharse. Cuando hizo la señal ambos empezaron a disparar, mientras Sharp corría hacia la nave tratando de aprovechar los contenedores que había en su camino para ocultarse de los disparos de los mercenarios. Tras él, el capitán corrió arrastrando a su aterrorizado medico hasta colocarse junto a Ida.

–Bien, este es el plan – comenzó – Sharp arranca la nave, las alarmas de descompresión empiezan a sonar y cuando dejen de dispararnos corremos hacia la nave ¿De acuerdo?

–Capitán… ¿Y si no dejan de dispararnos?

–Entonces recurriremos a la fuga de Ione – contestó el.

– ¿Habla en serio? – Preguntó estupefacta al tiempo que disparaba – ¡Aquella vez casi perdemos la nave!

–Ya me doy cuenta de que todos tenéis muy buena memoria, por eso ahora es el Plan B

–Espero por nuestro bien que se traguen el farol… – terminó ella.

Durante un minuto continuaron los disparos, mientras los mercenarios avanzaban posiciones tratando de rodearlos. Pero de pronto, por encima del ruido de las armas, una estruendosa alarma comenzó a sonar y una intermitente luz tiñó de rojo la bodega. Los mercenarios parecieron dudar, pero apenas unos instantes después uno de ellos ordenó su retirada. Sin perder un segundo el capitán e Ida, arrastrando al médico, entraron en la nave y sellaron la exclusa presurizada. En el tiempo en que tardarían en darse cuenta de que la alarma era un farol, ya se habrían ido.

Alan se dirigió a la cabina mientras su lugarteniente llevaba a Anton a la sala médica, si aquella chica que había entrado antes seguía viva le haría falta una intervención urgente. Al llegar, para su sorpresa, se encontró a Goodey solo.

– ¿Y Sharp? – preguntó apoyándose sobre el respaldo de la butaca del piloto

–Está en la enfermería – contestó Patrick, ocupado tecleando sobre el panel virtual – ayudando a la jefa con la chica herida.

Mientras hablaba la nave se separó despacio del casco del gran carguero y comenzó a alejarse.

–No tiene buena pinta – continuó el mecánico – pero al parecer esa chica que nos ha contratado es doctora. Más vale que sea mejor que el nuestro.

–De acuerdo, de acuerdo… – suspiró – ¿Puedes sacarnos de aquí? A espacio vacío – le ordenó – después ya pensaremos que hacer.

–Me ofendes capi – contestó mientras Alan se alejaba – puedo hacer volar este juguete con los ojos cerrados.

Estaba a punto de abandonar la cabina cuando una suave voz femenina comenzó a hablar.

–Nave detectada a dos cuadrantes de distancia con rumbo de intercepción – informóAdi – identificada como SRP Atalanta. Estará aquí en noventa segundos.

De un salto el capitán se dio la vuelta y, sentándose en la butaca del navegante, comprobó los datos que la nave proporcionaba. La patrullera se acercaba a gran velocidad, con su rumbo de intercepción sobre ellos. Pocos segundos después recibían una transmisión, aun no les habían identificado. Aun había algo de esperanza.