Carta Estelar – 5 – A ciegas – Meira

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5.3 – Meira

carta_estelar_miniAl otro extremo de la nave una de las estancias había sido acondicionada a modo de quirófano. Una vez entraron en la Aditi, Meira y Régis lo primero que hicieron fue, guiados por Sharp que había entrado apenas un minuto tras ellos, llevar allí a aquella chica, ahora sedada, que se desangraba sobre la camilla. A toda velocidad empujaron la camilla a través de la sala principal con forma de circunferencia hasta el pasillo que daba a los camarotes, y allí hasta cruzar el último umbral de la hilera de compuertas.

Dentro había un pequeño armarito con instrumental, una endeble mesa de operaciones soldada al suelo y algo de anticuado equipo médico. Sobre la camilla, en el techo, se situaba un sistema de esterilización portátil, habitual en los hospitales de primera línea de guerra. Aquello era lo más parecido a la sala de operaciones de un hospital de campaña que ella había llegado a ver. Sin apenas tiempo para fijarse en el material disponible colocaron el cuerpo inconsciente de la chica sobre la mesa de operaciones. Mientras Sharp la amarraba a la mesa, Nereida le colocaba las sondas, y en cuestión de segundos una serie de gráficas e indicadores sonoros empezaron a mostrar sus constantes vitales.

–Mierda, todo este equipo estaba obsoleto hace décadas… – se quejó histérica Meira

–Conténtate con que haya algo –la cortó Sharp– la mayoría de las naves de este tamaño no pasan de una enfermería.

– ¿Dónde está el Plasma R? – preguntó mientras localizaba con la mirada los distintos armarios.

–No tenemos…

– ¡¿Qué no tenéis?! – Exclamó incrédula – ¿Cómo demonios salís de puerto sin Plasma R?

–No podemos permitírnoslo – explicó el piloto – Pensábamos reaprovisionarnos con este trabajo.

–Está bien, está bien… – le temblaban las manos – ¡¿Dónde demonios está vuestro medico?!

Sharp la agarró por los hombros y la apartó de la mesa de operaciones.

–Tranquilízate niña, llegará. Hoy no va a morir nadie aquí dentro.

Apenas había terminado de decir la frase cuando Anton apareció, sudoroso, corriendo por el pasillo. Entró en el camarote y sin perder tiempo se puso manos a la obra.

–Necesito un ayudante – dijo mientras se lavaba antes de empezar – ¿Ella sabe de medicina, no?

–Soy interna de cirugía…– empezó a decir Meira, pero Sharp la detuvo antes de que pudiese completar la frase.

–Estás demasiado alterada. Siéntate y tranquilízate ¿Dónde está Ida?

–Asegurando la carga – contestó el médico – Parece  que vamos a tener un viaje movido.

–Fantástico… – suspiró el piloto – Pues me tienes a mí.

Anton se paró un segundo, levantó la cabeza y le hizo un gesto de que se acercase.

–Bien, si es lo que hay tendrá que servir. Lávate y empezamos.

Mientras ambos se ponían manos a la obra, Meira solo apartaba la mirada de la mesa para asegurarse de que las constantes vitales de aquella chica siguiesen siendo estables. Se fijó en las manos del médico, algo dubitativas, aunque precisas. Parecía que sabía lo que hacía. Tenían que cortar las hemorragias y cerrar esa herida pronto, o no lo contaría.

 – ¡Fuera de aquí! – La sobresaltó entonces el médico – Lo último que necesito…

 –Tiene razón – le interrumpió Sharp – será mejor que esperes fuera. Siéntate y trata de calmarte.

De mala gana salió al pasillo, donde ya esperaba Régis, y se sentó en el suelo apoyando la espalda en la pared. Se suponía que todo iba a salir bien. Un pequeño robo sobre un cargamento que a nadie le importaba. Tenía que ser fácil. No tenía que haber disparos ni heridos… Nadie tenía que morir por su culpa.

–Mierda… –suspiró– Esto no está bien…

– ¡Por supuesto que no está bien! – Exclamó su compañero – ¡No deberíamos estar aquí!

–Rég cállate, no eres tú el que está a punto de morir.

– ¿No? ¿Seguro? Que no me hayan herido aun no significa que vaya a morir en esta chatarra.

–Rég, por favor… no es el momento.

– ¿Qué no es el momento? –Continuó alterado – ¡Despierta! He oído que nos persigue una patrullera… no sé por qué te seguí la corriente con esto… Todo ha sido una locura.

– ¡Quieres dejarlo de una vez! – gritó levantándose y empujándolo – ¡Piensa por una vez en algo más que en ti mismo! ¡Hay una persona a punto de morir… y ni siquiera sabe por qué! ¡Es culpa nuestra!

Durante unos segundos se quedó parado frente a ella, mirándole con frialdad a los ojos, antes de contestar.

–No Meira… es culpa tuya.

Ella apartó la vista, buscando frenética un lugar sobre el que posarla, que no aparecía, al tiempo que su piel palidecía.  Retrocedió un par de pasos haciendo gestos de negación, mientras él se daba la vuelta y se alejaba. Volvió a sentarse en el suelo rompiendo a llorar.

De pronto una voz retumbó a través de todos los altavoces de comunicación de la nave “¡¡Sharp, donde demonios estas!! ¡Te necesito en la cabina hace dos minutos!”. Al instante el piloto salió por la puerta, muy acelerado, y se paró justo junto a ella.

–Vamos, niña, levántate – dijo agarrándola del brazo y tirando de ella – Necesito que te tranquilices y te pongas a trabajar. Anton va a salvar a esa chica, pero necesita tu ayuda – le indicó secándole las lágrimas – ¿Entiendes? ¿Podrás hacerlo?

–Si… creo que si – respondió entre sollozos

–Pues entra ahí ahora y demuéstralo. Yo tengo que salvar esta nave.

Antes ella pudiese darse cuenta Sharp se había ido corriendo hasta el otro extremo del pasillo. Meira respiró hondo un par de veces y entró de nuevo en el improvisado quirófano.

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