Carta Estelar – 5 – A ciegas – Meira

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5.7 – Meira

carta_estelar_miniEl nerviosismo de Anton no había dejado de aumentar desde el momento en que Sharp había abandonado el camarote médico. Que el capitán le hubiese llamado con tanta urgencia significaba que había problemas graves. En condiciones normales tanto Alan como Goodey podían pilotar la nave. Estaba claro que las cosas iban mal. Al otro lado de la mesa de operaciones Meira, con los lagrimales aun desbordados, mantenía mejor la compostura mientras trataba de calmar al doctor.

Habían conseguido cerrar las hemorragias principales, y  el proyectil  milagrosamente no había alcanzado ningún órgano vital a lo largo de su trayectoria. Pero las constantes vitales seguían bajando y la sangre no dejaba de manar. Algo se les estaba escapando. En un quirófano completo de las urgencias de cualquier hospital, detectarla sería cuestión de segundos, pero ahora mismo solo contaban con sus ojos. Si tan solo tuviesen una dosis de Plasma R…

De pronto los pitidos provenientes del anticuado electrocardiógrafo de la pared se volvieron más estridentes y aumentaron su frecuencia. Anton levantó la cabeza y se quedó mirando fijamente la pantalla.

–Mierda… – susurró para sí – mierda… la perdemos…

–Tranquilícese, aún queda tiempo. Necesito que se concentre en encontrar esa hemorragia que se nos escapa, es lo único que falta. – Meira trató de que se centrase.

Volvió a bajar la mirada en busca del vaso sanguíneo roto, las manos le temblaban cada vez más.

–Tienes razón… tienes razón… ponle una vía extra.

Mientras Meira se agachaba en busca de una nueva bolsa de plasma sintió una fuerte sacudida que hizo que se golpease contra el pequeño armario que acababa de cerrar. Al levantarse vio que Anton había mantenido el equilibrio, pero estaba al borde de un ataque de pánico.

– ¡¿Que mierda acaba de pasar?! – Oyeron entonces la voz del capitán a través del canal de comunicación – ¿Nos han dado? ¿Alguien ha visto algo? Los sistemas no indican nada.

– ¡Tranquilo capitán! – Respondió Goodey al instante –Culpa mía, un ligero error con la reprogramación, no volverá a ocurrir.

La frente de Anton se cubrió repentinamente de gotas de sudor, su piel palideció y se quedó inmóvil como una estatua.

–Doctor ¿Qué ocurre? – Preguntó Meira inquieta – ¿está usted bien?

–No… No puedo… – mascullaba el médico.

–Mierda… ¡No! –Le gritó ella – Tranquilícese ¡no puede abandonar ahora!

–No puedo… – comenzó a sollozar Anton mientras se apartaba de la mesa de operaciones.

Meira se quedó helada al verlo, aquello no podía estar pasando. Levantó la cabeza hacia los monitores; la estaban perdiendo. Respiró profundamente, y tras un instante de vacilación comenzó se apartó de la mesa y se dirigió hacia el médico.

– ¡Ni se te ocurra derrumbarte ahora! – Le empujó contra la pared – Vas a volver ahora mismo ahí – señalaba a la mesa de operaciones – y a mantenerla viva hasta que vuelva; haz lo que sea necesario ¡¿Entendido?!

–S…ssssi… – balbuceó

–Solo necesito unos minutos, nada más…

Sin terminar la frase salió a grandes zancadas y comenzó a recorrer el pasillo en dirección a la bodega. En la lista que les había proporcionado había Plasma R suficiente para todo un regimiento, no debería tener problemas para encontrar una dosis. ¿Por qué demonios no lo había pensado antes?. En pocos segundos llegó a la sala común, donde Régis esperaba sentado apoyado sobre la mesa. Al verla se volvió hacia ella tratando de hablarle.

– ¡Ni se te ocurra ahora! – le interrumpió negando violentamente con el brazo.

Sin detenerse se dirigió a la escalerilla de babor que daba a la bodega. Abajo Ida terminaba de asegurar los últimos contenedores. Al verla levantó la cabeza.

– ¿Qué haces aquí? –Preguntó, su preocupación era evidente- ¿Cómo está la chica?

–Se muere – respondió cortante – ¿Tienes la lista de carga? Necesito una dosis de Plasma R.

– ¿Plasma R? –Se quedó un momento pensativa – ¡Por aquí! No necesito la lista, recuerdo donde estaba.

Meira avanzó hasta el contenedor que le indicaba, introdujo la clave que ella misma había obtenido días antes, y este se abrió mostrando una innumerable cantidad de tubos cilíndricos, de apenas un palmo de longitud y un par de centímetros de anchura. Cogió uno de ellos y presionó con fuerza la marca blanca que había en uno de sus extremos. Repentinamente del interior del tubo apareció una finísima aguja en el otro extremo.

–Bien…– suspiró aliviada – funcionan.

Volvió a buscar dentro del contenedor, haciéndose con otro par de dosis, y salió corriendo de vuelta a la enfermería. Esperaba llegar a tiempo.

Tan rápido como le permitieron las piernas recorrió el camino que antes había hecho, hasta cruzar el umbral de la improvisada sala de operaciones. Anton seguía trabajando junto a la mesa de operaciones, las constantes vitales eran malas pero aún seguía viva.

– ¿Eso es Plasma R? Colócale una vía… – se giró Anton al verla, parecía más calmado

–No tenemos tiempo, voy a inyectárselo directamente en el corazón – respondió con seguridad

– ¿Estás segura? – preguntó mirándola a los ojos, no necesitó que ella respondiese – De acuerdo…

 Meira se colocó frente a la mesa de operaciones y se inclinó ligeramente sobre la chica. En su mano ahora solo había un pequeño cilindro, que colocó sobre la posición del corazón. Inspiró profundamente y se dispuso a apretar la marca blanca visible en la parte superior del aplicador.

–Bueno, parece que ahora te toca a ti – se dijo haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban – más te vale no cagarla.

Seguir leyendo – 5 – A ciegas – Alan (II)

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