Carta Estelar – 5 – A Ciegas (Completo)

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5 – A Ciegas (PDF)

carta_estelar_mini5.1 – Jarek

El Capitán Jarek Alinari no se encontraba nada contento. Apenas había podido dormir un par de horas cuando una llamada urgente le despertó. El mismísimo Almirante Mikheil Reynders, su superior en el desastre de Lubartów, durante la última guerra con los Mundos Periféricos. Parecía que nunca iba a poder escapar de aquello.  Mientras se vestía dio paso a la llamada a través del terminal de su camarote. Ante el apareció proyectada la figura de un hombre, de mediana edad, pelo rapado y un uniforme plagado de galones.

– ¿Qué hay, viejo amigo? – Le saludó el Almirante – No tienes buen aspecto.

–Eso es porque me acabas de joder un sueño cojonudo – respondió malhumorado Jarek – ¿Qué es tan importante para que no puedas hablar con mi primer oficial, Mik?

Reynders suspiró un instante antes de seguir.

–Se trata de un abordaje, a un carguero, sois la nave más cercana…

– ¡Por dios Reynders! –le interrumpió – ¿Hablas en serio? ¿Piratas? ¿Me despiertas para eso?

El almirante se rio entre dientes.

–Sabes que si fuese solo eso seguirías durmiendo. No es un robo cualquiera. En ese carguero hay un objeto extraviado, necesitamos recuperarlo y sospechamos que es el objetivo del robo.

– ¿De qué clase de objeto estamos hablando Mik? – le interrogó el capitán Alinari.

–Es alto secreto. Y créeme, prefieres no saberlo – su voz denotaba preocupación– Simplemente detén el robo y aborda el carguero para registrarlo, ya le hemos enviado instrucciones.

– ¿Cómo sé que estoy buscando?

–Te estoy enviando ahora mismo la información que necesitas para identificarlo. En media hora tendrás allí a un equipo especial para todo lo demás.

–Supongo que no puedes asegurarme que vuestro objeto siga en el carguero ¿verdad?

–No, no puedo – contestó con un ligero tono de resignación.

–Entonces tendré que ser muy cuidadoso en la persecución.

– ¡Más te vale! – Exclamó exaltándose – Esto viene del propio secretario de defensa. No te lo tomes a broma Jarek, vale más que cualquier nave de nuestra flota.

–No te preocupes – le contestó con algo de sorna – Pero recuerda que no he sido yo quien lo ha perdido.

Cortó la comunicación sin darle tiempo a contestar y abandonó su camarote. Al otro lado de la puerta le esperaba su asistente personal, Lóránt Stenger,  sosteniendo un café y una tablilla con una pantalla donde fluían datos sin parar. El Capitán Alinari cogió la taza de café y empezó a caminar en dirección al puente de mando.

–Guarda eso, sabes que lo detesto – apartó de si la tablilla – ¿Cómo está la situación?

–Ha sido imposible contactar con la nave no identificada, acaban de despegarse del carguero  pero apenas han ganado velocidad. Si todo va bien les interceptaremos en pocos minutos.

Apenas unos segundos después entraron en el puente de mando. Una sala elíptica de casi veinte metros de longitud con las paredes cubiertas por pantallas mostrando imágenes y mediciones de todo tipo. Un buen número de personas, sentados, tecleaban sin parar en los paneles que se proyectaban a pie de las pantallas y en el centro de la sala esperaba, vacía, una butaca elevada con un cuadro de mandos holográfico ante ella. Justo tras cruzar el umbral le saludó su primer oficial, el joven Paride Böhmer, recién salido de la academia.

–Bien, oficial Böhmer – comenzó Jarek mientras se sentaba – Informe de la situación.

Paride tragó saliva un instante, después se cuadró y empezó a hablar. En general era un chico locuaz, pero siempre se empequeñecía ante el capitán.

–No hemos podido hacer contacto, todas las balizas están desconectadas. La nave es una Phact IVe, de fabricación mercuriana, un modelo sin motor de impulso. Debería ser una persecución corta.

Jarek espero, pensativo, antes de contestar. Ningún pirata se la jugaba tan lejos de ninguna parte sin un motor de impulso. Een ese momento apostaría toda su carrera a que en cualquier momento verían desaparecer la nave ante sus narices. Por otro lado enfrentarse a una nave tan pequeña era un problema, la mayoría de lo que tenían la destruiría casi al instante, o en caso de conseguir inutilizarla podría dañar lo que sea que tuviesen que encontrar. Aunque la usaran de patrullera aquella seguía siendo una nave de guerra. Las baterías defensivas o un EMP podrían funcionar, pero tendrían que acercarse más.

– ¿Todas las balizas desconectadas has dicho? ¿Incluida la de posicionamiento?

–Todas, vuelan completamente a ciegas.

Eso era una noticia aun peor. Solo dos tipos de pilotos volaban a ciegas: los que sabían muy bien lo que hacían y los que no tenían ni la más remota idea de lo que estaban haciendo. Cualquiera de los dos casos implicaba complicaciones. Al menos tendrían que activar el sistema de posicionamiento antes de saltar, y quizá tuviesen tiempo de fijarles una marca.

–Bien, oficial Böhmer prepare un equipo, se va al carguero ahora mismo –Ordenó mientras se levantaba de la butaca– Los demás, escuchadme bien. Los queremos vivos, lo que significa que nuestro arsenal ahora es inútil. Vamos a perder esa nave antes de poder acercarnos lo suficiente para hacerle nada, así que quiero que recojáis todo el material que se os ocurra para buscar una identificación. Imágenes, lecturas de radiación, patrones de aceleración… todo lo que os de tiempo. ¿Entendido? Oficial Alberts –dijo señalando a la piloto, que dirigía concentrada la nave– queda al mando.

Jarek abandonó el puente acompañando a su primer oficial, Paride Hömer, mientras le explicaba lo que el Almirante le había contado.

***

5.2 – Alan

En el interior de la Aditi todo eran nervios. Nada estaba saliendo ni por asomo parecido al plan que habían trazado. En la cabina, el ingeniero John Goodey ocupaba el lugar del piloto tratando de mantener su ventaja sobre la Atalanta. Aunque su pequeña goleta era más ágil, tarde o temprano la patrullera se les echaría encima e inutilizaría sus sistemas con un pulso electromagnético. A su lado el capitán Alan Duke se apoyaba nervioso en la butaca del navegante, vacía en estos momentos.

– John, tienes que sacarnos de aquí – le advirtió el capitán – Sea lo que sea lo que haga falta ¡Hazlo!

–Tenemos que saltar – contestó Goodey, en un tono más serio al que Alan estaban acostumbrados – Aquí acabarán cazándonos tarde o temprano.

El capitán agachó la cabeza y se quedó mirando al suelo.

– ¡Mierda! – Exclamó pegándole una patada a la butaca – ¿Hay alguna manera de que no detecten la baliza?

No era imposible hacerlo y que no fueran capaces de trazar su rumbo, pero ninguno de ellos en ese momento apostaría a que sucediese. Se hizo un momentáneo silencio en la cabina, roto por la ronca voz del piloto de cazas Tom Rooke.

– ¿Y por qué no saltamos sin activar la baliza? – preguntó intrigado

Ambos se giraron al unísono sorprendidos.

–Tom, tu ignorancia en ocasiones… – contestó molesto Goodey una vez superada la sorpresa inicial, pero antes de terminar la frase su voz cambió de repente – ¡… en ocasiones me ilumina!

De pronto se levantó y arrastró al capitán hacia la butaca del piloto.

–Coge los mandos capi, tengo trabajo que hacer –le indicó

De un salto se movió hacia la posición del navegante y empezó a trazar trayectorias sobre la carta estelar que se proyectó en el panel mientras sus dos compañeros le observaban intrigados.

Pasados dos largos minutos de pronto Goodey sonrió.

–Es una locura… pero puede funcionar.

– ¿Qué demonios pretendes hacer? – le interrogó nervioso Rooke.

 –Justo lo que tu decías, vamos a saltar sin la baliza – le explicó con seriedad.

– ¡¿Estás loco?! – Replicó escandalizado el capitán  – ¿Saltar a ciegas?

–Tranquilízate capi – contestó Goodey, ahora de nuevo tranquilo – He encontrado un par de trayectorias despejadas. Un leve impulso hasta salir del alcance de sus instrumentos y después activamos la baliza para completar el trayecto. Será coser y cantar.

Alan clavó le dirigió una mirada desconfiada, justo antes de ceder.

– ¿Estás seguro de eso?

–Bueno… nos doy un quince… no, que digo… un veinte por ciento de probabilidades de sobrevivir. Piensa que es más de las que tenemos siendo capturados.

– ¿Qué? – Interrumpió Tom – ¿Por qué iban a hacer algo más que detenernos?

–Ahora si – le respondió John levantándose – Tu ignorancia en ocasiones resulta de lo más ofensivo. No es solo ya que un cargo por piratería a este lado del cinturón de asteroides suponga una perpetua. ¿Tú crees que alguien habría colocado un grupo de mercenarios para proteger un cargamento de deshechos? ¿Tú crees que, en condiciones normales, una patrullera habría aparecido de la nada antes de que la tripulación del carguero supiese que ocurría nada?

– Eh… no – respondió retrocediendo

 – ¡Pues claro que no! – Exclamó abriendo los brazos – Aquí hay algo raro. Y siempre que hay algo raro la gente como nosotros sale mal p…

– ¡Basta! – Le frenó el capitán mientras agarraba el intercomunicador – Dejad las discusiones para cuando nos hayamos estrellado. ¡¡Sharp, donde demonios estas!! – Le gritó al micrófono – ¡Te necesito en la cabina hace dos minutos!

***

5.3 – Meira

Al otro extremo de la nave una de las estancias había sido acondicionada a modo de quirófano. Una vez entraron en la Aditi, Meira y Régis lo primero que hicieron fue, guiados por Sharp que había entrado apenas un minuto tras ellos, llevar allí a aquella chica, ahora sedada, que se desangraba sobre la camilla. A toda velocidad empujaron la camilla a través de la sala principal con forma de circunferencia hasta el pasillo que daba a los camarotes, y allí hasta cruzar el último umbral de la hilera de compuertas.

Dentro había un pequeño armarito con instrumental, una endeble mesa de operaciones soldada al suelo y algo de anticuado equipo médico. Sobre la camilla, en el techo, se situaba un sistema de esterilización portátil, habitual en los hospitales de primera línea de guerra. Aquello era lo más parecido a la sala de operaciones de un hospital de campaña que ella había llegado a ver. Sin apenas tiempo para fijarse en el material disponible colocaron el cuerpo inconsciente de la chica sobre la mesa de operaciones. Mientras Sharp la amarraba a la mesa, Nereida le colocaba las sondas, y en cuestión de segundos una serie de gráficas e indicadores sonoros empezaron a mostrar sus constantes vitales.

–Mierda, todo este equipo estaba obsoleto hace décadas… – se quejó histérica Meira

–Conténtate con que haya algo –la cortó Sharp– la mayoría de las naves de este tamaño no pasan de una enfermería.

– ¿Dónde está el Plasma R? – preguntó mientras localizaba con la mirada los distintos armarios.

–No tenemos…

– ¡¿Qué no tenéis?! – Exclamó incrédula – ¿Cómo demonios salís de puerto sin Plasma R?

–No podemos permitírnoslo – explicó el piloto – Pensábamos reaprovisionarnos con este trabajo.

–Está bien, está bien… – le temblaban las manos – ¡¿Dónde demonios está vuestro medico?!

Sharp la agarró por los hombros y la apartó de la mesa de operaciones.

–Tranquilízate niña, llegará. Hoy no va a morir nadie aquí dentro.

Apenas había terminado de decir la frase cuando Anton apareció, sudoroso, corriendo por el pasillo. Entró en el camarote y sin perder tiempo se puso manos a la obra.

–Necesito un ayudante – dijo mientras se lavaba antes de empezar – ¿Ella sabe de medicina, no?

–Soy interna de cirugía…– empezó a decir Meira, pero Sharp la detuvo antes de que pudiese completar la frase.

–Estás demasiado alterada. Siéntate y tranquilízate ¿Dónde está Ida?

–Asegurando la carga – contestó el médico – Parece  que vamos a tener un viaje movido.

–Fantástico… – suspiró el piloto – Pues me tienes a mí.

Anton se paró un segundo, levantó la cabeza y le hizo un gesto de que se acercase.

–Bien, si es lo que hay tendrá que servir. Lávate y empezamos.

Mientras ambos se ponían manos a la obra, Meira solo apartaba la mirada de la mesa para asegurarse de que las constantes vitales de aquella chica siguiesen siendo estables. Se fijó en las manos del médico, algo dubitativas, aunque precisas. Parecía que sabía lo que hacía. Tenían que cortar las hemorragias y cerrar esa herida pronto, o no lo contaría.

 – ¡Fuera de aquí! – La sobresaltó entonces el médico – Lo último que necesito…

 –Tiene razón – le interrumpió Sharp – será mejor que esperes fuera. Siéntate y trata de calmarte.

De mala gana salió al pasillo, donde ya esperaba Régis, y se sentó en el suelo apoyando la espalda en la pared. Se suponía que todo iba a salir bien. Un pequeño robo sobre un cargamento que a nadie le importaba. Tenía que ser fácil. No tenía que haber disparos ni heridos… Nadie tenía que morir por su culpa.

–Mierda… –suspiró– Esto no está bien…

– ¡Por supuesto que no está bien! – Exclamó su compañero – ¡No deberíamos estar aquí!

–Rég cállate, no eres tú el que está a punto de morir.

– ¿No? ¿Seguro? Que no me hayan herido aun no significa que vaya a morir en esta chatarra.

–Rég, por favor… no es el momento.

– ¿Qué no es el momento? –Continuó alterado – ¡Despierta! He oído que nos persigue una patrullera… no sé por qué te seguí la corriente con esto… Todo ha sido una locura.

– ¡Quieres dejarlo de una vez! – gritó levantándose y empujándolo – ¡Piensa por una vez en algo más que en ti mismo! ¡Hay una persona a punto de morir… y ni siquiera sabe por qué! ¡Es culpa nuestra!

Durante unos segundos se quedó parado frente a ella, mirándole con frialdad a los ojos, antes de contestar.

–No Meira… es culpa tuya.

Ella apartó la vista, buscando frenética un lugar sobre el que posarla, que no aparecía, al tiempo que su piel palidecía.  Retrocedió un par de pasos haciendo gestos de negación, mientras él se daba la vuelta y se alejaba. Volvió a sentarse en el suelo rompiendo a llorar.

De pronto una voz retumbó a través de todos los altavoces de comunicación de la nave “¡¡Sharp, donde demonios estas!! ¡Te necesito en la cabina hace dos minutos!”. Al instante el piloto salió por la puerta, muy acelerado, y se paró justo junto a ella.

–Vamos, niña, levántate – dijo agarrándola del brazo y tirando de ella – Necesito que te tranquilices y te pongas a trabajar. Anton va a salvar a esa chica, pero necesita tu ayuda – le indicó secándole las lágrimas – ¿Entiendes? ¿Podrás hacerlo?

–Si… creo que si – respondió entre sollozos

–Pues entra ahí ahora y demuéstralo. Yo tengo que salvar esta nave.

Antes ella pudiese darse cuenta Sharp se había ido corriendo hasta el otro extremo del pasillo. Meira respiró hondo un par de veces y entró de nuevo en el improvisado quirófano.

***

5.4 – Maya

–Dime que lo tienes – la apremiaba Walther a su derecha – dime que has fijado una marca.

Maya trataba de forma desesperada de fijar la nave en los sistemas de seguimiento, pero en esas condiciones no sabía qué hacer.

–No, no la tengo – contestó nerviosa – Esos idiotas viajan totalmente a ciegas, acaban de desactivar hasta la conciencia de la nave.

A su lado Walth se impacientaba, y tras ella Alice observaba la escena como si de una película se tratase. Maya odiaba que hiciese eso. Apartó las manos del teclado y, con brusquedad, se dejó caer sobre el respaldo de su butaca. Necesitaba pensar.

–No podemos ponerle una marca. No si no activan algo más. Y si activan a ciegas el motor de impulso…–suspiró

–Estarán muertos, nadie es tan imbécil para intentar algo así – le interrumpió Walth.

Maya sonrió al oírlo. Eso era cierto en la mayoría de los casos, pero no una certeza absoluta. Ella misma lo había hecho una vez, durante su instrucción, aunque solo en el simulador. Una treta para escapar en un escenario de derrota segura. Había utilizado saltos cortos entre posiciones conocidas despejadas de tráfico. Había un componente de suerte, pero era posible hacerlo. La maniobra le había valido una mención especial en la academia, aunque en los registros oficiales nunca llegó a constar que lo había conseguido.

–Walth, tengo una idea, ¡sé cómo seguirles la pista! –  Exclamó irguiéndose de nuevo en el asiento – Necesito que accedas a los sistemas de la Atalanta y guardes los registros del pulso de respuesta del radar y las mediciones de radiación y… ¡y absolutamente todo lo que tengan sobre esa nave!

De un salto se levantó y se dirigió a la carta tridimensional del sistema que había en el centro de la estancia. Se colocó en su interior y comenzó a seleccionar distintas zonas tras desactivar la mayoría de los filtros que tenían. Mientras Walther recopilaba la información que ella le había pedido. Alice se acercó y se situó tras ella, con sus manos apoyadas con suavidad en la cintura de Maya.

– ¿Qué estás haciendo? – Le preguntó susurrando al oído  – ¿Qué se te ha ocurrido?

–Perseguimos una nave que vuela a ciegas y que creo que va a utilizar un impulso para librarse de nosotros. – Empezó, concentrada, ni siquiera dándose cuenta de que era Alice quien preguntaba– En este punto pueden ocurrir tres cosas. La primera es que activen su baliza de posicionamiento, es lo más probable, y podríamos colocarles una marca sin dificultad alguna, la segunda es que no lo hagan y destruyan la nave estrellándose contra algo…

En ese momento Alice comprendió que es lo que  estaba seleccionando en aquella carta estelar.

–… la tercera es que hagan un salto manual a través de una zona vacía… – susurró completando su frase

–Exacto, es posible ejecutar un salto de forma completamente manual, siempre y cuando lo hagas a través de una zona vacía – continuó Maya – Normalmente es imposible de hacer porque el sistema está plagado de naves, pero no imposible. Se me ocurrió hacerlo durante un examen de astronavegación en mi tercer año de instrucción.

Alice sonrió al escucharlo.

–Vaya… no siempre eres tan aburrida como yo pensaba – susurró divertida.

Tras unos segundos terminó de trazar las posibles trayectorias a través de las cuales podrían llevarlo a cabo.

–Pero cuando yo lo hice el escenario no era este – Dijo Maya apartándose para tener mejor perspectiva del diagrama que se proyectaba ante ella.

Desde el lugar donde estaba la nave que perseguían había marcados una multitud de pasillos, algunos bastante largos. Unos llevando al corazón  del sistema, cerca de Ciudad Balcón, otros a los mundos periféricos, otros sobre el sistema. Lo que tenían todos en común era ser estrechos, muy estrechos. Hacia el Norte y el Sur cruzaban las autopistas del sistema. Hacia los mundos periféricos cruzaban el cinturón de asteroides. Hacia el interior se metían de lleno entre el tráfico, donde los pasillos variaban de tamaño sin parar.

–Es una locura… Nadie en su sano juicio lo intentaría. Tienen que activar la baliza antes de saltar… – se retractó Maya

–Yo lo intentaría… – la interrumpió Alice mientras pasaba el dedo sobre uno de los caminos –…por aquí… doble salto, de vuelta a Ciudad Balcón. Y una vez allí me escondería en la nube de tráfico… quizá en la Tierra.

Maya comenzó a caminar sin sentido alrededor de la sala. Aquello era una locura, pero puede que el piloto de aquella nave estuviese dispuesto a correr el riesgo. Unos segundos después se paró.

–Bien, escuchadme, esto es lo que vamos a hacer –dijo dirigiéndose a sus compañeros–  Alice, necesito que vigiles esa nave. Si activa la baliza de posicionamiento colócale una marca. No podemos perder esa oportunidad. Walth, llama a Robert y transfiérele las lecturas de radiación y de respuesta al radar, vamos a necesitar muchos ojos esperando en los posibles destinos del salto. ¡Quiero todas las naves que podamos intervenir haciendo de antenas para nosotros! Y confiemos en que esos idiotas tengan suerte…

Mientras hablaba se sentó de nuevo en su puesto y comenzó a acceder a los registros visuales de la persecución para tratar de obtener el vector de dirección de la nave en tiempo real. Si conseguía tenerlo determinado en el momento del salto podría deducir que camino había usado, o al menos reducir las posibilidades.

“Te estás oxidando” se dijo a sí misma. Antes todo eso se le habría ocurrido mientras resolvía crucigramas durante el desayuno… A decir verdad echaba de menos resolver crucigramas durante el desayuno.

***

5.5 – Goodey

Sharp entró corriendo en la cabina, donde Alan y Goodey continuaban deliberando.

– ¡Por fin! – Exclamó el capitán al verle – ¿Qué demonios estabas haciendo?

–Salvando una vida – gruñó mientras se sentaba de un salto en la butaca del piloto.

–Bueno, pues esto viene a ser más o menos lo mismo – le corrigió Goodey – simplemente multiplicado por… ¿Cuánta gente hay ahora en la nave?

–Tranquilo, ya lo pillo ¿Hasta qué punto estamos jodidos? – preguntó mientras repasaba los sistemas de la nave

–Hasta el punto de tener que saltar sin la baliza – le explico el capitán.

Sharp se detuvo y se dio la vuelta mirándoles con asombró. Ambos le miraron con seriedad.

–Joder… ¿Va en serio? – Preguntó deseando que fuese una broma – ¿No habéis considerado rendirnos? De pronto cuarenta años metido en alguna mina no parece tan mal plan…

–Créeme, lo hemos considerado – suspiró el Alan – ¿Puedes hacerlo?

Rápidamente Sharp volvió a colocarse de cara al panel holográfico.

– ¿Tenemos alguna trayectoria limpia? – preguntó mientras comenzaba a ajustar los parámetros de impulso de la nave.

–Al menos una docena – respondió Goodey

– ¿Amplias?

–Eso no mucho, pero creo que será suficiente – dijo mientras transmitía la información de su terminal a los sistemas de la nave.

Sobre el panel de instrumentos se proyectó una ventana donde aparecieron las trayectorias calculadas superpuestas a un mapa del sistema. Sharp se quedó unos segundos observándolas y finalmente señaló una, conducía directamente al centro del sistema.

–Esta me gusta, es suficientemente ancha y acaba en una zona donde podemos pasar fácilmente desapercibidos.

– ¿Has hecho esto alguna vez? – le interrogó Alan

–Unas cuantas… en simulador. No es tan difícil cuando al estrellarte solo sale un mensaje en la pantalla.

– ¿Tanto tiempo pilotando este trasto y aun tienes ganas de meterte en simuladores? Definitivamente necesitas una mujer de verdad – se rió Goodey.

–Deja de meterte con mi nave y prepárate para trabajar – respondió Sharp – Necesito que…

–Sí, ya lo sé. Aun soy el ingeniero de esta nave – se quejó mientras señalaba a Tom, que llevaba un rato sentado en silencio – ¡Tu, inútil, ven conmigo! A ver si de paso aprendes algo.

Sobresaltado, Tom se levantó y le siguió fuera de la cabina. Atravesaron el salón central de la nave dirigiéndose a una puerta al fondo del mismo. Tras ella había un corto pasillo y detrás la puerta que llevaba hacia la sala de motores.

– ¿Qué demonios vamos a hacer? – preguntó mientras se introducían en el compartimento de motores.

–Vamos a recalibrar el motor de gravedad para que la aceleración del salto no nos mate a todos – le respondió Goodey mientras se levantaba varias placas del suelo.

– ¿Qué? – preguntó extrañado.

–Ya sé que es difícil para tu pequeña cabeza, pero te lo voy a explicar. – Empezó mientras ambos levantaban una plancha en el suelo, dejando a la luz un enorme manojo de cables– Piensa en tu caza ¿Qué ocurre cuando maniobras? Notas las fuerzas que se producen ¿verdad?

Tom asintió.

–Pero cuando estás en una nave más grande todo parece ir suave. Eso es porque tienen un motor de gravedad, que no solo hace que podamos caminar sino que compensa todas las fuerzas que se producen durante el movimiento. ¿Hasta aquí vamos bien?

Volvió a asentir.

–Las aceleraciones normales de las maniobras, mientras no sean muy bruscas, es capaz de corregirlas él solo. Si esta fuese una nave de recreo eso sería más que suficiente. Para maniobras más bruscas, como las que solemos llevar a cabo cuando no queremos que nos maten, necesita los datos en tiempo real del control de motores de la nave.

–Pero el motor de impulso funciona independientemente del sistema principal… – se quejó confuso.

– ¡Exacto! Cuando utilizamos el motor de impulso, toma los datos de la baliza de posiciones…

–Que ahora está desconectada… – completó Tom, cada vez más intranquilo.

–Vaya, creía que sería más difícil – bromeó Goodey.

–Pero, si no compensa la aceleración del impulso… – empezó a decir con la mirada perdida en la pared del fondo.

–Justamente eso, si no compensa la aceleración del impulsó moriremos aplastados contra esa pared –explicó señalando con una llave – Pero no vamos a dejar que eso ocurra ¿Verdad? – Dijo dándole una palmada en la espalda – Para eso estamos tu y yo aquí.

***

5.6 – Jarek

Cuando Jarek volvió, el puente de mando de la Atalanta parecía una jaula de grillos. Todo el mundo hablaba sin parar, se movían de un lado a otro; nerviosos. La oficial Gabriëlle Alberts se encontraba parada frente a uno de los paneles, observando en silencio las lecturas que mostraba.

– ¿Qué ocurre? – Preguntó el Capitán colocándose a su lado – Todo el mundo parece haberse vuelto loco de pronto.

–No sabemos lo que ocurre, eso pasa – respondió resignado

– ¿A qué distancia estamos?

–Aún demasiado lejos, Capitán – se quejó la piloto sin precisar una medida – Han acelerado bastante, necesitaríamos al menos otros cinco o seis minutos, y no creo que los vayamos a tener.

– ¿Qué estamos mirando? – le preguntó señalando la pantalla.

–Las medidas de radiación del motor de gravedad – explicó Gabriëlle – las estábamos usando para seguir sus maniobras. Pero de pronto han cambiado.

–Y tiene una teoría ¿verdad?

–La tengo, señor. La maniobra Ardiles, eso es lo que creo que van a hacer.

– ¿Y en qué consiste esa maniobra? – Jarek no había oído citarla nunca.

–Verá, es algo de lo que se habla mucho en la academia… hay un ejercicio de escenario imposible, el K…– empezó a explicar.

–Conozco ese ejercicio, todos el que quiera estar en una nave debe pasarlo alguna vez – le interrumpió el capitán.

–Bien… – continuó la oficial Alberts – el caso es que no es imposible. Hace algunos años una estudiante de astronavegación consiguió superarlo. Desactivó todas las balizas e hizo que su nave realizas un salto manual a través de un minúsculo pasillo despejado.

–Nunca había oído hablar de ello – contestó escéptico Jarek.

–Bueno, realmente no sé cómo sería la historia real, eso es lo que se cuenta – puntualizó – Si su motor de gravedad es antiguo necesitará de la baliza de posicionamiento para compensar la aceleración del salto. Mire aquí capitán – dijo señalando a un pico de intensidad en el patrón proyectado ante ellos – estoy casi segura de que es una entrada de señal adicional, lo que podría ser algún tipo de re–calibración o control manual.

El capitán esbozó una pequeña sonrisa cuando su primer oficial terminó la explicación. Un plan ingenioso, una  auténtica locura, pero ingenioso. Si la tripulación de esa nave sobrevivía, y llegaban a atraparlos, esperaba poder preguntarles sobre eso.

–Buen trabajo, señora – le felicitó – mantendremos la persecución y la observación de las balizas por si fuese un farol, pero parece que esto va a durar poco. Que sigan recogiendo todas las imágenes posibles de la nave, las necesitaremos para buscarla más tarde.

–Entendido, señor – contestó – ¿Algo más?

–Nada de momento, continúe al mando. Tengo que hacer una llamada.

Jarek Alinari se encaminó de vuelta a su camarote tras librarse de su asistente, mientras a su espalda en el puente de mando el nivel de excitación general continuaba en aumento. Una vez hubo cerrado la escotilla conectó su terminal y al instante la imagen de Mikheil Reynders apareció ante él.

–La vamos a perder – dijo con tranquilidad Jarek, esperando la sorpresa de su viejo amigo.

–Lo sé, no sois los únicos siguiendo ese cacharro – respondió  con sequedad.

–Bien ¿Y qué esperas que hagamos ahora?

–Registrad el carguero, cabe la posibilidad de que el paquete siga allí…

–Ya tengo allí a alguien – le cortó – si encuentra algo lo sabremos al instante, pero no albergaría demasiadas esperanzas.

–No las tengo… ¡maldita sea! – Explotó de pronto – ¿Qué clase de locos saltan a ciegas?

–Creo que se llama maniobra Ardiles, señor – precisó riendo entre dientes.

–Se perfectamente cómo se llama –le contestó irritado –con mi rango me entero de cuando unos chiquillos encuentran fallos en nuestros programas de adiestramiento. Pero nunca pensé verlo en el mundo real.

–Nosotros también estamos sorprendidos – replicó con sorna

–Bueno, no importa, los encontraremos vayan a donde vayan – continuó mostrando su nerviosismo – Dentro de unos veinte minutos llegará a vuestro cuadrante una nave, la Aurora. Tendrá todas las credenciales en regla para atracar en vuestro puerto. Así podrás conocer de primera mano la historia de la maniobra de marras.

– ¿La gente de Saunders? – preguntó inquieto.

–Al completo. Yo que tu iría abriendo hueco en la nave porque no me extrañaría que mandará a alguien más.

–Mierda…

–Exacto: mierda – terminó Mikheil justo antes de cortar la conversación.

***

5.7 – Meira

El nerviosismo de Anton no había dejado de aumentar desde el momento en que Sharp había abandonado el camarote médico. Que el capitán le hubiese llamado con tanta urgencia significaba que había problemas graves. En condiciones normales tanto Alan como Goodey podían pilotar la nave. Estaba claro que las cosas iban mal. Al otro lado de la mesa de operaciones Meira, con los lagrimales aun desbordados, mantenía mejor la compostura mientras trataba de calmar al doctor.

Habían conseguido cerrar las hemorragias principales, y  el proyectil  milagrosamente no había alcanzado ningún órgano vital a lo largo de su trayectoria. Pero las constantes vitales seguían bajando y la sangre no dejaba de manar. Algo se les estaba escapando. En un quirófano completo de las urgencias de cualquier hospital, detectarla sería cuestión de segundos, pero ahora mismo solo contaban con sus ojos. Si tan solo tuviesen una dosis de Plasma R…

De pronto los pitidos provenientes del anticuado electrocardiógrafo de la pared se volvieron más estridentes y aumentaron su frecuencia. Anton levantó la cabeza y se quedó mirando fijamente la pantalla.

–Mierda… – susurró para sí – mierda… la perdemos…

–Tranquilícese, aún queda tiempo. Necesito que se concentre en encontrar esa hemorragia que se nos escapa, es lo único que falta. – Meira trató de que se centrase.

Volvió a bajar la mirada en busca del vaso sanguíneo roto, las manos le temblaban cada vez más.

–Tienes razón… tienes razón… ponle una vía extra.

Mientras Meira se agachaba en busca de una nueva bolsa de plasma sintió una fuerte sacudida que hizo que se golpease contra el pequeño armario que acababa de cerrar. Al levantarse vio que Anton había mantenido el equilibrio, pero estaba al borde de un ataque de pánico.

– ¡¿Que mierda acaba de pasar?! – Oyeron entonces la voz del capitán a través del canal de comunicación – ¿Nos han dado? ¿Alguien ha visto algo? Los sistemas no indican nada.

– ¡Tranquilo capitán! – Respondió Goodey al instante –Culpa mía, un ligero error con la reprogramación, no volverá a ocurrir.

La frente de Anton se cubrió repentinamente de gotas de sudor, su piel palideció y se quedó inmóvil como una estatua.

–Doctor ¿Qué ocurre? – Preguntó Meira inquieta – ¿está usted bien?

–No… No puedo… – mascullaba el médico.

–Mierda… ¡No! –Le gritó ella – Tranquilícese ¡no puede abandonar ahora!

–No puedo… – comenzó a sollozar Anton mientras se apartaba de la mesa de operaciones.

Meira se quedó helada al verlo, aquello no podía estar pasando. Levantó la cabeza hacia los monitores; la estaban perdiendo. Respiró profundamente, y tras un instante de vacilación comenzó se apartó de la mesa y se dirigió hacia el médico.

– ¡Ni se te ocurra derrumbarte ahora! – Le empujó contra la pared – Vas a volver ahora mismo ahí – señalaba a la mesa de operaciones – y a mantenerla viva hasta que vuelva; haz lo que sea necesario ¡¿Entendido?!

–S…ssssi… – balbuceó

–Solo necesito unos minutos, nada más…

Sin terminar la frase salió a grandes zancadas y comenzó a recorrer el pasillo en dirección a la bodega. En la lista que les había proporcionado había Plasma R suficiente para todo un regimiento, no debería tener problemas para encontrar una dosis. ¿Por qué demonios no lo había pensado antes?. En pocos segundos llegó a la sala común, donde Régis esperaba sentado apoyado sobre la mesa. Al verla se volvió hacia ella tratando de hablarle.

– ¡Ni se te ocurra ahora! – le interrumpió negando violentamente con el brazo.

Sin detenerse se dirigió a la escalerilla de babor que daba a la bodega. Abajo Ida terminaba de asegurar los últimos contenedores. Al verla levantó la cabeza.

– ¿Qué haces aquí? –Preguntó, su preocupación era evidente- ¿Cómo está la chica?

–Se muere – respondió cortante – ¿Tienes la lista de carga? Necesito una dosis de Plasma R.

– ¿Plasma R? –Se quedó un momento pensativa – ¡Por aquí! No necesito la lista, recuerdo donde estaba.

Meira avanzó hasta el contenedor que le indicaba, introdujo la clave que ella misma había obtenido días antes, y este se abrió mostrando una innumerable cantidad de tubos cilíndricos, de apenas un palmo de longitud y un par de centímetros de anchura. Cogió uno de ellos y presionó con fuerza la marca blanca que había en uno de sus extremos. Repentinamente del interior del tubo apareció una finísima aguja en el otro extremo.

–Bien…– suspiró aliviada – funcionan.

Volvió a buscar dentro del contenedor, haciéndose con otro par de dosis, y salió corriendo de vuelta a la enfermería. Esperaba llegar a tiempo.

Tan rápido como le permitieron las piernas recorrió el camino que antes había hecho, hasta cruzar el umbral de la improvisada sala de operaciones. Anton seguía trabajando junto a la mesa de operaciones, las constantes vitales eran malas pero aún seguía viva.

– ¿Eso es Plasma R? Colócale una vía… – se giró Anton al verla, parecía más calmado

–No tenemos tiempo, voy a inyectárselo directamente en el corazón – respondió con seguridad

– ¿Estás segura? – preguntó mirándola a los ojos, no necesitó que ella respondiese – De acuerdo…

 Meira se colocó frente a la mesa de operaciones y se inclinó ligeramente sobre la chica. En su mano ahora solo había un pequeño cilindro, que colocó sobre la posición del corazón. Inspiró profundamente y se dispuso a apretar la marca blanca visible en la parte superior del aplicador.

–Bueno, parece que ahora te toca a ti – se dijo haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban – más te vale no cagarla.

***

5.8 – Alan

Alan se encontraba de espaldas al piloto de la Aditi, con la vista puesta al otro lado de la cristalera, en silencio, mientras Sharp colocaba la nave en la trayectoria exacta que necesitaban para el salto.

–Esa patrullera se nos echa encima – informó Sharp

– ¿Cuánto tiempo nos queda?

–Son rápidos… no creo que tengamos ni diez minutos – contestó Sharp, su tono denotaba preocupación.

El capitán se sentó a su lado, en el puesto del navegante y conectó con la bodega.

–John, nos quedamos sin tiempo ¿Cuánto más necesitas?

–Bueno capi… estamos teniendo algunos problemas por aquí abajo – le respondió con cierto desinterés – ¿de cuánto tiempo exactamente disponemos?

–Estaremos a distancia de EMP en seis minutos – más vale que lo tengas antes.

–No se preocupe, pero más vale que todo el mundo se prepare, va a ser algo brusco.

– ¿Algo brusco? – preguntó Alan preocupado

–Capi, esto requeriría una semana de trabajo y un par de técnicos cualificados. Yo tengo unos minutos y a este idiota…

–Vale, vale, lo entiendo ¿Vamos a morir?

–mmm… No… No lo creo.

–Está bien, supongo que servirá – contestó con cierta sorna.

–Bueno, ahora creo que debería volver al trabajo –respondió con tranquilidad– os avisaré cuando esto esté listo.

La comunicación se cortó y la pequeña pantalla se desvaneció en el aire.

–Así que al fin vamos a morir – bromeó entonces Sharp esbozando una ligera sonrisa

–Eso parece… Creo que debería avisar a Anton, seguro que le gustaría prepararse.

Volvió a apoyarse sobre el panel y abrió una nueva ventana de comunicación.

–Anton ¿Cómo van las cosas por ahí?

– ¡Está viva! – Les sorprendió la excitada voz de Meira – Tengo… eh… a la chica estabilizada. Casi hemos terminado, solo tenemos que cerrar…

–Eh… bien… Mirad, dentro de unos minutos vamos a tener una maniobra un poco brusca, necesito que estéis preparados. Debería haber varios arneses en una de las paredes.

–De acuerdo, dadme tres minutos para terminar aquí.

–Está bien – respondió girándose hacia la pantalla de radar – pero tres minutos, ni uno más.

Inmediatamente abrió un canal general para advertir a Ida, que se encontraba en la bodega, y a su otro pasajero, que no sabía dónde demonios se encontraba. Cortó la comunicación y se recostó sobre la butaca mientras se colocaba los arneses de sujeción.

– ¿Estás preparado? – le preguntó a Sharp

–Sabes perfectamente que no – respondió el mientras terminaba de ajustar vector de dirección de la nave – esto es una locura.

–Ni que fuera la primera vez que dices eso, viejo amigo.

–Pero esta vez es de verdad… – respondió con seriedad – ¿Sabes? Va a ser una pena no poder contárselo a nadie.

–Nadie te creería

–Oh, seguro que sí, las chicas de las colonias adoran estas historias – bromeó de nuevo Sharp

Y entonces, tras robar a la gran multinacional para poder entregárselo a los pobres y ser perseguido por el ejército, arranqué el motor de impulsos con todos los sistemas de guía desconectados, aun sabiendo casi con total seguridad que eso implicaría mi muerte   – parodió Alan – Si, seguro que funciona. ¡Nunca me cogeréis vivo! Dijo.

–No deberías hacerme reír ahora – le recriminó –de mi concentración depende tu supervivencia.

Entonces una pequeña ventana se proyectó ante el capitán.

–Por aquí todo está capi – informó Goodey – podemos saltar en cuanto queráis.

–Agarraos bien, no tardaremos ni un minuto – le contestó el capitán, que rápidamente se giró hacia Sharp – ¿A cuánto está la patrullera?

–Cumpliendo los plazos como un reloj, en un minuto nos tendrá a tiro.

–Algún día tenemos que cambiar la manera en que hacemos las cosas –se quejó Alan mientras abría una nueva ventana de comunicación – Meira, tenemos que saltar ya.

– ¡Un minuto! – Le reclamó desde el quirófano – Casi estamos listos.

– ¡Si esperamos un minuto no saltaremos! ¡Tienes treinta segundos para lo que sea que tengas que hacer!

–Mierda… – se escuchó al otro lado – ¡Está bien, treinta segundos!

A través de los altavoces de comunicación comenzaron a escucharse ruidos y maldiciones, y después de eso silencio. Un silencio que comenzó a alargarse mientras Sharp acercaba lentamente la mano al control de salto, preparado para lanzar la nave en el momento en que tuviese la autorización.

– ¡Tenemos que saltar ya! –Gritó el capitán cuando estaban a punto de cumplirse los treinta segundos– ¡¿Qué demonios estás…?!

– ¡Listo! – le interrumpió ella.

Y justo en ese momento la mano de Sharp apretó con suavidad uno de los pocos botones reales que destacaban sobre el panel virtual de la nave.

Y podréis oír su fantasma al pasar cerca de la laguna…– susurró mientras lanzaba la nave a una velocidad impensable a través del Sistema Solar.

***

5.9 – Alice

Mientras Walther recopilaba información de los sensores de la Atalanta y Maya trataba de precisar el vector de posición de la nave que perseguían, Alice esperaba tumbada mirando al techo. Esa nave iba a saltar, de un momento a otro, e iba a dirigirse de nuevo al corazón del sistema. A esconderse entre la multitud. Si lo conseguían iba a tener que pedirles unos autógrafos.

–Mierda… ya está – la sobresaltó entonces Maya – los hemos perdido.

– ¿Han saltado? – Preguntó Alice sin levantarse – ¿hacia dónde?

–Vuelven al interior del sistema. Aparecerán… – Maya comparaba la última trayectoria con los pasillos que habían calculado – cerca de ciudad balcón… creo… si es que sobreviven.

–Sería una pena que no lo hiciesen – comentó desde el suelo sonriendo – me gustaría conocer a ese piloto.

Maya se levantó y se acercó de nuevo a la carta tridimensional que se proyectaba sobre el centro de la sala. Activó la capa del tráfico y comenzó a observarla en silencio, con detenimiento.

–Walth ¿Dio tiempo a recoger suficiente información? – preguntó Maya

–Eso creo, el ordenador está buscando coincidencias entre las naves registradas – respondió.

–Bien… deberían aparecer en esta zona – Maya señalaba un conjunto de cuadrantes – hay mucha actividad cerca, alguien tiene que detectarlos.

–Tenemos que informar a Robert – indicó Walther

–Tienes razón – contestó Maya– voy a codificar la información para enviársela.

Mientras ella tomaba asiento de nuevo, Walth abrió un canal de comunicación seguro y ante él apareció la figura de Robert Saunders.

–Ya sé lo que han hecho esos idiotas a los que perseguimos, ¿qué tenéis? – preguntó alterado su jefe

–Tenemos una estimación bastante fiable de la zona donde deberían aparecer, y un buen puñado de espectros de radar y radiación para buscarla – informó Walth, ignorando el tono de Robert – Maya está ahora mismo codificándolo para enviarlo. Es virtualmente imposible que nadie la detecte.

–Bien… – respondió – Algo es algo

–También esperamos tener una identificación para la nave cuando el ordenador termine de analizar los datos… –continuo Walth –… si es que se trata de una nave registrada.

–Vale, parece que esto no ha ido tan mal después de todo… informadme en cuanto lo tengáis. Ahora quiero que pongáis rumbo a la Atalanta y atraquéis allí. A partir de ahora trabajareis con el capitán Alinari. En alrededor de media hora la tendréis esperándoos, os estoy enviando ahora las coordenadas del punto de reunión.

–De acuerdo, allí estaremos ¿Algo más que debamos saber?

–Allí se os unirá un pequeño comando de apoyo, para cuando las cosas se pongan feas – les explicó – Encargaos de encontrar esa nave y no será necesario que os ensucieis las manos.

– ¿Quién estará al mando del comando? – interrogó Walth

–Uno de mis mejores hombres, Damian Romeijn – puntualizó Robert

Durante un par de minutos más continuaron hablando, a Walther no le gustaba la idea de que les pusieran una niñera. Desde el principio había sospechado que no les había dado toda la información que necesitaban y ahora estaba seguro. Estaba claro que las cosas se iban a poner feas.

A varios metros de distancia, tumbada en el suelo, Alice había escuchado toda la conversación sin prestar demasiada atención. Nada de lo que habían dicho le importaba lo más mínimo. Nada salvo una cosa; ese nombre. Al oírlo torció el gesto y una palabra empezó a rondar su cabeza “Mierda”.

***

5.10 – Código 14

La brusca aceleración la sobresaltó. La habían movido, y donde ahora se encontraba no había cámaras a través de las que mirar. Desde el interior de la bodega de aquella nueva nave intentó conectar con la interfaz, pero estaba desconectada, las balizas también lo estaban. En la oscuridad de su pequeño arcón Violeta estaba por primera vez en mucho tiempo aislada. No sabía a dónde iba ni donde estaba. No sabía quien la había movido, cuando intentó verlo durante el traslado se encontró con una grabación. ¿Habrían venido a por ella? ¿La habían encontrado? Su pulso se aceleraba, notó gotas de sudor frio recorriéndole la frente. No iba a volver a aquel lugar, no iba a dejar que la llevasen de vuelta. No sabía dónde estaba ni quien la llevaba, pero fuese quien fuese no iba a atraparla con facilidad.