Carta Estelar – 6 – Escondidos – Nereida

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6.3 – Nereida

portada_miniSobreponiendose a la pereza que la embargaba Nereida abrió los ojos. La luz, aunque tenue, le molestaba. Se encontraba desnuda, cubierta solo por una fina sábana blanca, tumbada en la litera de un camarote de una nave. Ya no estaba en la George Philippar, de eso estaba segura. Aun algo atontada y desorientada, notaba que la nave sonaba diferente. Tenía los músculos entumecidos, le costaba moverse. Se estiró, pero un fuerte pinchazo en el abdomen la detuvo. Entonces lo recordó todo. La herida, el tiroteo, la chica de ojos azules… Giró despacio la cabeza para ver el lugar donde se encontraba. Ella estaba allí, sentada al fondo apoyada contra la pared, en el suelo. Al verla moverse se levantó y se acercó a ella.

–Calma, calma – le dijo con suavidad – aun no deberías moverte. ¿Cómo te encuentras?

–Viva… – respondió con voz apagada – supongo…

Se acercó a ella y le colocó con cuidado la mano en la frente.

–Tienes algo de fiebre. No te preocupes, es una reacción normal al Plasma R. Te traeré algo.

Se dio la vuelta para salir del camarote, pero Nereida la interrumpió estirando el brazo para cogerle la mano.

–Espera… ¿Dónde estoy? ¿Qué nave es esta? – preguntó inquisitiva.

–Estas en la Aditi, una goleta ligera…

–¿Qué ha pasado? – preguntó mirando a la chica a los ojos.

Ella tragó saliva y se sentó despacio en el borde de la litera.

–Veras… – el corazón se le aceleraba solo con empezar a hablar – estábamos robando en el carguero… un cargamento de medicinas. – Explicaba casi tartamudeando – Iba a ser destruido al llegar a puerto… queriamos llevarlo a Europa… Tenía que ser un trabajo fácil, pero… aparecieron varios mercenarios… y después cuando apareciste te hirieron…

Miraba a Nereida a los ojos, las lágrimas empezaban a correrle mejilla abajo.

–Lo siento… de verdad… no tendría que haber sido así… – se disculpó casi sollozando – Luego en la nave… Anton y yo cerramos la herida… En un par de días deberías estar caminando sin ninguna molestia.

La chica le cogió la mano con delicadeza. Hacía mucho tiempo que nadie lo hacía, era agradable.

–De verdad… lo siento – continuaba – Nadie tenía que salir herido… Espera un momento, voy a por algo para la fiebre.

Salió del camarote dejando sola a Nereida.

El camarote era pequeño y sencillo, poco más largo que la litera. Además de está solo había una mesa con una silla a su lado, y un armario a los pies de la litera. Sobre la silla parecía haber algo de ropa doblada. El suelo era el típico suelo de rejilla de las naves de ese tipo. Las paredes grises sin ningún ornamento, salvo un pequeño ojo de buey en una de ellas, junto a la mesa. El techo un conjunto de placas cuadradas que ocultaban un conglomerado de tubos y cables. Aquel camarote parecía más confortable que su compartimento en Navin Tikva.

Mientras esperaba, oía ruidos fuera. Voces que discutían, pasos acelerados y algunos sonidos metálicos. La actividad fuera del camarote era evidente, pero no llegó a ver a nadie pasar frente a la entrada.

La chica no tardo en volver, con un bote de pastillas en una mano y un vaso de agua en la otra.

–Tomate esto, te bajará la fiebre – explicó sentándose en el borde de la camilla.

Nereida trató de incorporarse, pero un nuevo pinchazo la detuvo.

–Espera, deja que te ayude.

Le levantó con suavidad la cabeza mientras se tomaba una de las píldoras. Cuando acabó, la chica recogió el vaso y lo dejó sobre la mesa.

–Ahora tengo que echarle una ojeada a la herida.

Antes de que retirase la sabana Nereida la detuvo, señalando hacia el pasillo.

–¿Puedes… cerrar la puerta?

–¿Eh?… lo siento, es cierto – se disculpó ruborizada.

Cerró la compuerta del camarote y unos segundos después volvió a estar de pie junto a ella. Levantó despacio la sabana dejando a la vista el torso de Nereida. Colocó las manos sobre su abdomen, liso y blanco, y las movió con cuidado sobre su piel, ejerciendo una leve presión.

–Avísame si en algún… si en algún momento te duele –indicó sin ocultar que estaba nerviosa.

Deslizaba las yemas con delicadeza alrededor de la zona del ombligo, causándole un casi imperceptible cosquilleo a su paso. En ningún momento notó dolor.

–Bien… ahora… voy a presionar un poco más fuerte

Espero aun unos segundos después de decirlo, antes de hundir despacio la piel bajo sus dedos apenas un centímetro. Un nuevo pinchazo hizo que el cuerpo de Nereida temblase por un instante, mientras su rostro esbozaba un ligero gesto de dolor.

–Solo será un poco más.

Despacio llevó a cabo el mismo recorrido, de nuevo alrededor del ombligo.

–Todo… todo parece estar bien. Mañana deberías estar caminando, y en unos días deberían desaparecer las molestias – Vaciló un momento antes de volver a cubrirla con la sábana – Ahora tengo que irme, tenemos una reunión para decidir qué vamos a hacer ahora… bueno, cuando tengamos algo te lo contaré… eh… –se dio la vuelta y cogió la ropa que había en la silla – Aquí tienes algo de ropa… es algo grande, pero creo que servirá… no hay mucho en la nave.

Le tendió una gruesa camiseta blanca, unos largos pantalones de trabajo y ropa interior. Nereida se incorporó despacio, quedando de nuevo descubierta de cintura para arriba, y comenzó a ponerse la camiseta torciendo el gesto por los reiterados pinchazos que notaba en el estomago.

–Eh… ¿necesitas ayuda? – preguntó nerviosa, apartando la vista del pecho desnudo de Nereida

–No… podré vestirme sola – replicó cortante Nereida

–Si… si… vale.

–Ahora somos fugitivos, ¿no? – preguntó entonces Nereida.

–Eh… – la pregunta la pillaba desprevenida – pues… la verdad es que… creo que… no sé si saben que nave robó en el carguero.

–Fantástico… – replicó disgustada antes de susurrar – es lo que me faltaba…

–Bueno, tengo que irme – anunció, parecía querer salir de allí a toda costa.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta.

–Espera un momento… – la interrumpió antes de que saliese – Me llamo Nereida Stark

–Meira, Meira Lenz – se presentó, esbozando forzando una ligera sonrisa.

–Gracias… –dijo, suavizando el tono – Gracias por salvarme la vida…

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