Carta Estelar – 6 – Escondidos – Robert

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6.5 – Robert

portada_miniLe encantaba el sonido del hielo rompiéndose mientras era bañado por el licor que caía de la botella. Sobre la mesa descansaban dos vasos, con un cubo de hielo cada uno en su interior, parcialmente llenos de un whisky recién sacado de su reserva personal. A Robert le gustaba tratar bien a sus invitados, más aun cuando se trataba de gente en quien podía confiar. Aunque esa no era la única razón de que decidiese darse ese capricho. Momentos antes de acudir a su pequeña despensa había terminado una charla con el mismísimo Secretario de Defensa de la Alianza. Un militar corto de miras y falto de templanza. Desde que aquella nave había desaparecido, había entrado en un estado de pánico continuo que lo hacía inaguantable. Ya en condiciones normales detestaba tratar con los estamentos oficiales, y hoy poco había faltado para que le sacaran de sus casillas. Si la reunión hubiese tenido lugar en persona estaba seguro de que lo habría hecho.

Sin esperar la entrada de su invitado dio un pequeño sorbo a uno de los dos vasos. Adoraba el leve perfume que con suavidad acariciaba sus cavidades nasales, impregnado de esencias frutales, y su intenso sabor, con un leve regusto a madera. Disfrutar de un buen blend, elaborado a la antigua usanza, era un placer del que nunca se cansaría. Aquel Mysie, del Ishtar Terra, se encontraba entre sus favoritos.

Tras posar el vaso de nuevo sobre la mesa, su secretaria dio paso al hombre a quien estaba esperando. Vestido de riguroso negro su fiel mano derecha, Damian Romeijn, cruzó el despacho hasta la butaca que descansaba al otro lado de la mesa de Robert y tomó asiento.

–¿Qué hay, viejo amigo? – Saludó acercándole el vaso al recién llegado – ¿Listo para salvarme el cuello una vez más?

–Para tus trabajos nunca se está listo – sonrió mientras aceptaba la ofrenda de su anfitrión.

Damian llevaba más de diez años trabajando con él. Al principio había sido su compañero, más tarde su guardaespaldas y al final su mano derecha en lo que concernía a las tareas físicas. Había sido hace alrededor de veinte años el fundador de la Compañía Jade, y a día de hoy seguía siendo su mejor efectivo. Podría haber dirigido la compañía, pero sentarse en una oficina nunca había sido lo suyo.

–Es uno de tus proyectos lo que está matando a mis hombres ¿Verdad? – preguntó tras el primer sorbo a la bebida

–Lo es – respondió con calma Robert.

–¿Hasta qué punto es peligroso?

–Más de lo que lo ha sido ninguno… – hablaba con franqueza, como no lo había hecho con nadie en bastante tiempo

–Vaya, eso no suena bien… – la voz de Damian denotaba preocupación – nada bien.

–Pero eso es solo si no se va preparado – Robert esbozó entonces una amplia sonrisa – Sabes que nunca dejo suelto a un perro sin antes preparar un bozal.

Ambos brindaron, acordándose de las anteriores operaciones que habían realizado juntos. Cada una mayor que la anterior, cada vez más cerca del filo de la navaja, siempre saliendo airosos. Esta vez la escala era menor de lo acostumbrado, pero no podía decir lo mismo del riesgo personal.

Llevando la mano hasta el bolsillo interior de su chaqueta, Robert extrajo un pequeño sobre. Jugueteo con él unos instantes, antes de entregárselo a su invitado.

–Aquí tienes, los detalles de la misión.

Damien abrió con cuidado el sobre y, sorprendido, extrajo de él una hoja de papel escrita a mano.

–¿Y esto?

–En el fondo del sobre hay un cristal de datos con las instrucciones generales. Pero hay cosas que no puedo correr el riesgo de que aparezcan en un terminal. Tú y yo sabemos lo fácil que es acceder a ellos.

Al oírle, el rostro de su amigo se iluminó de pronto.

–Ni siquiera Walther está al tanto de esto ¿verdad?

–No, no lo está, y así debe seguir.

Antes de continuar hablando, su amigo echó una ojeada a las primeras líneas escritas.

–Este “Codigo 14”… ¿De qué estamos hablando exactamente?

–Es la perfección…

Robert hablaba despacio, ensimismado. Relataba con la pasión de un enamorado las proezas que su Violeta era capaz de llevar a cabo. No se trataba solo de fuerza, velocidad o resistencia. No solo del manejo de cualquier arma, del tipo que fuese. No solo de una capacidad de aprendizaje sin igual, ni de su dominio sobre el manejo de cualquier tecnología. Todo eso, en mayor o menor medida, podía hacerlo cualquier soldado de su serie. No, no era nada de eso lo que la volvía especial. Lo que había hecho que fuese diferente era la conciencia. Violeta, al contrario que el resto de proyectos con que trabajaban, poseía sentido del yo. Al contrario del resto de proyectos con que trabajaban, poseía intuición. Al contrario del resto de proyectos con que trabajaban, poseía imaginación. Lo que hacía que fuese diferente era que, al contrario que el resto de proyectos con que trabajaban, Violeta era genuinamente humana… era aun más que humana. Ese era el don que Robert le había otorgado. El mismo que la había llevado a sufrir en su cautiverio, y el mismo que la había llevado a escapar. Al contrario del resto de maquinas semihumanas lobotomizadas que tanto ansiaban los encargados de defensa, Violeta podía pensar y sentir. No era un instrumento de guerra más.

Se obligó a parar cuando se dio cuenta de que apenas le quedaba un trago en el vaso. Mientras hablaba había perdido la noción del tiempo.

–¿Cómo nos enfrentamos a eso? – preguntó sin demasiado entusiasmo Damian – supongo que esperaras que no le hagamos daño.

–Más le vale a tus chicos que llegue sin un solo arañazo – respondió amenazador – respecto a lo otro… tengo un par de ases en la manga que os vendrán muy bien. Está todo entre la carta y la información del cristal.

–Bueno… ¿Algo más que deba saber?

–No estaréis solos – le explicó Robert –trabajareis codo con codo con el equipo de Bourgh.

Al escucharlo el rostro de Damian palideció.

–¿Está con ellos Alice? – su voz se cargó de gravedad.

–Walther exigió que estuviesen – asintió Robert.

–Mierda… – se quejó

–Damian… – le interrumpió – ¿Recuerdas lo que te dije el día que ella empezó a trabajar con nosotros?

–No pensaba olvidarlo – replicó con rabia

–Ese día ha llegado – respondió triunfante levantando la copa.

Sin cruzar más palabras brindaron y terminaron la bebida de un trago. Tras su pequeño ritual, se dieron la mano y Damian abandonó el despacho con una maliciosa sonrisa en el rostro.

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