Carta Estelar – 6 – Escondidos – Noemia

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6.6 – Noemia

portada_miniEl Encoe LRSR–III era una formidable pieza de ingeniería. Aquel voluminoso rifle de interminable cañón disparaba proyectiles de trece por noventa milímetros a más de dos mil metros por segundo, capaces de impactar con precisión a más de cuatro kilómetros de distancia. Contra lo que pudiese parecer al verlo, no se trataba de un arma pesada. Su metro y medio de longitud apenas alcanzaba los doce kilos descargado. La descomunal fuerza con que disparaba sus proyectiles hacía inútiles la mayoría de las corazas, y aun así el retroceso que experimentaba el usuario era apenas perceptible. Los tiradores más experimentados llegaban a utilizarlo en pie, sin más apoyo que su propia fuerza. El Encoe LRSR–III era, de entre todo el arsenal que poseía Noemia Costa, la joya de la corona. Con aquella arma había segado las vidas de cientos de personas, la mayoría de las cuales nunca llegaron siquiera a saber que corrían peligro. Aquella arma le había salvado la vida en multitud de ocasiones, a ella y a sus compañeros. El único defecto que ensombrecía a esa obra de arte era el mismo que sufre toda la maquinaria de precisión.

Aquel rifle era una pieza muy delicada. Necesitaba de una limpieza regular y una sustitución periódica de sus piezas de desgaste. Su coste de mantenimiento era tal que la mayoría de los ejércitos ni se planteaban utilizarlo. Sobre la mesa de madera descansaba en esos momentos, desmontado, el rifle que seis años antes había viajado a buscar en persona a la sede de industrias Encoe, en Ceres. Noemia sujetaba delicadamente con su mano izquierda, cubierta por un fino guante, una pequeña pinza que sostenía un minúsculo muelle, del que aspiraba las últimas partículas de polvo que quedaban sobre su contorno. Sus pequeñas manos manejaban las diminutas piezas de los diferentes mecanismos del rifle con brillante soltura mientras las ordenaba para proceder a rearmarlo.

Noemia Costa, tiradora de vocación, era la mano derecha de Damian Romeijn, fundador de la compañía Jade. Llevaba casi una década dentro de la compañía de mercenarios y a día de hoy era incapaz de plantearse una vida fuera de ella. De piel morena, no era alta ni nunca había destacado nunca demasiado por su belleza. Su cabello castaño, recogido excepto por dos mechones rebeldes que caían hasta sus ojos, enfatizaba su enorme frente, que junto a sus grandes ojos le daba un aspecto que remitía a las antiguas fantasías sobre invasores extraterrestres. Absorta como estaba en su trabajo, apenas era consciente de lo que ocurría a escasos metros de ella.

Sentados uno a cada lado de una mesa similar a la suya, Zdenko Banik y Demi Raptis se clavaban mutuamente la mirada. Ambos apoyaban el codo sobre la rugosa superficie de la tabla, que les ayudaba a mantenerlo firme, mientras se sus manos se cerraban sobre las de su adversario, tratando de doblegar su fuerza. Sobre la frente de ambos aparecían regueros de sudor, que poco a poco goteaban sobre la mesa, dando indicios acerca del tiempo en que la batalla llevaba estancada. De mandíbula cuadrada y cabeza rapada, Zdenko Banik era una autentica mole de musculo. En su Nýja Kumul natal lo conocían por el poco imaginativo apodo de El Gigante, y acerca de su descomunal fuerza se había escrito una buena cantidad de páginas de sucesos. Todo en su aspecto intimidaba, empezando por su mirada fría y su gesto perpetuamente torcido, continuando por sus interminables hombros que daban paso a dos hinchados brazos que parecía imposible que encajasen en sus muñecas, los extraños tatuajes que teñían su blanca y piel y de los que nadie conocía el significado o su profunda voz, digna de los más oscuros villanos de fantasía.

Para él hacía mucho que aquello no era un trabajo, si es que alguna vez lo había sido. Era su vida, todo lo que conocía y todo lo que era capaz de hacer. En aquel peculiar equipo él era el musculo. El hombre capaz de correr bajo el fuego enemigo, partir un arma con su propia fuerza, inmovilizar a cualquier adversario o de aplastarle el cráneo si se terciaba la ocasión. En aquel peculiar equipo él era la fuerza bruta y eso le gustaba.

Frente a él Demi Raptis a duras penas parecía humana. Su musculatura desarrollada hasta el extremo ridiculizaba a la de cualquier luchador. Combinando eso con su pelo rapado, su demacrada piel, y su grave voz hacían que la mayoría se sintiesen intimidados por el mero hecho de tenerla cerca. Expulsada con deshonor de la infantería de los planetas centrales, había pasado la mayor parte de su vida acarreando lanzallamas, morteros, lanzacohetes y diferentes tipos de ametralladoras. En parte a ellos debía su corpulencia y en parte a ellos su demacrado aspecto.

La competición de fuerza entre ellos se había convertido en un ritual previo a cada misión. Ambos eran incapaces de recordar cuantas veces se habían enfrentado, aunque si el resultado de todas y cada una de ellas: Zdenko había salido vencedor en cada contienda, sin excepción. Ella era la única persona del grupo capaz de enfrentarse a El Gigante, pero aun así nunca había sido capaz de derrotarle. Siempre se lo ponía difícil, siempre conseguía alargar la pugna, pero siempre acababa cediendo. En esta ocasión, cuando llevaban ya más de una hora sentados el uno frente al otro, sin apartarse la mirada, con los brazos temblando por el sobreesfuerzo, la balanza parecía inclinarse por primera vez hacia su lado.

Ellos tres no eran los únicos que se encontraban allí. Junto a la mesa, en pie de brazos cruzados, Guillermo Castro y Nuan Jiang contemplaban el espectáculo. De estatura similar, ambos delgados, de piel clara y cabello oscuro, observaban en silencio la contienda. Incluso las facciones de ambos, al contrario de lo que sus diferentes ascendencias pronosticarían, eran similares. Pero todo su parecido se limitaba al aspecto. Fría y metódica ella, ansioso e impulsivo él, la oficial médico y el explorador eran polos que no podrían ser más opuestos.

–Creo que al fin va ocurrir – rompió el silencio la tenue voz de Guillermo en el oído de su compañera – Al fin va a ganar ella…

–No eches las campanas al vuelo tan rápido –replicó ella sin apartar la vista – Aun queda mucho por jugarse… y no olvides que él nunca ha perdido – terminó tras una una pausa deliberada para dar peso a su frase.

El explorador volvió a centrarse en el enfrentamiento entre las dos moles de musculo que se sentaban delante de ellos, sin poder evitar fijarse en como las fuerzas de ambos empezaban a flaquear.

–Estoy seguro… hoy es el día – se reafirmó

–Vaya, pareces tenerlo muy claro –se rió ella– ¿Hacen doscientos créditos entonces?

–¿Solo doscientos? ¡Quinientos a que ella le derrota!

–Que poco aprecio le tienes al dinero, amigo. De acuerdo, quinientos. ¿Lo habéis oído? – Levantó la voz y se dirigió a Zdenko – Nuestro ludópata personal piensa que esta vez te toca perder. ¿No me harás ese feo, verdad?

–¿Me chuparas la polla? – gruñó El Gigante

–¿No es muy mayor para ti? – Se burló de él Demi – ¿Qué edad tenía la última? ¿Había…?

–Vete a la mierda – respondió con brusquedad – ¿No tienes a nadie esperando para darte por el culo?

–Vaya, me has pillado – le replicó con sorna – ¿Pero sabes una cosa muy curiosa? Será todo consentido… ¿Cuántas…?

Interrumpiendo la frase la puerta de la sala se abrió haciendo visible la figura de su jefe, Damian Romeijn.

–¡Dejado eso ya! Tenemos trabajo que hacer – Ordenó levantando la voz mientras entraba.

–¡Jefe! – Se quejó Guillermo – Espera un momento, que parece que…

–No me importa lo que parezca – dijo mientras separaba el mismo las manos de los dos mercenarios – La Angerona está lista en puerto, partimos en media hora.

– ¿Media hora? No estamos listos para irnos aun – la voz de Nuan sonaba calmada mientras hablaba – Tu chica tiene el rifle desmontado y la mayoría del equipo aun está en el almacén del puerto.

–Por eso tenéis diez minutos para coger lo que necesitéis – explicó Damian – Y os quiero dentro de quince en el almacén ¿Entendido? En quince minutos en el almacén. ¡Más vale que no tenga que esperar por ninguno!

El asentimiento quedó sobreentendido cuando cuatro de los ocupantes de la sala la abandonaron a toda prisa, dejando a solas a Noemia junto con el líder de la compañía. Se acercó a ella en silencio mientras contemplaba como sus pequeñas manos colocaban de nuevo en su sitio las pequeñas piezas que conformaban el sistema de disparo del enorme rifle.

–¿Lo tendrás listo? – Preguntó preocupándose de no levantar la voz – Si necesitas algo más de tiempo podremos…

–Parece que no me conocieses – le interrumpió sin levantar la mirada de la mesa – ¿Diez minutos? Me sobran cinco.

–Esa es mi chica – se inclinó para darle un suave beso en la cabeza para después darse la vuelta y caminar hacia la salida

–¿Qué vamos a hacer esta vez? – preguntó ella antes de que saliese.

–Vamos a recuperar algo que Robert ha perdido… – hizo una pausa mientras se giraba de nuevo hacia ella – y vamos a matar a Alice.

Noemia se detuvo un momento mientras levantaba la cabeza y clavaba la mirada en sus ojos.

–Al fin – suspiró aliviada

–Al fin.

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