Carta Estelar – 7 – Tierra – Meira

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7.1 – Meira

portada_miniCon una fuerte sacudida la Aditi se sumergió en la atmosfera de la Tierra. Casi al instante su casco inferior se tiñó de un vivo rojo, y durante varios segundos las vibraciones hicieron que sus ocupantes temiesen por su integridad. Pero pese a los daños sufridos la nave aguantó, como lo había hecho en sus incontables visitas al planeta azul.

En la cabina, el capitán Duke, sentado junto a Sharp que se esforzaba por mantener la estabilidad de la goleta, realizaba sin parar comprobaciones escribiendo a toda velocidad sobre el panel de mandos mientras daba órdenes a la sala de máquinas a través del intercomunicador. Sentada en la hilera de asientos posterior, con la mirada perdida al otro lado del cristal de protección, Meira trataba de analizar todo lo que había ocurrido. En un día había saltado por los aires todo lo que había tardado años en construir: todos sus sueños y sus planes de futuro no eran más que papel mojado. Todos menos uno. La Tierra en esos momentos parecía un inmenso manto de brillante azul. La luz del sol se veía reflejada con tal intensidad sobre ella que sin la protección de los cristales polarizados habría, con toda seguridad, perdido la vista. El propio sol se situaba frente a ellos en forma de destello blanquecino situado poco por encima del horizonte.

Una nueva sacudida hizo estremecerse la estructura de la vieja goleta mientras llamaradas anaranjadas cubrían los grandes ventanales que rodeaban la cabina entera. La mano de Meira se cerró con fuerza alrededor del reposabrazos de su asiento, casi clavando las uñas en él. Contuvo el aliento mientras escrutaba los rostros del resto de ocupantes de la cabina. Todos se mantenían en calma, para ellos no era más que una maniobra de rutina, todo iba bien. Durante varios minutos el resplandor naranja impidió ver nada de lo que ocurría al otro lado de los cristales. Todo vibraba y las sacudidas se repetían cada pocos segundos, mientras la sensación de caída se acentuaba. Notaba las correas del asiento presionando su pecho y piernas, mientras el estómago parecía a punto de subir tráquea arriba. Pero tan repentinamente como habían aparecido, las turbulencias se esfumaron. Tras unos minutos las convulsiones de la nave cesaron.

Al otro lado de los cristales, aun a varios kilómetros bajo sus pies, se formaba una llanura de tonos azules y blancos que abarcaba hasta donde la vista alcanzaba, bajo un cielo negro como el carbón. La tensión que había sido dueña de Meira hasta ese momento desapareció. Maravillada ante lo que sus ojos contemplaban pegó la cara al cristal. Todo lo que la preocupaba abandonó su mente y solo quedó lugar para la fascinación. Cuando se quiso dar cuenta la nave sobrevolaba el continente de nubes, una autentica tierra sobre la tierra de tonos blancos, grises y anaranjados. De aspecto fantasmal, plagado de montañas de formas imposibles sosteniendo formaciones que, de estar compuestas de roca, caerían provocando cataclismos. Cientos de formaciones unidas en un irregular mosaico de cordilleras y valles, rodeando llanuras y separándolas de inmensos océanos que se alargaban más allá de donde la vista podía distinguir, hasta encontrar una catarata a través de la que precipitarse sobre el abismo. Conforme descendían, las formas se iban haciendo más difíciles de distinguir, acentuándose su textura casi etérea, su inexistente rigidez y su naturaleza gaseosa. Pronto volvió a no poder ver nada por culpa, esta vez, de un espeso manto blanco que cubría cualquier dirección en la que mirase.

Esperó impaciente, sabía lo que vendría a continuación. Llevaba años esperándolo y ahora que casi había llegado el momento le temblaban las manos, se le cortaba el aliento, el corazón parecía a punto de salírsele del pecho. Trató de calmarse, cerró los ojos y respiró profundamente. Solo unos segundos, y cuando de nuevo abrió los ojos lo vio. Un tapiz azul, salpicado esporádicamente de pequeñas motas oscuras, que se extendía en todas direcciones hacia donde la vista podía alcanzar, plagado de regiones doradas allá donde los rayos de luz conseguían atravesar la capa de nubes. Ante sus ojos se presentaba imponente el océano, incomparable a cuantas imágenes había visto o a cuantas narraciones había leído. Poco a poco fueron descendiendo, acercándose a la inmensa masa de agua. Con la cercanía comenzaban a distinguirse las ondulaciones en su superficie, los tonos verdosos de las pequeñas islas perfiladas de arena, los atolones formando lagunas naturales de agua clara, casi celeste. La Aditi volaba a pocos metros sobre el agua atravesando el Océano Pacifico a gran velocidad. Ella no sabía a dónde se dirigían ni que harían cuando llegasen, pero eso de pronto no le importaba. Meira ahora solo era capaz de contemplar lo que tenía ante sus ojos. El ondear de la superficie azulada extendiéndose hacia el infinito, el sol cayendo sobre el horizonte, tan cerca que pronto sería atrapado bajo las aguas, las pequeñas islas cuyos bosques de cuando en cuando modificaban la armonía del conjunto. La belleza de lo que estaba viendo sobrepasaba sus más fantasiosos sueños. Convertía en insultantes las imágenes que durante toda su vida había visto. Durante aquellos momentos su mente no encontraba espacio para preocuparse porque su vida tal y como la conocía se hubiese esfumado en menos de un día. No tenía tiempo para temer por su pasado ni por su futuro. Durante aquellos momentos su mente solo encontraba espacio para la admiración hacia lo que la naturaleza había construido en aquel trozo de roca que durante toda el tiempo había estado esperando, paciente, al otro lado del cristal.

–Bien, señores, ha sido una entrada limpia – anuncio triunfalmente Sharp – No hay indicios de que nadie nos haya seguido ni de que hayan podido trazar nuestra trayectoria.

Al oírlo el capitán emitió un suspiro de alivio.

–Bien hecho amigo – elogió dándole una palmada en el hombro – ¿Cómo lo está llevando la nave?

–Se queja como condenada – el pilotó torció el gesto forzando una mueca de dolor – pero resistirá. Es una buena nave, no nos va a fallar ahora.

–Eso espero, aún tiene un par de viajes más que aguantar. ¿Tienes ahí las coordenadas?

–Veintiún grados, dieciocho minutos Sur, ciento treinta y seis grados, cuarenta y cinco minutos Oeste. En unos minutos habremos llegado.

–Déjanos allí sanos y salvos – bromeó el capitán mientras se levantaba y se acercaba a Meira – Nunca habías bajado ¿Verdad?

Ella, sin apartar la cara del cristal, negó con la cabeza.

–Entonces prepárate, vas a pasar unos cuantos días en el paraíso.

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