Carta Estelar – 7 – Tierra – Nereida

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7.2 – Nereida

portada_miniEspero a que la nave se estabilizara para soltarse las correas. El descenso no había sido tan turbulento como le habían advertido, pero se encontraba muy débil. Durante la reentrada había esperado tumbada en la cama, emocionada, con la mirada fija en el pequeño ojo de buey de la pared. Hacía muchos años de su última visita a la Tierra, demasiados. Demasiados sin sentir la brisa en el rostro, bañarse en el mar o pisar descalza una pradera húmeda por el rocío de la mañana.

Lentamente se incorporó, cuidándose de apoyar todo el peso posible en los brazos. Pese a los calmantes, le ardía el torso entero. Sabía que aún no debía moverse, pero no podía esperar más. Bajo los pies hasta el suelo, despacio, hasta notar un leve escalofrió cuando se apoyaron en la rejilla metálica. Se quedó sentada en el borde de la cama unos segundos. Tras armarse de valor se impulsó con piernas y brazos y se puso en pie. Las fuerzas estuvieron a punto de fallarle, pero consiguió apoyarse en la pared. Sin separarse de esta trató de caminar hasta el ventanuco. Cada paso era un auténtico suplicio, las piernas le vacilaban y el dolor no cesaba. Apenas tenía que avanzar un par de metros, pero le parecieron una eternidad.

Cuando llegó al ojo de buey se apoyó en la silla y fijó la vista al otro lado del cristal. No le costó ni un segundo reconocer el paisaje que sobrevolaba la nave. A pocos metros bajo sus pies las oscuras aguas se arremolinaban, chocando contra la barrera de roca que separaba el océano de la tranquila laguna de agua clara y calmada. En su interior esperaban varias islas, pequeños bosques tropicales rodeados de playas de arena blanca que apenas levantaban unos metros sobre el nivel del mar. Rasgando la superficie de la laguna podía ver aletas, delfines avanzando a toda velocidad, dejando una estela blanca tras de sí, mientras pequeños bancos de peces creaban sombras a su paso. Junto a la nave volaba una bandada de pájaros, planeando apenas unos palmos sobre el agua, preparados para descansar en los árboles que estaban a punto de dejar atrás.

Había sobrevolado el pacifico sur en infinidad de ocasiones. Había aterrizado en muchas de sus islas y se había bañado en muchas de sus playas. Habían pasado muchos años desde entonces, pero no los suficientes para que lo olvidara. No le costó ni un segundo reconocerlo, no tardó ni un segundo en notar un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo, un hormigueo en el pecho. Se le humedecieron los ojos, aquello era como volver a casa, pero no habría nadie para recibirla.

–Si te encuentra así alguno de nuestros médicos vas a tener un problema – la sobresaltó una voz a su espalda – ¿Cómo te encuentras?

Apoyado en el marco de la puerta estaba el capitán de la nave.

–Bueno… bien, supongo… – contestó vacilante

Ensimismada como estaba no había oído el sonido de la puerta al abrirse.

–Te duele todo ¿verdad? – sonrió el capitán acercándose

–La verdad es que apenas puedo moverme, ha sido una odisea llegar hasta aquí.

–No deberías haberte levantado. Mañana estarás mucho mejor, pero hoy tienes que descansar – la rodeo por la cintura con un brazo mientras se pasaba uno de los de ella sobre los hombros – vamos, te ayudo a volver a la cama.

–Gracias…

Con cuidado la llevó de vuelta a la litera y la ayudó a tumbarse.

–Es preciosa ¿verdad? – Comentó señalando con la cabeza en dirección a la ventana – ¿habías bajado alguna vez?

–Hace muchos años… de niña era casi mi segunda casa.

Al escuchar eso el rostro del capitán se tornó en una notoria expresión de sorpresa.

– ¿Bajabas habitualmente? No hay mucha gente que lo haga… salvo contrabandistas y militares.

–Bajaba con mi padre… era piloto de carreras. Tenía permisos para volar y aterrizar en bastantes lugares. Quizá te suene, se llamaba…

–Espera… – le interrumpió. Suavemente le puso la mano bajo la barbilla, levantándole la cabeza y la miró a los ojos durante unos segundos – ¿Eres la pequeña Stark? ¿La hija de Phil Stark?

–Si… si… – respondió casi avergonzada

–Increíble – abrió los brazos en señal de sorpresa – tu padre era una leyenda… tú fuiste la persona más joven en debutar como profesional… luego, tras el accidente… desapareciste del mapa…

–Yo…– titubeó – preferiría no hablar de eso.

–Oh, lo siento –se disculpó rápidamente – supongo que para ti no es fácil.

Durante unos segundos se quedaron en silencio, ella sentada en la cama, el en pie al lado. Pensando en algo que decir mientras trataban de evitarse mutuamente la mirada.

–Bueno, tengo que irme… – anunció Alan entonces – solo venía a ver cómo había ido la reentrada.

Haciendo un rápido gesto con la mano el capitán se despidió de ella, que siguió sentada en la cama, apoyando la espalda contra la almohada.

Hacía mucho tiempo que no pensaba en aquello. Había debutado como profesional a los catorce años, siempre había sido una excelente piloto, había tenido un gran futuro por delante, y lo habían perdido ¿Qué demonios le había pasado?

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