Carta Estelar – 7 – Tierra – Sharp

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7.4 – Sharp

portada_miniLa Aditi se deslizaba velozmente pocos metros sobre las aguas, ágil y silenciosa, rodeando islas, pasando casi a la altura de las copas de los árboles. Manteniéndose por debajo de la velocidad del sonido, su aerodinámica, aun intacta pese a la gran cantidad de parches del casco, junto sus silenciosos motores, hacía que fácilmente pudiese confundirse con la brisa del océano. Lo único que delataría su presencia sería la visión directa de sus doscientas toneladas de metal repartidas en una semielipse de casi sesenta metros de largo y cuarenta de ancho.

Una vez que hubo acabado la maniobra de entrada, con la nave completamente fuera de peligro y estabilizada, Sharp había vuelto a activar el interfaz de voz de la nave.

–Bienvenida de nuevo, pequeña – saludó cariñosamente – siento haber tenido que desactivarte, pero lo que acabas de pasar te habría dolido.

–Activación completada – informó entonces la dulce voz de la nave – Procediendo a comprobación de sistemas.

–Déjalo para más tarde, cuando hayamos aterrizado tendremos tiempo para hacerte una revisión a fondo.

–Anulada comprobación de sistemas. Hay varias alertas de seguridad pendientes…

–Archívalo también para cuando aterricemos, dentro de un ratito estarás descansando sobre la suave arena de una playa tropical.

La nave continuó volando durante algunos minutos, sobrevolando la antiguamente llamada Polinesia Francesa. No tardaron en aparecer sobre el horizonte las siluetas de cuatro pequeños atolones.

–Alcanzaremos las coordenadas de destino en tres minutos – informó Aditi – comenzando deceleración.

Rápidamente Sharp desplegó una pantalla de comunicación y se dispuso a informar al resto de sus compañeros.

–Preparaos para el aterrizaje, en un par de minutos estaremos en tierra.

Conforme las islas parecían aumentar de tamaño, la nave iba desviándose, apuntando hacia la más occidental de las cuatro. El atolón de Tenararo, de apenas un par de kilómetros de diámetro, aparecía ahora nítido ante ella. Una formación casi rectangular de bosque, arena y coral, con una laguna en el centro donde en otro tiempo hubo una isla.

Protegida del océano por la barrera de coral, con una playa casi continúa perfilando el anillo interior y un frondoso bosque de cocoteros en forma de herradura, dejando un paso para que se formasen canales, de apenas un par de palmos de profundidad, uniendo el interior y el exterior del atolón.

En la cabina de la Aditi, Alan e Ida acababan de entrar y observaban la isla a través de los ventanales de la cabina.

– ¿Recordáis donde estaba la pista? – preguntó el capitán

–Qué mala memoria tienes – rió ella mientras tiraba de él – allí está.

En la esquina noroccidental del atolón el bosque parecía mordido, mostrando un espacio de tierra virgen suficientemente grande como para aterrizar una nave.

–Perfecto – sonrió, mientras se dirigía de nuevo fuera de la cabina – Sharp, déjanos en tierra, y saca la trampilla en cuanto nos hayamos posado.

Con una elegante maniobra, la Aditi se situó sobre el terreno despejado y descendió, despacio, mientras desplegaba su tren de aterrizaje, hasta que este se apoyó suavemente sobre la tierra. Unos segundos después, aun con los impulsores encendidos, se abría una compuerta en el lateral, desplegando una pequeña trampilla, por la que inmediatamente bajaron Alan, Ida y Goodey. Con todos en tierra la trampilla volvió a plegarse a su espalda y la compuerta se cerró.

 –Sharp, mantén los motores en marcha hasta que confirmemos que es seguro ¿entendido? – el capitán daba instrucciones a través de un comunicador.

 –Entendido, aunque más vale que lo sea – contestó el piloto – necesitamos repostar o no podremos salir del planeta.

 –Tenemos que tomar precauciones. Espera a que te llame.

 –Tranquilo, seguro que no hay nadie – intervino Goodey – Ya verás cómo podemos arreglar la nave sin problemas, y además pasar unos días en la playa.

Ida les hizo a ambos un gesto de que mantuviesen el silencio, mientras se adelantaba y se acercaba al linde del bosque. Sin separarse fueron comprobando cada centímetro del bosque.

Nadie les esperaba.

–Bueno, ahora solo tenemos que encontrar el almacén – comentó Goodey – ¿Sabéis donde está, verdad? Porque a la vista está claro que no lo dejaron.

–No te preocupes por eso – contesto Ida mientras se acercaba a un viejo tocón en mitad de la maleza – el mecanismo de apertura está aquí mismo.

Se acercaron mientras ella se agachaba y cavaba unos pocos centímetros en la arena.

–Aquí lo tienes John – dijo señalando un pequeño terminal escondido entre las raíces muertas de aquel viejo árbol – haz tu magia.

Goodey se sentó al lado, se arremangó la chaqueta dejando a la vista su terminal de muñeca, y rápidamente se conectó al ordenador que los Hamilton habían instalado allí abajo años antes. Sin mucha dificultad introdujo una sonda, y en apenas dos minutos había obtenido las credenciales para entrar como usuario legítimo. Había sido pan comido, si todos sus sistemas informáticos eran así no le extrañaba que estuviesen en la cárcel.

– ¡Voila! – exclamó triunfante mientras, en el claro, una sección del suelo comenzaba a levantarse dejando a la vista la plataforma de un montacargas.

Sigue leyendo – 7 – Tierra – Maya

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