Carta Estelar – 7 – Tierra – Maya

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7.5 – Maya

portada_miniDesde que varios siglos atrás acabase el Éxodo, la Tierra había sido una reserva natural. Un lugar vetado para la humanidad donde la naturaleza había podido curar sus heridas con tranquilidad. La contaminación de la sociedad industrial, la superpoblación y finalmente la guerra, habían devastado muchos de sus territorios, acabado con gran parte de las especies que la habitaban y cambiado el devenir de la evolución para siempre.

Cuando la humanidad se decidió a abandonarla se hizo un pacto. No importaba cuanto tiempo pasase, no importaba cuán lejos se expandiese la especie. No importaba que formasen grandes imperios o que la raza humana acabase convertida en una estirpe de vagabundos del sistema solar. Pasará lo que pasara la Tierra sería patrimonio de toda la humanidad, ajena a fronteras, a intereses y a conflictos. Pasará lo que pasara nunca sería colonizada de nuevo.

Los únicos habitantes permanentes de la Tierra pasaron a ser algunas comunidades científicas y el Ejército de la Tierra, a las órdenes de la Sociedad de Naciones, integrado por representantes de todas las colonias humanas del sistema. El Ejercito de la Tierra controlaba las entradas y salidas al planeta, vigilando continuamente sus cielos. Para ello contaba con bases y estaciones de radar en todos los continentes, así como una serie de satélites en orbitas bajas. Sus ojos cubrían la práctica totalidad del globo, y sus datos, dada su heterogénea composición, llegaban inmediatamente a los altos mandos de todas las naciones del sistema. Cualquier entrada no autorizada que detectasen generaría casi al instante una investigación y una alarma de bajo nivel desde Mercurio hasta Plutón.

En ese momento no había ninguna en marcha.

Recostada en la butaca de la sala de comunicaciones de la Aurora, atracada en el puerto de la Atalanta, con toda la flota de la Alianza de Planetas Interiores como repetidores de radar y los datos de los radares y patrullas del Ejercito de la Tierra delante de ella, Maya resopló. Tenía a su disposición la mayor red de vigilancia nunca empleada por la humanidad, y no le servía para nada. Millones de naves y satélites, decenas de millones de barridos, miles de millones de ojos, y esa pequeña nave había sido capaz de desaparecer. Solo durante el momento en que abandonó el impulso gravitatorio había aparecido en las pantallas, junto a Ciudad Balcón, durante apenas unos segundos, y un rato después había una posible coincidencia en rumbo de aproximación a la Tierra. Eso era todo lo que tenía.

Ahora lo que quedaba era esperar a que el ordenador cotejara cualquier posible rastro de basura espacial o cualquier señal que hubiese quedado oculta en el ruido de fondo con los datos que tenían de aquella nave. Esperar y confiar en que apareciese algo.

Lentamente se levantó, y caminó hasta la sala común de la nave. En aquellos momentos estaba completamente vacía, todos los demás estaban en la Atalanta. Se acercó a la pequeña cocina que había en una de sus paredes y se preparó una taza de café. Mientras esperaba a que estuviese lista se quedó en pie, apoyada en la pared, con la mirada pérdida. De reojo miró la mesa que había en el centro de la sala, sobre ella había colocado un pequeño terminal de color negro. Ella misma lo había dejado allí. Un terminal militar, totalmente vacío, sin asignar a ningún número de identificación. Cuando su café estuvo listo cogió la taza y se sentó en una de las sillas que había colocadas alrededor de la mesa. Alargó el brazo, se acercó el terminal y lo activó.

–Totalmente vacío… – susurró para sí mientras veía como sobre la pantalla negra se generaba un cuadro de texto – mierda, ¿qué coño estás haciendo?

Apagó el terminal y lo empujó lanzándolo hacia el otro lado de la mesa. Suspiró y comenzó a beberse el café. Bebió despacio, a sorbos pequeños, espaciándolos mucho, mientras pensaba. Pensaba en Roger, pensaba en Alice, pensaba en Robert, en su trabajo, en la chica a la que perseguían. Pensaba en aquellos mercenarios que subirían a la nave en un par de horas. Pensaba en esa tripulación que acababa de jugarse la vida para escapar de ellos. Las cosas se habían complicado, mucho más de lo que ella nunca había imaginado. No en la situación en sí misma, sino dentro de su cabeza. Nada parecía tener sentido como antes lo había tenido. Nada encajaba. Ahora solo quería volver a casa, hablar con Roger, dormir con Roger… y después… después ya pensaría en algo.

Estiró de nuevo el brazo cogiendo el terminal. Iba a volver a casa, no le importaba aquel caso, ni Robert, ni su trabajo. Iba a volver a casa, y después… ya pensaría en algo. Volvió a activar el terminal y vio como sobre la pantalla negra se activaba un cuadro de texto. Estaba haciendo un trabajo que no le importaba, para una gente que no le importaba y por unas razones que no conocía, y estaba dispuesta a remediarlo. Iba a volver a casa, y para asegurarse de ello iba a averiguar qué demonios estaba pasando realmente.

–Aurora – indicó a la nave – avísame si alguien entra en la nave.

Sin esperar la respuesta de la nave se dirigió de nuevo a la sala de comunicaciones mientras escribía en aquel pequeño terminal. Conectándose a la red, usando una señal oculta rebotada en un buen puñado de naves repartidas a lo largo del territorio de la Alianza de Planetas Interiores, recuperó unos cuantos juguetitos que había escondido durante su época de estudiante y comenzó a acondicionarlos para la tarea requerida: asaltar la red personal de Robert Saunders.

Seguir leyendo – 7 – Tierra – Damian

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