Carta Estelar – 8 – Pausa – Alan

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8.1 – Alan

portada_miniA pocos metros de la Aditi se había formado un pequeño corro alrededor de una hoguera sobre la arena. A escasos metros del límite del bosque parte de su tripulación, junto con sus actuales pasajeros, compartían entre risas el ron que John había encontrado en el almacén. Caminó hacia ellos con tranquilidad, a decir verdad necesitaba una copa.

 – ¡Capitán! – Exclamó Goodey al verle acercarse – ¿Vienes a unirte a nosotros? Justo ahora les estaba contando…

–No le hagáis ni caso, es un exagerado – cortó el capitán mientras se sentaba

–… lo de Plutón ¿recuerdas? Cuando Ida se…

– ¡Pero quieres callarte! – le espetó ella sonrojada

– ¡Oh, venga! Es una historia divertidísima – se quejó John – no sé por qué te molesta.

Junto a Goodey, Tom se reía a carcajadas anticipando la historia. La conocía muy bien y adoraba escucharla, cada vez que alguien sacaba el tema se pasaba varios días antes de dejar a Ida en paz. A su lado Meira y Régis hablaban en voz baja, con un oído puesto en la discusión esperando a una resolución. Y al otro lado Nereida estaba en silencio, con la mirada baja, sujetando un vaso de agua, del que bebía pequeños sorbos.

–Está bien, haz lo que te dé la gana – cedió finalmente Ida sirviéndose un vaso de ron y levantándose – pero al menos no te inventes nada como la última vez.

–Está bien, está bien… lo contaré tal y como fue.

Mientras John comenzaba a contar la historia, ella se sentó junto a Alan ofreciéndole un vaso, que aceptó con gusto. Tras un suave brindis apoyó la cabeza en su hombro mientras comenzaba a bebérselo.

–Luego te extrañas de que no te tome en serio cuando me grites “vamos a morir” y cosas así – bromeó el

–Tampoco es necesario que te lo grite, siempre “vamos a morir” – comentó siguiéndole el juego

–Y esta vez parece que en serio…

–No te preocupes capitán, saldremos adelante… siempre tienes suerte – le quitó importancia – todos los tontos la tienen

–Será posible… – fingió escandalizarse – debería degradarte por esto…

– ¿Y a quien pondrías en mi lugar? ¿A John?

–Por ejemplo, John lo haría muy bien.

–Sí, sí por hacerlo muy bien entiendes gastar todo lo que ganemos en burdeles y bebida.

–Al menos nos divertiríamos más. Lamento tener que decírtelo así – trató de sonar serio – pero la mayor parte del tiempo eres un muermo.

–Es parte de mi indefinido encanto personal – contestó ella sonriéndole

–Sí, totalmente indefinido… –replicó levantando la cabeza.

A varias decenas de metros, junto a la orilla, vio una silueta oscura perfilarse frente mar, que brillaba ligeramente reflejando la luna. Una persona, sola, sentada de espaldas a ellos mirando al horizonte.

– ¿No es ese Anton? – preguntó susurrándole a Ida

 –Eso parece – constató tras fijarse unos segundos

 Alan agarró otro vaso y una de las botellas y se puso en pie.

 –Creo que tengo que hacer… ya sabes… cosas de capitán

 – ¿Cosas de capitán? – Se rió Ida – ¿Qué clase de expresión es esa?

 –No te rías del lenguaje de tu capitán o acabaras pasando por la quilla – amenazó

 –Nuestra nave no tiene de eso, y lo sabes

 –Bueno, pues pasaras un día entero escuchando discos de Eifion Waterman, creo que hay varios abajo en el almacén.

 – ¡No serías capaz! Sabes que antes que eso preferiría la muerte

 –Tienes razón, quizá esté siendo demasiado severo… – de pronto pareció volver a la idea que tenía en mente – bueno, tengo que irme. No hagas ninguna locura – señaló a Goodey – le necesitamos vivo para volver a volar.

 –Tranquilo, no lo mataré hasta que hayamos pasado por un taller de verdad – contestó con un gesto de asentimiento.

 Alejándose del grupo, Alan se encaminó hacia la orilla, donde se encontraba Anton.  Se sentó a su lado y llenó los dos vasos que llevaba. Le tendió uno al médico de la nave y simplemente espero en silencio junto a él.

 – ¿Te he contado alguna vez por qué me echaron del ejercito? – se dirigió al fin a él el médico.

 –Alguien murió ¿no? Un pez gordo.

 –Algo así – rió entre dientes – Me cargué a un oficial… a uno de esos a los que les encanta pasarse el día en primera línea chupando cámara. Un maldito héroe…

 Bebió un trago, despacio, vacilante.

 –No está mal… no es del que llevamos en la nave – comentó.

 –John lo ha encontrado en el almacén. No creo que lo echen de menos aquí.

 Dio otro sorbo, largo esta vez, hasta acabarse el vaso.

 –El cabrón se pasaba el día paseándose justo tras la primera línea – continuó contando – siempre acompañado de un puñado de periodistas. Todos le adoraban…

 Dejó el vaso sobre la arena, hundiéndolo ligeramente.

 –Realmente era un desastre. Caía más gente por protegerle a él y a su enjambre de cámaras que en las misiones. Pero era una estrella. Hacía que la gente se alistase y que la prensa hablase bien del ejército, y estaba visto que eso bien valía la vida de un puñado de soldados.

 Se detuvo un momento, mirando al horizonte. Comenzaban a humedecérsele los ojos.

 –Un día apareció herido. Un trozo de metralla clavado en el hombro, nada grave. Entró en la tienda medica acompañado de su sequito, mientras le explicaba a los espectadores lo que acababa de pasar. ¡Todo en directo! Iba a ser algo fácil: sacar unas pocas astillas de metal y cerrar la herida. Lo había hecho cuarenta veces ese mismo día. –Hizo una pausa– En ese momento todo empezó a temblar. Llevábamos días esperando un bombardeo, y estaba empezando. Al principio todo parecía ir bien, pero cuando los misiles empezaron a caer cerca me entró el pánico. Me temblaron las manos y acabé seccionándole una arteria.

Se secó las lágrimas mientras trataba de mantener firme la voz.

–Murió desangrado en un abrir y cerrar de ojos, en directo, delante de millones de personas. Poco después me licenciaron, no querían entre sus filas a quien había matado a un héroe en directo…

Tras terminar se volvieron a quedar en silencio, sentados uno junto al otro. A su espalda seguían oyéndose las risas del resto del grupo. Desde hacía unos minutos las voces de la primer oficial y del ingeniero de la nave se elevaban por encima del resto mientras trataban de entonar algunas viejas canciones.

 –Eres un buen hombre, Anton… – se bebió lo que quedaba en el vaso de un trago y se puso en pie, antes de irse se detuvo junto al médico y le colocó la mano sobre el hombro – y un buen médico. Sin ti muchos de nosotros no estaríamos aquí… con nosotros no tienes nada que demostrar… y ahora deberías venir y acompañarnos antes de que entre Ida y John se beban todo el Ron.

 –Gracias… lo necesitaba.

Levantó su vaso a modo de brindis mientras el capitán se alejaba. Espero un momento con la mirada perdida, y se levantó para unirse a sus compañeros.

Seguir leyendo – 8 – Pausa – Alice

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