Carta Estelar – 6 – Escondidos (Completo)

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6 – Escondidos

portada_mini6.1  Walther & Maya

Walther esperaba en una pequeña salita tomándose una taza de café. Aquel pequeño salón, cómodo y brillantemente iluminado, situado en el ala de estribor de la patrullera, poco tenía que ver con las estancias de su pequeña goleta. De paredes y techo blancos, pequeñas butacas y una mesa en el centro. A un lado tenía una pequeña cocina, y al fondo un enorme marco donde se proyectaba una pantalla. Aunque se tratase de una nave militar, el pasar tanto tiempo lejos de casa le daba derecho a algunos lujos a su tripulación.

Hacía ya un par de horas que habían atracado en la Atalanta, y hasta que Maya no terminase de coordinar los sistemas de la Aurora con los de la patrullera no tendría nada que hacer, salvo pensar. Pensaba en aquella nave que se les había escapado, en su tripulación y en la chica a la que transportaban. Si siguiesen vivos deberían haber tenido ya alguna noticia. Pero en ese momento no era nada en lo que pudiese influir. Se recostó en su butaca y programó el terminal de la sala para que sonase algo de música. No le agradaba demasiado la selección de música disponible. Sin siquiera llegar a terminar la lista accedió a su biblioteca personal y descargó algunas cosas desde su terminal portátil. Mientras empezaban a sonar las primeras notas de arpa de Vyšehrad, el primer poema sinfónico de la obra Má vlast del maestro Bedřich Smetana, Walther cerró los ojos dejando que el mundo se detuviese a su alrededor, dejándose arrastrar por la música.

Apenas había alcanzado la mitad del segundo poema de la obra, Vltava, cuando unos acelerados pasos lo devolvieron a la realidad. Maya entró excitada en la sala, casi corriendo, con la vista fija en un terminal del tamaño de una hoja de papel que manipulaba con presteza.

–Están vivos Walth, esos chalados lo han conseguido. – Fue lo primero que le dijo al entrar – Las lecturas son claras, no hay duda de que son ellos.

Se sentó frente a él y lanzó el terminal deslizándose sobre la mesa hasta donde se encontraba.

–Y lo increíble es donde han aparecido – continuó excitada – Nada menos que al lado de Ciudad Balcón. En  control de tráfico están que se suben por las paredes. No han dejado ni un cuadrante de distancia, y aun así no hay más que lecturas de pasada. Las últimas los colocan en dirección a la Tierra.

–Son listos – Walth esbozó una sonrisa – si consiguen aterrizar sin que les detecten, pueden esconderse allí meses sin que nadie los encuentre. En condiciones normales ni siquiera les buscarían allí.

–Con todos los sistemas desactivados los confundirán con un asteroide o algun trozo de basura espacial…

–No, no lo harán. – Dijo Walther levantándose – ¿De cuándo son las lecturas? ¿Cuánto calculas que tardarán en iniciar la reentrada?

–Eh… depende de donde hayan elegido la ventana de entrada… supongo que en menos de quince o veinte minutos deberían estar listos.

–Perfecto, en una quince hay tiempo de sobra para que les estén esperando. Tengo que hablar con Robert.

Walther abandonó la sala dejando allí a Maya sentada en la mesa. Estiró el brazo para recuperar el terminal y se recostó en la silla leyendo los datos de la pantalla. Veinte minutos parecía una buena estimación, aunque si continuaban con los sistemas desconectados podrían escabullirse fácilmente de la vigilancia. Quizá fuese suficiente para saber al menos en que continente buscar. Volvió a dejarla sobre la mesa y se acercó a la pequeña cocina a prepararse un café. El que tenían allí era algo mejor que el de la Aurora, pero aun así nada especial. No tuvo que esperar ni un minuto a que estuviese preparado y volvió con él a la mesa. Cuando estaba en Ciudad Balcón siempre desayunaba café, Roger se lo preparaba, siempre con un cuadradito de chocolate disuelto en la leche y un poquito de canela. Cuando volviese eso era lo primero que iba a hacer, desayunar, no importaba la hora que fuese. Inspiró profundamente, desde que se había ido todo le recordaba a Roger.

Apartó el café y se acercó a la despensa. Encontró una botella de vino blanco abierta. Le sorprendió encontrarla en una nave militar, pero no le dio muchas vueltas. Se sirvió una copa y volvió a la butaca. Se recostó y comenzó a beber despacio de la copa, sabía que no debería hacerlo, pero en ese momento no le importaba. La música la relajaba, no sabía que era pero la hacía sentirse bien. Cerró los ojos y se dejó llevar. El tiempo comenzó a pasar, despacio, copa tras copa. Definitivamente tendría que preguntarle a Walth que era aquello que sonaba. La hacía sentirse bien, en una extraña paz. Pronto le pareció incluso sentir los brazos de Roger rodeándola, su cálido aliento en el oído… y entonces una voz la sobresaltó.

–¿Bebiendo en horas de servicio, muermo? – le susurró Alice al oído.

Maya dio un respingo, derramando parte de la copa sobre la mesa, mientras se apartaba ligeramente. Tras ella Alice trataba de contener la risa.

–Mierda Alice… ¿¡Por qué no te vas a joder a otro!? Seguro que tienes un par de voluntarios.

–Te sorprendería saber que puedo llegar a querer un descanso tras… – bromeó

–Ahórrame los detalles por favor. ¿Qué coño quieres?

–Necesito un favor – dijo entonces adoptando un tono de seriedad – es muy importante.

–¿Un favor? ¿A ti? – Maya no podía creérselo

–Se que no te gusto una mierda, y tu a mi tampoco te creas que me apasionas, pero esto es importante. – Explicó Alice

–Bien, habla – gruño Maya entre deseos de echarla de una patada – ¿De qué se trata?

–Necesito que entres en la red personal de Saunders…

–¡¿Te has vuelto loca?! – Respondió incrédula – No, es cierto… siempre lo has estado…

–Cállate un segundo. Sé lo que pasaría si nos cogen, pero es importante. ¡Tú misma viste el video! Cualquiera que no esté ciego sabe que no buscamos a una civil. Y ese “comando de apoyo”… Saunders nos ha tirado al pozo sin decirnos que hay en el fondo, y creo que piensa en cortarnos la cuerda. ¡Necesitamos saber a qué nos vamos a enfrentar! Y odio admitirlo… pero sin ti no puedo hacerlo.

Aquella chiflada tenía razón, todo aquello había olido a podrido desde el principio. Apenas tenían información, y lo que Saunders mandaba era un puñado de los mercenarios con un largo historial de masacres a sus espaldas.

–Mierda… lo haré

De pronto Alice saltó hacia ella abrazándola.

–Creía que no lo harías – susurró sonriendo

–No me tientes – gruñó inquieta Maya

–¿Sabes? No entiendo que malgastes ese cuerpo en un tipo al que apenas ves – dijo desplazando su mano izquierda hasta acariciarle la nalga. Maya rápidamente la apartó de sí.

–¡Mierda Alice! He dicho que trabajaré contigo… ni siquiera que me caigas bien.

–De acuerdo – respondió sonriendo burlona – Pero si cambias de opinión… ya sabes dónde estamos.

Mientras se daba la vuelta y abandonaba la sala, Maya se volvió a sentar en la butaca y se llenó la copa de nuevo hasta arriba. Aun no había llegado a rozar el cristal con los labios cuando Alice se detuvo, y se dio la vuelta.

–No sabía que tenías tan buen gusto musical – comentó haciendo un gesto de aprobación, antes de volver a darse la vuelta y marcharse.

Maya sorbió un trago antes de decirse para sí “yo tampoco”. Volvió a recostarse y a cerrar los ojos disfrutando de la bebida y la música. No iba a tener mucho más tiempo para relajarse a partir de ahora.

***

6.2  Meira

Mirándose en el pequeño espejo, que ocupaba la cara interior de la taquilla del camarote, donde se encontraba, Meira se veía extraña.  Había dejado atrás su equipaje, en el carguero, y su ropa, empapada de sangre, corría camino del incinerador. Vistiendo  una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones de loneta beige, amplios y plagados de bolsillos, que Ida le había prestado, apenas se reconocía. Jugueteaba moviendo entre sus dedos una pequeña goma que había encontrado en uno de los bolsillos,  cuando oyó unos golpecitos sobre el marco de la compuerta del camarote. Reparó entonces en que no la había cerrado, y al girarse se encontró a Anton parado en el umbral.

–Eh… espero no molestar – preguntó tímidamente

–No, tranquilo – contestó ella – ¿ocurre algo?

–Solo quería darte las gracias… por lo que hiciste antes… –comenzó avergonzado – si no hubieses estado allí esa chica hubiese muerto…

–No hice nada especial… – negó con la cabeza

–Yo estaba muerto de miedo – la interrumpió – si… si no hubieses estado allí… no sé qué habría hecho… – a cada palabra parecía costarle más hablar

Avanzó dentro del camarote hasta llegar a la cama, para sentarse en el borde

–En… en ningún momento… se me ocurrió que acabábamos de recoger un cargamento…

Meira se colocó en cuclillas frente a él y le cogió las manos.

–Era una situación complicada… todo estaba saliendo mal y… habíamos estado a punto de morir apenas un par de minutos antes – le apretó las manos tratando de tranquilizarle – le habría pasado a cualquiera…

Anton clavó su mirada en sus ojos.

–No, a ti no te ocurrió – la cortó secamente.

Se quedó un momento en silencio mirándola. Meira abrió la boca, pero no dijo nada. En aquel momento no sabía que decir.

–Lo siento – se disculpó él casi de inmediato – no estoy siendo justo… lo siento… es que… no es la primera vez que me ocurre… no… no se… ¿Cómo se afronta algo así? Debería dejarlo… pero es lo único que sé hacer…

Meira notaba como poco a poco le iba sujetando las manos con más fuerza, mientras lentamente dirigía la mirada hacia el suelo.

–Yo… – continuó hablando Anton – debería irme…

Se levantó dirigiéndose de nuevo hacia el pasillo, pero al llegar al umbral se detuvo y se giró de nuevo hacia ella. Parecía querer decir algo, pero no llegaba a empezarlo.

-Sabes que… – negó con los brazos – olvídalo, mejor olvida toda esta conversación.

Sin dejarla decir nada le dio la espalda y se alejó del camarote.

Aun de cuclillas junto a la cama Meira no sabía muy bien cómo reaccionar. Apoyó los brazos sobre el colchón y respiró hondo. Se levantó, sacó del bolsillo la goma que antes había mareado entre sus dedos y se recogió su corta melena rubia con ella. Se miró de nuevo en el espejo, buscando darse ánimos, y unos segundos más tarde abandonó el camarote.

***

6.3 – Nereida

Sobreponiendose a la pereza que la embargaba Nereida abrió los ojos. La luz, aunque tenue, le molestaba. Se encontraba desnuda, cubierta solo por una fina sábana blanca, tumbada en la litera de un camarote de una nave. Ya no estaba en la George Philippar, de eso estaba segura. Aun algo atontada y desorientada, notaba que la nave sonaba diferente. Tenía los músculos entumecidos, le costaba moverse. Se estiró, pero un fuerte pinchazo en el abdomen la detuvo. Entonces lo recordó todo. La herida, el tiroteo, la chica de ojos azules… Giró despacio la cabeza para ver el lugar donde se encontraba. Ella estaba allí, sentada al fondo apoyada contra la pared, en el suelo. Al verla moverse se levantó y se acercó a ella.

–Calma, calma – le dijo con suavidad – aun no deberías moverte. ¿Cómo te encuentras?

–Viva… – respondió con voz apagada – supongo…

Se acercó a ella y le colocó con cuidado la mano en la frente.

–Tienes algo de fiebre. No te preocupes, es una reacción normal al Plasma R. Te traeré algo.

Se dio la vuelta para salir del camarote, pero Nereida la interrumpió estirando el brazo para cogerle la mano.

–Espera… ¿Dónde estoy? ¿Qué nave es esta? – preguntó inquisitiva.

–Estas en la Aditi, una goleta ligera…

–¿Qué ha pasado? – preguntó mirando a la chica a los ojos.

Ella tragó saliva y se sentó despacio en el borde de la litera.

–Veras… – el corazón se le aceleraba solo con empezar a hablar – estábamos robando en el carguero… un cargamento de medicinas. – Explicaba casi tartamudeando – Iba a ser destruido al llegar a puerto… queriamos llevarlo a Europa… Tenía que ser un trabajo fácil, pero… aparecieron varios mercenarios… y después cuando apareciste te hirieron…

Miraba a Nereida a los ojos, las lágrimas empezaban a correrle mejilla abajo.

–Lo siento… de verdad… no tendría que haber sido así… – se disculpó casi sollozando – Luego en la nave… Anton y yo cerramos la herida… En un par de días deberías estar caminando sin ninguna molestia.

La chica le cogió la mano con delicadeza. Hacía mucho tiempo que nadie lo hacía, era agradable.

–De verdad… lo siento – continuaba – Nadie tenía que salir herido… Espera un momento, voy a por algo para la fiebre.

Salió del camarote dejando sola a Nereida.

El camarote era pequeño y sencillo, poco más largo que la litera. Además de está solo había una mesa con una silla a su lado, y un armario a los pies de la litera. Sobre la silla parecía haber algo de ropa doblada. El suelo era el típico suelo de rejilla de las naves de ese tipo. Las paredes grises sin ningún ornamento, salvo un pequeño ojo de buey en una de ellas, junto a la mesa. El techo un conjunto de placas cuadradas que ocultaban un conglomerado de tubos y cables. Aquel camarote parecía más confortable que su compartimento en Navin Tikva.

Mientras esperaba, oía ruidos fuera. Voces que discutían, pasos acelerados y algunos sonidos metálicos. La actividad fuera del camarote era evidente, pero no llegó a ver a nadie pasar frente a la entrada.

La chica no tardo en volver, con un bote de pastillas en una mano y un vaso de agua en la otra.

–Tomate esto, te bajará la fiebre – explicó sentándose en el borde de la camilla.

Nereida trató de incorporarse, pero un nuevo pinchazo la detuvo.

–Espera, deja que te ayude.

Le levantó con suavidad la cabeza mientras se tomaba una de las píldoras. Cuando acabó, la chica recogió el vaso y lo dejó sobre la mesa.

–Ahora tengo que echarle una ojeada a la herida.

Antes de que retirase la sabana Nereida la detuvo, señalando hacia el pasillo.

–¿Puedes… cerrar la puerta?

–¿Eh?… lo siento, es cierto – se disculpó ruborizada.

Cerró la compuerta del camarote y unos segundos después volvió a estar de pie junto a ella. Levantó despacio la sabana dejando a la vista el torso de Nereida. Colocó las manos sobre su abdomen, liso y blanco, y las movió con cuidado sobre su piel, ejerciendo una leve presión.

–Avísame si en algún… si en algún momento te duele –indicó sin ocultar que estaba nerviosa.

Deslizaba las yemas con delicadeza alrededor de la zona del ombligo, causándole un casi imperceptible cosquilleo a su paso. En ningún momento notó dolor.

–Bien… ahora… voy a presionar un poco más fuerte

Espero aun unos segundos después de decirlo, antes de hundir despacio la piel bajo sus dedos apenas un centímetro. Un nuevo pinchazo hizo que el cuerpo de Nereida temblase por un instante, mientras su rostro esbozaba un ligero gesto de dolor.

–Solo será un poco más.

Despacio llevó a cabo el mismo recorrido, de nuevo alrededor del ombligo.

–Todo… todo parece estar bien. Mañana deberías estar caminando, y en unos días deberían desaparecer las molestias – Vaciló un momento antes de volver a cubrirla con la sábana – Ahora tengo que irme, tenemos una reunión para decidir qué vamos a hacer ahora… bueno, cuando tengamos algo te lo contaré… eh… –se dio la vuelta y cogió la ropa que había en la silla – Aquí tienes algo de ropa… es algo grande, pero creo que servirá… no hay mucho en la nave.

Le tendió una gruesa camiseta blanca, unos largos pantalones de trabajo y ropa interior.

Nereida despacio se incorporó, quedando de nuevo descubierta de cintura para arriba, y comenzó a ponerse la camiseta torciendo el gesto por los reiterados pinchazos que notaba en el estomago.

–Eh… ¿necesitas ayuda? – preguntó nerviosa, apartando la vista del pecho desnudo de Nereida

–No… podré vestirme sola – replicó cortante Nereida

–Si… si… vale.

–Ahora somos fugitivos, ¿no? – preguntó entonces Nereida.

–Eh… – la pregunta la pillaba desprevenida – pues… la verdad es que… creo que… no sé si saben que nave robó en el carguero.

–Fantástico… – replicó disgustada antes de susurrar – es lo que me faltaba…

–Bueno, tengo que irme –  anunció, parecía querer salir de allí a toda costa.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta.

–Espera un momento… – la interrumpió antes de que saliese – Me llamo Nereida Stark

–Meira, Meira Lenz – se presentó, esbozando forzando una ligera sonrisa.

–Gracias… –dijo, suavizando el tono – Gracias por salvarme la vida…

***

6.4 – Meira & Sharp

En cuanto cerró la puerta del camarote, Meira se apoyó contra la pared y trató de tranquilizarse. Estaba a punto de echarse a llorar otra vez. ¿En qué demonios estaba pensando al empezar todo eso? No solo había conseguido que casi matasen a esa chica, sino que la había convertido en una fugitiva, a ella, a Régis y a todos. Cerró los ojos y respiró hondo antes de volver a caminar. No pudo evitar derramar dos pequeñas lágrimas, que rápidamente recorrieron sus mejillas antes de que pudiese limpiarlas.  Con paso vacilante avanzó a través del pasillo en dirección a la cabina. Todos debían estar ya allí.

Al cruzar la sala común se encontró a Régis esperándola. Sin siquiera dejarle hablar, Meira le hizo un gesto de negación.

–Ni te atrevas a decirme nada – le espetó mientras pasaba de largo.

–No, espera… – la detuvo, agarrándola del brazo – solo quería… pedirte disculpas.

Tiró de ella con suavidad acercándola.

–No sé lo que me ocurrió – continuó – perdí los nervios completamente… espero que puedas perdonarme.

Ambos se quedaron mirando el uno al otro, en silencio. Lentamente Meira esbozó una pequeña sonrisa, y se lanzó sobre él, abrazándolo. El la estrechó entre sus brazos, acariciándole suavemente el cuero cabelludo con la yema de los dedos, y la besó en la frente con suavidad.

–Gracias… – susurró ella – gracias…

Cuando se separaron de nuevo, Régis sacó un pañuelo perfectamente doblado de su bolsillo y le secó las lágrimas. La cogió de la mano y la guió despacio hacia el pasillo que llevaba hasta la cabina de la nave.

–Vamos, ya deben haber empezado.

Cuando llegaron al puente, la tripulación ya se encontraba reunida. Goodey y Tom parecían tremendamente excitados, mientras el resto discutían sobre donde podrían hacer aterrizar la nave.

–…además de eso necesitamos que sea un lugar donde podamos repostar la nave – hablaba el capitán, haciendo caso omiso a su llegada – ¿Alguno de nuestros viejos escondites sigue en pie?

–Alejado de las bases solo se me ocurre nuestra vieja pista en Kazajstan… – Sharp hablaba despacio, tratando de exprimir su memoria –  hace demasiado que no visitamos ninguno.

–No, la pista Kazaja no sirve – le corrigió Ida – La última vez lo derribamos todo para no dejar pistas, allí solo quedan arena  y escombros.

–Pues para llegar al resto necesitaremos al menos una autorización de entrada en el planeta, imposible colarnos, demasiada vigilancia –Sharp no parecía muy convencido de todo aquello– y sospecho que esta vez no nos la van a conceder.

En ese momento Goodey se puso en pie, interrumpiéndoles, y comenzó a hablar agitando fuertemente los brazos.

–¡Pero chicos! ¿Qué es toda esta negatividad? ¡Acabamos de hacer historia! ¡Deberían sacarnos en las noticias y celebrar  nuestra hazaña!

–John, todos nos alegramos de haberlo conseguido, pero no creo que eso nos vaya a sacar de esto – le cortó el capitán.

–Un momento, me he perdido ¿Qué ha pasado? – preguntó entonces Régis

–¿Es que no te has enterado, chaval? ¡El salto! – Goodey no paraba de gesticular mientras hablaba

–Si, me di cuenta, algo fallaba… fue… muy brusco…

–¿Algo fallaba? ¿Brusco? ¡Pero por el Gran Éxodo! ¡Fue una obra de arte! ¿No te diste cuenta verdad? ¡Lo hicimos a ciegas!

–¡¿Qué?! – la piel de Régis de pronto se tornó tan blanca como el papel, mientras sus manos empezaban a temblar.

Goodey se adelantó y le cogió por los hombros.

–Cálmate chico, ya está hecho. ¡A que nunca imaginaste que vivirías algo así!

–John, centrémonos – interrumpió de nuevo el capitán – tenemos que encontrar un lugar donde aterrizar, y rápido.

–Está bien, está bien, capi – contestó dándose la vuelta – Ya lo dejo.

–Eh… esto… – trató de hacerse un hueco tímidamente Anton – creo que estamos enfocándolo mal.

–¿Qué quieres decir? – pregunto intrigado Sharp.

–Pues… creo que deberíamos olvidarnos de nuestros escondites – explicó – ¿Cuál es la zona con menor vigilancia del planeta?

–Una entrada sobre el pacifico sur sería lo más sencillo – le siguió el juego Sharp – alejados de los continentes.

–¿Y no conocemos ningún escondite en esa zona? Alguno de nuestros colegas debe tener alguna base oculta en alguna isla ¿no? – miraba fijamente hacia Tom.

–Pues… si… algunos de mis contactos tienen escondites allí – comentó nervioso, al sentirse centro de atención – pero si no puedo comunicarme con ellos no tendremos las claves de acceso.

–¡Idiota! ¿Es que no me has visto trabajar? – se exaltó Goodey– Al lado de lo del carguero abrir un par de portones está chupado.

–Ya has visto como salió lo del carguero… – criticó despectivamente Tom – Preferiría salir vivo de esto.

–¡Como si algo de eso hubiese sido culpa mía! – Se quejó airadamente Goodey – Jefe, no puedo trabajar en estas condiciones de escepticismo extremo ¡Necesito algo de confianza!

–Calmaos todos – intervino Alan – ¿Qué puedes darme que nos sirva?

–Bueno… está la pista de Vairaatea, aunque no tengo claro que haya combustible… también está el escondite de los Hamilton, aunque creo recordar que los han pillado…

–Espera – le detuvo Ida – recuerdo el juicio, los pillaron pero no llegaron a revelar la localización de sus escondites. ¿No trabajamos con ellos poco antes?

–Es cierto – hizo memoria Sharp – acostumbraban a mantener un buen numero de recambios, y combustible suficiente para un par de meses en el espacio. Con un poco de suerte seremos los primeros en visitarlo…

–Bien… no es que me guste robar a los compañeros de profesión – enunció el capitán – pero parece nuestra mejor opción. Aterrizaremos ahí, reparamos el casco, nos aprovisionamos y partimos hacia Europa. Llegaremos con algo de retraso, pero llegaremos.

–¡¡Capitán!! – Saltó de su asiento Tom – ¿Europa? ¿Después de esto? ¡¡Deberíamos escondernos durante meses!!

–Tom, tenemos un trato que cumplir – negó Alan

–¡¿Pero se ha vuelto usted loco?!

–Aun soy el capitán – contestó sin levantar la voz – así que se harán las cosas a mi manera.

–¡Mierda! – Se puso en pie lanzándole una mirada de odio a Meira – ¡Este maldito asunto nos va a matar a todos!

Abandonó la cabina propinándole un poco disimulado empujón a Meira, y se perdió al fondo del pasillo. Alan en ese momento se dirigió a Régis y a ella.

–El descenso va ser movido, apagaremos todo lo que sea posible para evitar ser detectados, y eso incluye el generador de gravedad. Avisad a nuestra invitada, y ayudad a Anton a fijar todo lo que sea posible en la enfermería. No podemos permitirnos perder el poco equipo que tenemos.

Asintiendo con la cabeza los tres abandonaron la cabina sin hacer objeciones.

–Capitán… no es que me guste ponerme negativo – intervino Goodey una vez que se hubieron alejado – pero todo eso de aterrizar y luego seguir con el plan previsto no soluciona el problema real que tenemos.

–Lo sé, John – contestó – Una vez que estemos en tierra quiero que tu e Ida reviséis a conciencia el cargamento. Quiero saber qué demonios hemos cogido.

–¿No cree que pudo haber sido simplemente una trampa? – preguntó Sharp

–¿Para cogernos a nosotros? Imposible – negó Goodey  – No estamos en las listas, además a los piratas de nuestro nivel se los derriba sin miramientos.

–Tiene razón – afirmo el capitán – esa patrullera parecía querer capturarnos vivos. Llevamos algo que buscan.

–¿Y qué hacemos entonces con los demás? – preguntó Ida – No deberíamos perderles de vista.

–Los mantendremos ocupados, lejos de la bodega. Ya se me ocurrirá algo – completó Alan

Tras la charla Ida y John abandonaron también la cabina dejando solos al capitán y el piloto. Alan se acomodó en el asiento del navegante y comenzó a realizar los cálculos de la reentrada.

–Tendremos una ventana limpia en unos veinte minutos – informó unos minutos después – ahí tienes la trayectoria.

–Uff… es un poco durilla… Adi va a necesitar algo más que un par de parches después de esto. Nos vamos a quedar ahí abajo un buen puñado de días.

–No te preocupes, si sobrevivimos a esto te compraré una nave nueva – prometió con sarcasmo

–Sabes que no quiero una nave nueva – respondió – me gusta esta. Deberíamos cuidarla más.

Sin más dilación colocó la nave dentro de la trayectoria de entrada, lanzándola sobre el Planeta Azul.

***

6.5 – Robert

Le encantaba el sonido del hielo rompiéndose mientras era bañado por el licor que caía de la botella. Sobre la mesa descansaban dos vasos, con un cubo de hielo cada uno en su interior, parcialmente llenos de un whisky recién sacado de su reserva personal. A Robert le gustaba tratar bien a sus invitados, más aun cuando se trataba de gente en quien podía confiar. Aunque esa no era la única razón de que decidiese darse ese capricho. Momentos antes de acudir a su pequeña despensa había terminado una charla con el mismísimo Secretario de Defensa de la Alianza. Un militar corto de miras y falto de templanza. Desde que aquella nave había desaparecido, había entrado en un estado de pánico continuo completamente inaguantable. Ya en condiciones normales detestaba tratar con los estamentos oficiales, y hoy poco había faltado para que le sacaran de sus casillas. Si la reunión hubiese tenido lugar en persona seguramente lo habría hecho.

Sin esperar la entrada de su invitado dio un pequeño sorbo a uno de los dos vasos. Adoraba el leve perfume que suavemente se introducía en sus cavidades nasales, impregnado de esencias frutales, y su intenso sabor, con un leve regusto a madera. Disfrutar de un buen blend, elaborado a la antigua usanza, era un placer del que nunca se cansaría. Aquel Mysie, del Ishtar Terra, se encontraba entre sus favoritos.

Tras posar el vaso de nuevo sobre la mesa, su secretaria dio paso al hombre a quien estaba esperando. Vestido completamente de negro su fiel mano derecha, Damian Romeijn, cruzó el despacho hasta la butaca que descansaba al otro lado de la mesa de Robert y tomó asiento.

–¿Qué hay, viejo amigo? – Saludó acercándole el vaso al recién llegado – ¿Listo para salvarme el cuello una vez más?

–Para tus trabajos nunca se está listo – sonrió mientras aceptaba la ofrenda de su anfitrión.

Damian llevaba más de diez años trabajando con él. Inicialmente había sido su compañero, más tarde su guardaespaldas y finalmente su mano derecha en lo que concernía a las tareas físicas. Había sido hace alrededor de veinte años el fundador de la Compañía Jade, y a día de hoy seguía siendo su mejor efectivo. Podría haber dirigido la compañía, pero sentarse en una oficina nunca había sido lo suyo.

–Es uno de tus proyectos lo que está matando a mis hombres ¿Verdad? – preguntó tras el primer sorbo a la bebida

–Lo es – respondió con calma Robert.

–¿Hasta qué punto es peligroso?

–Más de lo que lo ha sido ninguno… – hablaba con franqueza, como no lo había hecho con nadie en bastante tiempo

–Vaya, eso no suena bien… – la voz de Damian denotaba preocupación – nada bien.

–Pero eso es solo si no se va preparado – Robert esbozó entonces una amplia sonrisa – Sabes que nunca dejo suelto a un perro sin antes preparar un bozal.

Ambos brindaron, acordándose de las anteriores operaciones que habían realizado juntos. Cada una mayor que la anterior, cada vez más cerca del filo de la navaja, siempre saliendo airosos. Esta vez la escala era menor de lo acostumbrado, pero no podía decir lo mismo del riesgo personal.

Llevando la mano hasta el bolsillo interior de su chaqueta, Robert extrajo un pequeño sobre. Jugueteo con él unos instantes, antes de entregárselo a su invitado.

–Aquí tienes, los detalles de la misión.

Damien abrió con cuidado el sobre y, sorprendido, extrajo de él una hoja de papel escrita a mano.

–¿Y esto?

–En el fondo del sobre hay un cristal de datos con las instrucciones generales. Pero hay cosas que no puedo correr el riesgo de que aparezcan en un terminal. Tú y yo sabemos lo fácil que es acceder a ellos.

Al oírle, el rostro de su amigo se iluminó repentinamente.

–Ni siquiera Walther está al tanto de esto ¿verdad?

–No, no lo está, y así debe seguir.

Antes de continuar hablando, su amigo echó una ojeada a las primeras líneas escritas.

–Este “Codigo 14”… ¿De qué estamos hablando exactamente?

–Es la perfección…

Robert hablaba despacio, ensimismado. Relataba apasionadamente las proezas que su Violeta era capaz de llevar a cabo. No se trataba solo de fuerza, velocidad o resistencia. No solo del manejo de cualquier arma, del tipo que fuese. No solo de una capacidad de aprendizaje sin igual, ni de su dominio sobre el manejo de cualquier tecnología. Todo eso, en mayor o menor medida, podía hacerlo cualquier soldado de su serie. No, no era nada de eso lo que la volvía especial. Lo que había hecho que fuese diferente era la conciencia. Violeta, al contrario que el resto de proyectos con que trabajaban, poseía sentido del yo. Al contrario del resto de proyectos con que trabajaban, poseía intuición. Al contrario del resto de proyectos con que trabajaban, poseía imaginación. Lo que hacía que fuese diferente era que, al contrario que el resto de proyectos con que trabajaban, Violeta era genuinamente humana… era aun más que humana.  Ese era el don que Robert le había otorgado. El mismo que la había llevado a sufrir en su cautiverio, y el mismo que la había llevado a escapar. Al contrario del resto de maquinas semihumanas lobotomizadas que tanto ansiaban los encargados de defensa, Violeta podía pensar y sentir. No era un instrumento de guerra más.

Se obligó a parar cuando se dio cuenta de que apenas le quedaba un trago en el vaso. Mientras hablaba había perdido la noción del tiempo.

–¿Cómo nos enfrentamos a eso? – preguntó sin demasiado entusiasmo Damian – supongo que esperaras que no le hagamos daño.

–Más le vale a tus chicos que llegue sin un solo arañazo – respondió amenazador – respecto a lo otro… tengo un par de ases en la manga que os vendrán muy bien. Está todo entre la carta y la información del cristal.

–Bueno… ¿Algo más que deba saber?

–No estaréis solos – le explicó Robert –trabajareis codo con codo con el equipo de Bourgh.

Al escucharlo el rostro de Damian palideció.

–¿Está con ellos Alice? – su voz se cargó de gravedad.

–Lo siento – asintió Robert– Walther exigió que estuviesen.

–Mierda… – se quejó

–Damian… – le interrumpió – ¿Recuerdas lo que te dije el día que ella empezó a trabajar con nosotros?

–No pensaba olvidarlo – replicó con rabia

–Ese día ha llegado.

Sin cruzar más palabras brindaron y terminaron la bebida de un trago. Tras su pequeño ritual, se dieron la mano y Damian abandonó el despacho con una maliciosa sonrisa en el rostro.

***

6.6 – Noemia

El Encoe LRSR–III era una formidable pieza de ingeniería. Aquel voluminoso rifle de interminable cañón disparaba proyectiles de trece por noventa milímetros a más de dos mil metros por segundo, capaces de impactar con precisión a más de cuatro kilómetros de distancia. Contra lo que pudiese parecer al verlo, no se trataba de un arma especialmente pesada. Su metro y medio de longitud apenas alcanzaba los doce kilos descargado. La descomunal fuerza con que disparaba sus proyectiles hacía inútiles la mayoría de las corazas, y aun así el retroceso que experimentaba el usuario era prácticamente inexistente. Los tiradores más experimentados llegaban a utilizarlo en pie, sin más apoyo que su propia fuerza. El Encoe LRSR–III era, de entre todo el arsenal que poseía Noemia Costa, la joya de la corona. Con aquella arma había segado las vidas de cientos de personas, la mayoría de las cuales nunca llegaron siquiera a saber que corrían peligro. Aquella arma le había salvado la vida en multitud de ocasiones, a ella y a sus compañeros. El único defecto que ensombrecía a esa obra de arte era el mismo que sufre toda la maquinaria de precisión.

Aquel rifle era una pieza muy delicada. Necesitaba de una limpieza regular y una sustitución periódica de sus piezas de desgaste. Su coste de mantenimiento era tal que la mayoría de los ejércitos ni se planteaban utilizarlo. Sobre la mesa de madera descansaba en esos momentos, desmontado, el rifle que seis años antes había viajado a buscar personalmente a la sede de industrias Encoe, en Ceres. Noemia sujetaba delicadamente con su mano izquierda, cubierta por un fino guante, una pequeña pinza que sostenía un minúsculo muelle, del que  aspiraba las últimas partículas de polvo que quedaban sobre su contorno. Sus pequeñas manos manejaban las diminutas piezas de los diferentes mecanismos del rifle con brillante soltura mientras las ordenaba para proceder a rearmarlo.

Noemia Costa, tiradora de vocación, era la mano derecha de Damian Romeijn, fundador de la compañía Jade. Llevaba casi una década dentro de la compañía de mercenarios y a día de hoy era incapaz de plantearse una vida fuera de ella. De piel morena, no era especialmente alta ni nunca había destacado nunca demasiado por su belleza. Su cabello castaño, recogido excepto por dos mechones rebeldes que caían hasta sus ojos, enfatizaba su enorme frente, que junto a sus grandes ojos le daba un aspecto que remitía a las antiguas fantasías sobre invasores extraterrestres. Absorta como estaba en su trabajo, apenas era consciente de lo que ocurría a escasos metros de ella.

Sentados uno a cada lado de una mesa similar a la suya, Zdenko Banik y Demi Raptis se clavaban mutuamente la mirada. Ambos apoyaban el codo sobre la rugosa superficie de la tabla, que les ayudaba a mantenerlo firme, mientras se sus manos se cerraban sobre las de su adversario, tratando de doblegar su fuerza. Sobre la frente de ambos aparecían regueros de sudor, que lentamente goteaban sobre la mesa, dando indicios acerca del tiempo en que la batalla llevaba estancada. De mandíbula cuadrada y cabeza rapada, Zdenko Banik era una autentica mole de musculo. En su Nýja Kumul natal lo conocían por el poco imaginativo apodo de El Gigante, y acerca de su descomunal fuerza se había escrito una buena cantidad de páginas de sucesos. Todo en su aspecto intimidaba, empezando por su mirada fría y su gesto perpetuamente torcido,  continuando por sus interminables hombros que daban paso a dos hinchados brazos que parecía imposible que encajasen en sus muñecas, los extraños tatuajes que teñían su blanca y piel y de los que nadie conocía el significado o su profunda voz, digna de los más oscuros villanos de fantasía.

Para él hacía mucho que aquello no era un trabajo, si es que alguna vez lo había sido. Era su vida, todo lo que conocía y todo lo que era capaz de hacer. En aquel peculiar equipo él era el musculo. El hombre capaz de correr bajo el fuego enemigo, partir un arma con su propia fuerza, inmovilizar a cualquier adversario o simplemente aplastarle el cráneo. En aquel peculiar equipo él era la fuerza bruta, y eso le gustaba.

Frente a él, Demi Raptis a duras penas parecía una mujer. Su extremadamente desarrollada musculatura rivalizaba con la de cualquier luchador. Combinando eso con su pelo rapado, su demacrada piel, y su grave voz hacían que para muchos fuese difícil  identificar en un primer momento su género. Expulsada con deshonor de la infantería de los planetas centrales, había pasado la mayor parte de su vida acarreando lanzallamas, morteros, lanzacohetes y diferentes tipos de ametralladoras. En parte a ellos debía su corpulencia, y en parte a ellos su demacrado aspecto.

La competición de fuerza entre ellos se había convertido en un ritual previo a cada misión. Ambos eran incapaces de recordar cuantas veces se habían enfrentado, aunque si el resultado de todas y cada una de ellas: Zdenko había salido vencedor en cada contienda, sin excepción. Ella era la única persona del grupo capaz de enfrentarse a El Gigante, pero aun así nunca había sido capaz de derrotarle. Siempre se lo ponía difícil, siempre conseguía alargar la pugna, pero siempre acababa cediendo. En esta ocasión, cuando llevaban ya más de una hora sentados el uno frente al otro, sin apartarse la mirada, con los brazos temblando por el sobreesfuerzo, la balanza parecía inclinarse por primera vez hacia su lado.

Ellos tres no eran los únicos que se encontraban allí. Junto a la mesa, en pie de brazos cruzados, Guillermo Castro y Nuan Jiang contemplaban el espectáculo. De estatura similar, ambos delgados, de piel clara y cabello oscuro, observaban en silencio la contienda. Incluso las facciones de ambos, contrariamente a lo que sus diferentes orígenes pronosticarían, eran similares. Pero todo su parecido se limitaba al aspecto.  Fría y metódica ella, ansioso e impulsivo él, la oficial médico y el explorador eran polos totalmente opuestos.

–Creo que al fin va ocurrir – rompió el silencio la tenue voz de Guillermo en el oído de su compañera – Al fin va a ganar ella…

–No eches las campanas al vuelo tan rápido –replicó ella sin apartar la vista – Aun queda mucho por jugarse, y no olvides que él nunca ha perdido.

El explorador volvió a centrarse en el enfrentamiento entre las dos moles de musculo que se sentaban delante de ellos, sin poder evitar fijarse en como las fuerzas de ambos empezaban a flaquear.

–Estoy seguro… hoy es el día – se reafirmó

–Vaya, pareces tenerlo muy claro –se rió ella– ¿Hacen doscientos créditos?

–¿Solo doscientos? ¡Quinientos a que ella le derrota!

–Que poco aprecio le tienes al dinero, amigo. De acuerdo, quinientos. ¿Lo habéis oído? – Levantó la voz y se dirigió a Zdenko – Nuestro ludópata personal piensa que esta vez te toca perder. ¿No me harás ese feo, verdad?

–¿Me chuparas la polla? – gruñó El Gigante

–¿No es muy mayor para ti? – Se burló de él Demi – ¿Qué edad tenía la última? ¿Había…?

–Vete a la mierda – respondió con brusquedad – ¿No tienes a nadie esperando para darte por el culo?

–Vaya, me has pillado – le replicó – ¿Pero sabes una cosa muy curiosa? Será todo consentido… ¿Cuántas…?

Interrumpiendo la frase la puerta de la sala se abrió haciendo visible la figura de su jefe, Damian Romeijn.

–¡Dejado eso ya! Tenemos trabajo que hacer – Ordenó levantando la voz mientras entraba.

–¡Jefe! – Se quejó Guillermo – Espera un momento, que parece que…

–No me importa lo que parezca – dijo mientras separaba el mismo las manos de los dos mercenarios – La Angerona está lista en puerto, partimos en media hora.

– ¿Media hora? No estamos listos para irnos aun – la voz de Nuan sonaba calmada mientras hablaba – Tu chica tiene el rifle desmontado y la mayoría del equipo aun está en el almacén del puerto.

–Por eso tenéis diez minutos para coger lo que necesitéis – explicó Damian – Y os quiero dentro de quince en el almacén ¿Entendido? En quince minutos en el almacén. ¡Más vale que no tenga que esperar por ninguno!

El asentimiento quedó sobreentendido cuando cuatro de los ocupantes de la sala la abandonaron a toda prisa, dejando a solas a Noemia junto con el líder de la compañía. Se acercó a ella en silencio mientras contemplaba como sus pequeñas manos colocaban de nuevo en su sitio las pequeñas piezas que conformaban el sistema de disparo del enorme rifle.

–¿Lo tendrás listo? – Preguntó preocupándose de no levantar la voz – Si necesitas algo más de tiempo podremos…

–Parece que no me conocieses – le interrumpió sin levantar la mirada de la mesa – ¿Diez minutos? Me sobran cinco.

–Esa es mi chica – suavemente la besó en la cabeza para después darse la vuelta y caminar hacia la salida

–¿Qué vamos a hacer esta vez? – preguntó ella antes de que saliese.

–Vamos a recuperar algo que Robert ha perdido… – hizo una pausa mientras se giraba de nuevo hacia ella – y vamos a matar a Alice.

Noemia se detuvo un momento mientras levantaba la cabeza y clavaba la mirada en sus ojos.

–Al fin – suspiró aliviada

–Al fin.