Carta Estelar – 7 – Tierra (Completo)

Carta Estelar – Índice

7 – Tierra

portada_mini7.1 – Meira

Con una fuerte sacudida la Aditi se sumergió en la atmosfera de la Tierra. Casi al instante su casco inferior se tiñó de un vivo rojo, y durante varios segundos las vibraciones hicieron que sus ocupantes temiesen por su integridad. Pero pese a los daños sufridos la nave aguantó, como lo había hecho en sus incontables visitas al planeta azul.

En la cabina, el capitán Duke, sentado junto a Sharp que se esforzaba por mantener la estabilidad de la goleta, realizaba sin parar comprobaciones escribiendo a toda velocidad sobre el panel de mandos mientras daba órdenes a la sala de máquinas a través del intercomunicador. Sentada en la hilera de asientos posterior, con la mirada perdida al otro lado del cristal de protección, Meira trataba de analizar todo lo que había ocurrido. En un día había saltado por los aires todo lo que había tardado años en construir: todos sus sueños y sus planes de futuro no eran más que papel mojado. Todos menos uno. La Tierra en esos momentos parecía un inmenso manto de brillante azul. La luz del sol se veía reflejada con tal intensidad sobre ella que sin la protección de los cristales polarizados habría, con toda seguridad, perdido la vista. El propio sol se situaba frente a ellos en forma de destello blanquecino situado poco por encima del horizonte.

Una nueva sacudida hizo estremecerse la estructura de la vieja goleta mientras llamaradas anaranjadas cubrían los grandes ventanales que rodeaban la cabina entera. La mano de Meira se cerró con fuerza alrededor del reposabrazos de su asiento, casi clavando las uñas en él. Contuvo el aliento mientras escrutaba los rostros del resto de ocupantes de la cabina. Todos se mantenían en calma, para ellos no era más que una maniobra de rutina, todo iba bien. Durante varios minutos el resplandor naranja impidió ver nada de lo que ocurría al otro lado de los cristales. Todo vibraba y las sacudidas se repetían cada pocos segundos, mientras la sensación de caída se acentuaba. Notaba las correas del asiento presionando su pecho y piernas, mientras el estómago parecía a punto de subir tráquea arriba. Pero tan repentinamente como habían aparecido, las turbulencias se esfumaron. Tras unos minutos las convulsiones de la nave cesaron.

Al otro lado de los cristales, aun a varios kilómetros bajo sus pies, se formaba una llanura de tonos azules y blancos que abarcaba hasta donde la vista alcanzaba, bajo un cielo negro como el carbón. La tensión que había sido dueña de Meira hasta ese momento desapareció. Maravillada ante lo que sus ojos contemplaban pegó la cara al cristal. Todo lo que la preocupaba abandonó su mente y solo quedó lugar para la fascinación. Cuando se quiso dar cuenta la nave sobrevolaba el continente de nubes, una autentica tierra sobre la tierra de tonos blancos, grises y anaranjados. De aspecto fantasmal, plagado de montañas de formas imposibles sosteniendo formaciones que, de estar compuestas de roca, caerían provocando cataclismos. Cientos de formaciones unidas en un irregular mosaico de cordilleras y valles, rodeando llanuras y separándolas de inmensos océanos que se alargaban más allá de donde la vista podía distinguir, hasta encontrar una catarata a través de la que precipitarse sobre el abismo. Conforme descendían, las formas se iban haciendo más difíciles de distinguir, acentuándose su textura casi etérea, su inexistente rigidez y su naturaleza gaseosa. Pronto volvió a no poder ver nada por culpa, esta vez, de un espeso manto blanco que cubría cualquier dirección en la que mirase.

Esperó impaciente, sabía lo que vendría a continuación. Llevaba años esperándolo y ahora que casi había llegado el momento le temblaban las manos, se le cortaba el aliento, el corazón parecía a punto de salírsele del pecho. Trató de calmarse, cerró los ojos y respiró profundamente. Solo unos segundos, y cuando de nuevo abrió los ojos lo vio. Un tapiz azul, salpicado esporádicamente de pequeñas motas oscuras, que se extendía en todas direcciones hacia donde la vista podía alcanzar, plagado de regiones doradas allá donde los rayos de luz conseguían atravesar la capa de nubes. Ante sus ojos se presentaba imponente el océano, incomparable a cuantas imágenes había visto o a cuantas narraciones había leído. Poco a poco fueron descendiendo, acercándose a la inmensa masa de agua. Con la cercanía comenzaban a distinguirse las ondulaciones en su superficie, los tonos verdosos de las pequeñas islas perfiladas de arena, los atolones formando lagunas naturales de agua clara, casi celeste. La Aditi volaba a pocos metros sobre el agua atravesando el Océano Pacifico a gran velocidad. Ella no sabía a dónde se dirigían ni que harían cuando llegasen, pero eso de pronto no le importaba. Meira ahora solo era capaz de contemplar lo que tenía ante sus ojos. El ondear de la superficie azulada extendiéndose hacia el infinito, el sol cayendo sobre el horizonte, tan cerca que pronto sería atrapado bajo las aguas, las pequeñas islas cuyos bosques de cuando en cuando modificaban la armonía del conjunto. La belleza de lo que estaba viendo sobrepasaba sus más fantasiosos sueños. Convertía en insultantes las imágenes que durante toda su vida había visto. Durante aquellos momentos su mente no encontraba espacio para preocuparse porque su vida tal y como la conocía se hubiese esfumado en menos de un día. No tenía tiempo para temer por su pasado ni por su futuro. Durante aquellos momentos su mente solo encontraba espacio para la admiración hacia lo que la naturaleza había construido en aquel trozo de roca que durante toda el tiempo había estado esperando, paciente, al otro lado del cristal.

–Bien, señores, ha sido una entrada limpia – anuncio triunfalmente Sharp – No hay indicios de que nadie nos haya seguido ni de que hayan podido trazar nuestra trayectoria.

Al oírlo el capitán emitió un suspiro de alivio.

–Bien hecho amigo – elogió dándole una palmada en el hombro – ¿Cómo lo está llevando la nave?

–Se queja como condenada – el pilotó torció el gesto forzando una mueca de dolor – pero resistirá. Es una buena nave, no nos va a fallar ahora.

–Eso espero, aún tiene un par de viajes más que aguantar. ¿Tienes ahí las coordenadas?

–Veintiún grados, dieciocho minutos Sur, ciento treinta y seis grados, cuarenta y cinco minutos Oeste. En unos minutos habremos llegado.

–Déjanos allí sanos y salvos – bromeó el capitán mientras se levantaba y se acercaba a Meira – Nunca habías bajado ¿Verdad?

Ella, sin apartar la cara del cristal, negó con la cabeza.

–Entonces prepárate, vas a pasar unos cuantos días en el paraíso.

***

7.2 – Nereida

Espero a que la nave se estabilizara para soltarse las correas. El descenso no había sido tan turbulento como le habían advertido, pero se encontraba muy débil. Durante la reentrada había esperado tumbada en la cama, emocionada, con la mirada fija en el pequeño ojo de buey de la pared. Hacía muchos años de su última visita a la Tierra, demasiados. Demasiados sin sentir la brisa en el rostro, bañarse en el mar o pisar descalza una pradera húmeda por el rocío de la mañana.

Lentamente se incorporó, cuidándose de apoyar todo el peso posible en los brazos. Pese a los calmantes, le ardía el torso entero. Sabía que aún no debía moverse, pero no podía esperar más. Bajo los pies hasta el suelo, despacio, hasta notar un leve escalofrió cuando se apoyaron en la rejilla metálica. Se quedó sentada en el borde de la cama unos segundos. Tras armarse de valor se impulsó con piernas y brazos y se puso en pie. Las fuerzas estuvieron a punto de fallarle, pero consiguió apoyarse en la pared. Sin separarse de esta trató de caminar hasta el ventanuco. Cada paso era un auténtico suplicio, las piernas le vacilaban y el dolor no cesaba. Apenas tenía que avanzar un par de metros, pero le parecieron una eternidad.

Cuando llegó al ojo de buey se apoyó en la silla y fijó la vista al otro lado del cristal. No le costó ni un segundo reconocer el paisaje que sobrevolaba la nave. A pocos metros bajo sus pies las oscuras aguas se arremolinaban, chocando contra la barrera de roca que separaba el océano de la tranquila laguna de agua clara y calmada. En su interior esperaban varias islas, pequeños bosques tropicales rodeados de playas de arena blanca que apenas levantaban unos metros sobre el nivel del mar. Rasgando la superficie de la laguna podía ver aletas, delfines avanzando a toda velocidad, dejando una estela blanca tras de sí, mientras pequeños bancos de peces creaban sombras a su paso. Junto a la nave volaba una bandada de pájaros, planeando apenas unos palmos sobre el agua, preparados para descansar en los árboles que estaban a punto de dejar atrás.

Había sobrevolado el pacifico sur en infinidad de ocasiones. Había aterrizado en muchas de sus islas y se había bañado en muchas de sus playas. Habían pasado muchos años desde entonces, pero no los suficientes para que lo olvidara. No le costó ni un segundo reconocerlo, no tardó ni un segundo en notar un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo, un hormigueo en el pecho. Se le humedecieron los ojos, aquello era como volver a casa, pero no habría nadie para recibirla.

–Si te encuentra así alguno de nuestros médicos vas a tener un problema – la sobresaltó una voz a su espalda – ¿Cómo te encuentras?

Apoyado en el marco de la puerta estaba el capitán de la nave.

–Bueno… bien, supongo… – contestó vacilante

Ensimismada como estaba no había oído el sonido de la puerta al abrirse.

–Te duele todo ¿verdad? – sonrió el capitán acercándose

–La verdad es que apenas puedo moverme, ha sido una odisea llegar hasta aquí.

–No deberías haberte levantado. Mañana estarás mucho mejor, pero hoy tienes que descansar – la rodeo por la cintura con un brazo mientras se pasaba uno de los de ella sobre los hombros – vamos, te ayudo a volver a la cama.

–Gracias…

Con cuidado la llevó de vuelta a la litera y la ayudó a tumbarse.

–Es preciosa ¿verdad? – Comentó señalando con la cabeza en dirección a la ventana – ¿habías bajado alguna vez?

–Hace muchos años… de niña era casi mi segunda casa.

Al escuchar eso el rostro del capitán se tornó en una notoria expresión de sorpresa.

– ¿Bajabas habitualmente? No hay mucha gente que lo haga… salvo contrabandistas y militares.

–Bajaba con mi padre… era piloto de carreras. Tenía permisos para volar y aterrizar en bastantes lugares. Quizá te suene, se llamaba…

–Espera… – le interrumpió. Suavemente le puso la mano bajo la barbilla, levantándole la cabeza y la miró a los ojos durante unos segundos – ¿Eres la pequeña Stark? ¿La hija de Phil Stark?

–Si… si… – respondió casi avergonzada

–Increíble – abrió los brazos en señal de sorpresa – tu padre era una leyenda… tú fuiste la persona más joven en debutar como profesional… luego, tras el accidente… desapareciste del mapa…

–Yo…– titubeó – preferiría no hablar de eso.

–Oh, lo siento –se disculpó rápidamente – supongo que para ti no es fácil.

Durante unos segundos se quedaron en silencio, ella sentada en la cama, el en pie al lado. Pensando en algo que decir mientras trataban de evitarse mutuamente la mirada.

–Bueno, tengo que irme… – anunció Alan entonces – solo venía a ver cómo había ido la reentrada.

Haciendo un rápido gesto con la mano el capitán se despidió de ella, que siguió sentada en la cama, apoyando la espalda contra la almohada.

Hacía mucho tiempo que no pensaba en aquello. Había debutado como profesional a los catorce años, siempre había sido una excelente piloto, había tenido un gran futuro por delante, y lo habían perdido ¿Qué demonios le había pasado?

***

7.3 – Régis

Régis había pasado la reentrada en su camarote, solo, tremendamente cabreado. No entendía cómo podía estar todo el mundo tan tranquilo. Sobre todo no entendía cómo podía estar Meira tan tranquila. Aquel estúpido plan, que nunca esperó llegar a poner en práctica, había salido rematadamente mal. De pronto había participado en un tiroteo, era un fugitivo y se encontraba acompañado de un puñado de contrabandistas. Para colmo por culpa suya aquella chica había recibido un balazo. ¿Les demandaría cuando saliesen de allí? La verdad es que daba igual, su carrera estaba acabada, su futuro entero se había ido al garete. Y con la que estaba cayendo Meira perdiendo el tiempo yendo a mirar por la ventanilla, y juntándose con aquellos criminales ¿En que estaba pensando? Si querían tener alguna opción de salir de allí medianamente bien lo que tenían que hacer era apartarse de ellos, no unirse a su tripulación. Encima antes, al borde de un ataque de nervios, la había cagado echándole en cara a Meira todo aquel desastre. Por suerte ella había aceptado sus disculpas. Ahora tenía que calmarse y empezar a pensar. Tenía que encontrar una manera de sacarlos de allí y llevarlos de vuelta a casa, preferiblemente evitando la cárcel.

Salió de su camarote y comenzó a dar vueltas a través de los pasillos. No iba a ninguna parte, simplemente caminaba. Caminar siempre le había ayudado a tranquilizarse y a pensar, pero en aquella ridícula nave apenas había sitio para ello. Abandonó rápidamente el pasillo de camarotes, tratando de no cruzarse con el capitán, al que había visto entrar en el camarote de la chica herida. Cruzó la sala común y se quedó allí dando vueltas de un extremo a otro de la misma.

– ¿Por qué esa cara, hombre? – le interrumpió uno de los tripulantes de la nave, el insoportable rubio con su descuidada barba – Ni que se te hubiese muerto el gato

Goodey acababa de entrar desde uno de los pasillos laterales. Le hablaba con tono despreocupado, como si realmente le sorprendiese su mal humor. ¿Es que no se había enterado de lo que estaba pasando?

– ¿Que por qué, que? – la pregunta le sorprendió tanto que no supo que responder. No sabía si levantarse y golpearle, si gritarle, si ignorarle o si echarse a llorar.

–Sí, hombre, alegra esa cara – parecía tratar de animarle – todo va a salir bien, ¡un poco de fe!

– ¿Que todo va a salir bien? ¿Que todo va a salir bien? – Régis estaba a punto de estallar – ¡¿Pero cómo puedes decir eso!?

–Tranquilízate – le interrumpió acercándose y poniéndole una mano en el hombro – Hemos salido de situaciones peores… – dudó un momento – bueno, peores no lo sé, pero al menos similares – se detuvo – Hemos salido de situaciones similares sin que nadie, o casi nadie, acabe herido, muerto o encerrado. Esto es pan comido, ya verás cómo todo acaba saliendo bien.

Mientras Régis escuchaba aquello los músculos de la cara se le tensaban, en una mezcla de rabia e incredulidad.

–Bueno… parece que eso no te tranquiliza mucho – reflexionó Goodey – pero bueno, no hay mucho en tu mano para cambiarlo, así que no veo por qué deberías preocuparte. Además, ahora vamos a aterrizar en un sitio precioso, ya sabes: sol, bosque, playa… allí arriba gastan millonadas por emularlo. Deberías tomártelo como unas vacaciones.

Comenzó a alejarse de él, saliendo de la sala común.

–Eso es, unas vacaciones – decía mientras se alejaba – ese es el espíritu… creo que yo también trataré de tomármelo así, no sé cómo no se me había ocurrido antes…

Cuando se hubo ido Régis comenzó a tranquilizarse un poco, había estado a punto de levantarse y darle un puñetazo a aquel imbécil. Aquel criminal parecía no entender lo que le había pasado. Parecía ni plantearse que por culpa suya él iba a acabar en la cárcel, o muerto, y que por culpa de aquel desastroso atraco, que nunca debería haber ocurrido, su brillante futuro se había esfumado. Parecía no entender que de pronto eran fugitivos de la Alianza, y que no los perseguía simplemente algún cuerpo de seguridad, sino que habían mandado una patrullera del ejército a por ellos. No es que estuviesen en problemas, sino que aquello era el jodido fin del mundo.

Aunque había algunas cosas en las que tenía razón, en ese momento no había nada que él pudiera hacer para cambiar su situación. O quizá si lo hubiese…

***

7.4 – Sharp

La Aditi se deslizaba velozmente pocos metros sobre las aguas, ágil y silenciosa, rodeando islas, pasando casi a la altura de las copas de los árboles. Manteniéndose por debajo de la velocidad del sonido, su aerodinámica, aun intacta pese a la gran cantidad de parches del casco, junto sus silenciosos motores, hacía que fácilmente pudiese confundirse con la brisa del océano. Lo único que delataría su presencia sería la visión directa de sus doscientas toneladas de metal repartidas en una semielipse de casi sesenta metros de largo y cuarenta de ancho.

Una vez que hubo acabado la maniobra de entrada, con la nave completamente fuera de peligro y estabilizada, Sharp había vuelto a activar el interfaz de voz de la nave.

–Bienvenida de nuevo, pequeña – saludó cariñosamente – siento haber tenido que desactivarte, pero lo que acabas de pasar te habría dolido.

–Activación completada – informó entonces la dulce voz de la nave – Procediendo a comprobación de sistemas.

–Déjalo para más tarde, cuando hayamos aterrizado tendremos tiempo para hacerte una revisión a fondo.

–Anulada comprobación de sistemas. Hay varias alertas de seguridad pendientes…

–Archívalo también para cuando aterricemos, dentro de un ratito estarás descansando sobre la suave arena de una playa tropical.

La nave continuó volando durante algunos minutos, sobrevolando la antiguamente llamada Polinesia Francesa. No tardaron en aparecer sobre el horizonte las siluetas de cuatro pequeños atolones.

–Alcanzaremos las coordenadas de destino en tres minutos – informó Aditi – comenzando deceleración.

Rápidamente Sharp desplegó una pantalla de comunicación y se dispuso a informar al resto de sus compañeros.

–Preparaos para el aterrizaje, en un par de minutos estaremos en tierra.

Conforme las islas parecían aumentar de tamaño, la nave iba desviándose, apuntando hacia la más occidental de las cuatro. El atolón de Tenararo, de apenas un par de kilómetros de diámetro, aparecía ahora nítido ante ella. Una formación casi rectangular de bosque, arena y coral, con una laguna en el centro donde en otro tiempo hubo una isla.

Protegida del océano por la barrera de coral, con una playa casi continúa perfilando el anillo interior y un frondoso bosque de cocoteros en forma de herradura, dejando un paso para que se formasen canales, de apenas un par de palmos de profundidad, uniendo el interior y el exterior del atolón.

En la cabina de la Aditi, Alan e Ida acababan de entrar y observaban la isla a través de los ventanales de la cabina.

– ¿Recordáis donde estaba la pista? – preguntó el capitán

–Qué mala memoria tienes – rió ella mientras tiraba de él – allí está.

En la esquina noroccidental del atolón el bosque parecía mordido, mostrando un espacio de tierra virgen suficientemente grande como para aterrizar una nave.

–Perfecto – sonrió, mientras se dirigía de nuevo fuera de la cabina – Sharp, déjanos en tierra, y saca la trampilla en cuanto nos hayamos posado.

Con una elegante maniobra, la Aditi se situó sobre el terreno despejado y descendió, despacio, mientras desplegaba su tren de aterrizaje, hasta que este se apoyó suavemente sobre la tierra. Unos segundos después, aun con los impulsores encendidos, se abría una compuerta en el lateral, desplegando una pequeña trampilla, por la que inmediatamente bajaron Alan, Ida y Goodey. Con todos en tierra la trampilla volvió a plegarse a su espalda y la compuerta se cerró.

 –Sharp, mantén los motores en marcha hasta que confirmemos que es seguro ¿entendido? – el capitán daba instrucciones a través de un comunicador.

 –Entendido, aunque más vale que lo sea – contestó el piloto – necesitamos repostar o no podremos salir del planeta.

 –Tenemos que tomar precauciones. Espera a que te llame.

 –Tranquilo, seguro que no hay nadie – intervino Goodey – Ya verás cómo podemos arreglar la nave sin problemas, y además pasar unos días en la playa.

Ida les hizo a ambos un gesto de que mantuviesen el silencio, mientras se adelantaba y se acercaba al linde del bosque. Sin separarse fueron comprobando cada centímetro del bosque.

Nadie les esperaba.

–Bueno, ahora solo tenemos que encontrar el almacén – comentó Goodey – ¿Sabéis donde está, verdad? Porque a la vista está claro que no lo dejaron.

–No te preocupes por eso – contesto Ida mientras se acercaba a un viejo tocón en mitad de la maleza – el mecanismo de apertura está aquí mismo.

Se acercaron mientras ella se agachaba y cavaba unos pocos centímetros en la arena.

–Aquí lo tienes John – dijo señalando un pequeño terminal escondido entre las raíces muertas de aquel viejo árbol – haz tu magia.

Goodey se sentó al lado, se arremangó la chaqueta dejando a la vista su terminal de muñeca, y rápidamente se conectó al ordenador que los Hamilton habían instalado allí abajo años antes. Sin mucha dificultad introdujo una sonda, y en apenas dos minutos había obtenido las credenciales para entrar como usuario legítimo. Había sido pan comido, si todos sus sistemas informáticos eran así no le extrañaba que estuviesen en la cárcel.

– ¡Voila! – exclamó triunfante mientras, en el claro, una sección del suelo comenzaba a levantarse dejando a la vista la plataforma de un montacargas.

***

7.5 – Maya

Desde que varios siglos atrás acabase el Éxodo, la Tierra había sido una reserva natural. Un lugar vetado para la humanidad donde la naturaleza había podido curar sus heridas con tranquilidad. La contaminación de la sociedad industrial, la superpoblación y finalmente la guerra, habían devastado muchos de sus territorios, acabado con gran parte de las especies que la habitaban y cambiado el devenir de la evolución para siempre.

Cuando la humanidad se decidió a abandonarla se hizo un pacto. No importaba cuanto tiempo pasase, no importaba cuán lejos se expandiese la especie. No importaba que formasen grandes imperios o que la raza humana acabase convertida en una estirpe de vagabundos del sistema solar. Pasará lo que pasara la Tierra sería patrimonio de toda la humanidad, ajena a fronteras, a intereses y a conflictos. Pasará lo que pasara nunca sería colonizada de nuevo.

Los únicos habitantes permanentes de la Tierra pasaron a ser algunas comunidades científicas y el Ejército de la Tierra, a las órdenes de la Sociedad de Naciones, integrado por representantes de todas las colonias humanas del sistema. El Ejercito de la Tierra controlaba las entradas y salidas al planeta, vigilando continuamente sus cielos. Para ello contaba con bases y estaciones de radar en todos los continentes, así como una serie de satélites en orbitas bajas. Sus ojos cubrían la práctica totalidad del globo, y sus datos, dada su heterogénea composición, llegaban inmediatamente a los altos mandos de todas las naciones del sistema. Cualquier entrada no autorizada que detectasen generaría casi al instante una investigación y una alarma de bajo nivel desde Mercurio hasta Plutón.

En ese momento no había ninguna en marcha.

Recostada en la butaca de la sala de comunicaciones de la Aurora, atracada en el puerto de la Atalanta, con toda la flota de la Alianza de Planetas Interiores como repetidores de radar y los datos de los radares y patrullas del Ejercito de la Tierra delante de ella, Maya resopló. Tenía a su disposición la mayor red de vigilancia nunca empleada por la humanidad, y no le servía para nada. Millones de naves y satélites, decenas de millones de barridos, miles de millones de ojos, y esa pequeña nave había sido capaz de desaparecer. Solo durante el momento en que abandonó el impulso gravitatorio había aparecido en las pantallas, junto a Ciudad Balcón, durante apenas unos segundos, y un rato después había una posible coincidencia en rumbo de aproximación a la Tierra. Eso era todo lo que tenía.

Ahora lo que quedaba era esperar a que el ordenador cotejara cualquier posible rastro de basura espacial o cualquier señal que hubiese quedado oculta en el ruido de fondo con los datos que tenían de aquella nave. Esperar y confiar en que apareciese algo.

Lentamente se levantó, y caminó hasta la sala común de la nave. En aquellos momentos estaba completamente vacía, todos los demás estaban en la Atalanta. Se acercó a la pequeña cocina que había en una de sus paredes y se preparó una taza de café. Mientras esperaba a que estuviese lista se quedó en pie, apoyada en la pared, con la mirada pérdida. De reojo miró la mesa que había en el centro de la sala, sobre ella había colocado un pequeño terminal de color negro. Ella misma lo había dejado allí. Un terminal militar, totalmente vacío, sin asignar a ningún número de identificación. Cuando su café estuvo listo cogió la taza y se sentó en una de las sillas que había colocadas alrededor de la mesa. Alargó el brazo, se acercó el terminal y lo activó.

–Totalmente vacío… – susurró para sí mientras veía como sobre la pantalla negra se generaba un cuadro de texto – mierda, ¿qué coño estás haciendo?

Apagó el terminal y lo empujó lanzándolo hacia el otro lado de la mesa. Suspiró y comenzó a beberse el café. Bebió despacio, a sorbos pequeños, espaciándolos mucho, mientras pensaba. Pensaba en Roger, pensaba en Alice, pensaba en Robert, en su trabajo, en la chica a la que perseguían. Pensaba en aquellos mercenarios que subirían a la nave en un par de horas. Pensaba en esa tripulación que acababa de jugarse la vida para escapar de ellos. Las cosas se habían complicado, mucho más de lo que ella nunca había imaginado. No en la situación en sí misma, sino dentro de su cabeza. Nada parecía tener sentido como antes lo había tenido. Nada encajaba. Ahora solo quería volver a casa, hablar con Roger, dormir con Roger… y después… después ya pensaría en algo.

Estiró de nuevo el brazo cogiendo el terminal. Iba a volver a casa, no le importaba aquel caso, ni Robert, ni su trabajo. Iba a volver a casa, y después… ya pensaría en algo. Volvió a activar el terminal y vio como sobre la pantalla negra se activaba un cuadro de texto. Estaba haciendo un trabajo que no le importaba, para una gente que no le importaba y por unas razones que no conocía, y estaba dispuesta a remediarlo. Iba a volver a casa, y para asegurarse de ello iba a averiguar qué demonios estaba pasando realmente.

–Aurora – indicó a la nave – avísame si alguien entra en la nave.

Sin esperar la respuesta de la nave se dirigió de nuevo a la sala de comunicaciones mientras escribía en aquel pequeño terminal. Conectándose a la red, usando una señal oculta rebotada en un buen puñado de naves repartidas a lo largo del territorio de la Alianza de Planetas Interiores, recuperó unos cuantos juguetitos que había escondido durante su época de estudiante y comenzó a acondicionarlos para la tarea requerida: asaltar la red personal de Robert Saunders.

***

7.6 – Damian

Con una suave maniobra la Angerona se colocó en una trayectoria paralela a la Atalanta. Desde la cabina de la lanzadera podía verse con claridad, perfilada sobre el brillante azul del Índico, la esbelta figura de la patrullera de la Alianza, la mayor jamas construida, junto con sus naves hermanas, capaz de volar en la atmosfera de un planeta. En la cabina, Guillermo Castro observaba de pie la nave en la que atracarían, mientras Nuan Jiang se sentaba a los mandos de la pequeña goleta.

–Permiso de aterrizaje obtenido – informó la nave – Tenemos trayectoria de atraque. ¿Paso a piloto automático?

–Negativo Angerona, la llevaré manualmente – contestó Nuan

–Deberías dejar que Angie nos llevase – sugirió Guillermo sin girarse – a este ritmo se va a oxidar.

–La que me voy a oxidar soy yo – se quejó Nuan – con tanto viaje en naves militares acabará olvidándoseme volar. Anda, haz algo útil y avisa a los demás, en cinco minutos estaremos dentro.

Guillermo abandonó la cabina, bajando las escaleras que le llevaron hasta un amplio pasillo. A los lados se encontraban las puertas de los camarotes, fue golpeándolas una a una con fuerza.

–¡¡En cinco minutos estaremos dentro!! – anunció mientras avanzaba. La verdad es que no tenía ni idea de si había alguien en alguno de ellos.

Apenas unos metros más adelante el pasillo acababa en una pequeña sala. A un lado una cocina y una pequeña despensa, al otro una larga mesa con bancos a ambos lados. Sentada en el banco, con un plato vacío delante, Demi Raptis observaba una pantalla colocada en la pared.

– ¿Escuchaste lo que dije? – se paró Guillermo al verla

–Sí, sí, que ya estamos – contestó desinteresada – vete a darle la murga a otro anda.

–Vale, lo que tú digas… pero yo que tu estaría lista para cuando aterricemos… – dijo mientras se iba – cada vez que tu o tu amigo el cabezabuque cabreáis al jefe lo pagamos todos.

Salió de la sala común en dirección a la parte trasera de la nave, cuando de pronto una puerta se abrió a un lado. De ella salió Zdenko, desnudo de cintura para arriba, tapado solo con una toalla.

–Ah, bien, estás aquí – indicó Guillermo sorprendido – Habla con tu novia y consigue que se prepare, y vístete, cuando estás así pones nervioso a los militares.

– ¿Ya hemos llegado? – preguntó confuso el enorme mercenario

–Claro que hemos llegado – exclamó mientras continuaba andando – ¿Que esperabas? ¿Dos semanas de crucero?

Al final del pasillo una nueva escalera le llevó hasta una estrecha y larga bodega, colocada bajo la sala común y los camarotes. Colocados a ambos lados descansaban varios cajones, ordenados y amarrados, cargados con su equipo. Frente a la escalera, dos escotillas daban paso a las capsulas de salvamento, preparadas para mantener con vida en el espacio a cuatro personas durante una semana. Al otro extremo, bajo el pasillo de los camarotes, había varias estanterías colocadas en las paredes, y apoyada en una de ellas estaba su jefe, Damian Romeijn, hablando con Noemia Costa.

–Lamento interrumpir, jefe – se acercó a ellos – pero hemos llegado. En un par de minutos deberíamos estar dentro.

Ambos se giraron hacia él, mirándole.

– ¿Están todos listos? – preguntó Damian secamente.

–Más… o menos –se rascó la cabeza– estarán preparados para bajar en cuanto estemos parados.

–Bien, asegúrate de que Zdenko y Demi están listos, nosotros subiremos ahora.

–No le prometo nada, jefe – hizo una mueca mientras se daba la vuelta y se dirigía de vuelta a las escaleras.

Damian y Noemia se quedaron de nuevo solos, uno frente a otro.

–Deberíamos subir – susurró ella cogiéndole suavemente la mano derecha y bajando la mirada – No es bueno que el jefe llegue tarde.

El levantó la mano izquierda, colocándosela bajo la barbilla, y levantándole la cabeza hasta que sus miradas se cruzaron.

–Eh, no te preocupes, todo va a salir bien – la tranquilizó – en cuanto encontremos a la chica de Robert, Alice será historia.

–Prométemelo – le pidió ella con voz temblorosa – prométeme que esta vez la mataremos.

–Una vez no lo hice, porque pensé que ese era mi deber – se detuvo un momento – me equivocaba.

–Te odié… te odié con toda mi alma – sollozó ella

–No volveré a cometer ese error –le susurró al oído– Solo mantén la compostura hasta que llegue el momento, no debe sospechar nada.

La estrechó con fuerza entre sus brazos, mientras ella apoyaba la cabeza sobre su pecho. Estuvieron parados unos segundos, hasta que ella, con delicadeza, se apartó.

–Deberíamos subir – susurró – No es bueno que el jefe llegue tarde.

–Eso ya lo has dicho – sonrió él.

Sin apartarse el uno del otro caminaron hasta la escalera, allí ella se adelantó, y subieron al nivel principal de la nave. Avanzaron a través del pasillo hasta la sala común, allí esperaban Demi y Zdenko, preparados para abandonar la nave. Noemia se quedó allí, mientras Damian continuaba hasta la cabina. Sentada a los mandos Nuan terminaba la maniobra de atraque, mientras Guillermo esperaba en pie justo tras ella.

La Angerona se encontraba ya en el interior del hangar de la patrullera. Varias lanzaderas descansaban estacionadas en uno de los extremos, pero la mayoría de su superficie estaba completamente vacía. Un leve temblor anunció que la nave se había acoplado a los anclajes magnéticos, y a partir de ahí fue guiada siguiendo un sistema de railes hasta su embarcadero.

A traves del cristal Damian pudo ver la comitiva que les esperaba. El capitán de la Atalanta, Jarek Alinari, junto a algunos de sus oficiales, y a su lado Walther Bourg.

–Walth, Watlh… – susurró para si – es una lástima que estés metido en esto.

–En cuanto estemos listos extiende la pasarela – le indicó a Nuan mientras se apartaba del cristal y abandonaba la cabina– Tenemos mucho de lo que hablar ahí abajo.

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