Carta Estelar – 8 – Pausa – Alice

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8.2 – Alice

portada_miniHabía ocurrido hacía ocho años. Sola, en una sala de interrogatorio, tumbada sobre una larga y fría mesa de metal, esperando. Su castigo con seguridad iba a ser la muerte. No se arrepentía. Aún era joven, pero su vida había sido plena. Se había sentido viva a cada momento, en los buenos y en los malos. Había vivido sin ataduras morales, sociales, o de cualquier otro tipo. La ley no se había hecho para ella. Iba a morir, pero lo hacía totalmente en paz. Poco antes, en sus últimos días de libertad, había puesto en jaque a la compañía Jade al completo. No tenía muy claro como había empezado, pero lentamente había ido ganando relevancia. Siendo apenas una adolescente se había convertido en un elemento sumamente incómodo para la administración, y al alcanzar la mayoría de edad su cabeza tenía un precio del que estaba orgullosa. ¿Cuánta gente había tenido que morir para ello? No lo recordaba. No era de esa clase de gente. No tenía un ritual ni una lista, no guardaba recuerdos ni amuletos. Solo recordaba a los especiales. Recordaba al primero, recordaba a quienes la habían traicionado, a los que no debían haber perecido. Recordaba a los que fueron un reto. ¿Cuántos habían muerto? Demasiados, o quizá demasiado pocos, todo era una cuestión de punto de vista. Pero todos lo habían hecho por una noble causa. Todos habían contribuido a su libertad, a su desdicha y felicidad, y en definitiva a conseguir que tuviese una vida plena. Todos habían dado sus mediocres existencias a cambio de que ella pudiese experimentar algo a lo que todos deberían tener derecho. Al final había caído, sabía que tarde o temprano acabaría ocurriendo. Con el tiempo había empezado a correr riesgos, a intentar locuras. Cuando supo que la compañía Jade la perseguía hizo lo que nadie había hecho en muchos años, les plantó cara. Se enfrentó a ellos, para ella era un juego, y al final cometió un error, un error grave, y la encontraron.

Había sido una joven agente, aun la recordaba, Noemia Costa. La había tenido de rodillas, con el cañón de su pistola apoyado en la nuca, totalmente derrotada. Entonces pensó que era el fin. Notaba el frio tacto del metal sobre su piel, el arma temblorosa en las manos de aquella chica, que la miraba con los ojos inyectados en sangre y el rostro cubierto de lágrimas. Pese a sus órdenes iba a dispararle allí mismo, no se lo reprochaba, no después de lo que había ocurrido. No le importaba, era lo que tenía que pasar, prefería que fuese ella a un desconocido. Prefería que fuese personal.

Pero aquel día no murió. Aquel día un superior, Damian Romeijn, fundador de la compañía, apareció y evito que la matasen. Fue detenida, iba a ser juzgada y con toda seguridad ejecutada. Pero esa parte nunca llegó a ocurrir. Porque mientras esperaba, tumbada en aquella mesa, a que la trasladasen, entró un hombre, elegantemente vestido, con gafas. Pese a ser bastante joven tenía poco pelo, debía ser un nacido natural, cada vez escaseaban más. Se sentó en una silla delante de ella, sin escolta, sin esposarla, sin armas a la vista, sin tomar precauciones. La miró a los ojos, y se presentó.

–Me llamo Robert Saunders – dijo secamente – Vengo a hacerte una proposición. ¿Quieres vivir?

Poco después aparecieron las noticias de su ejecución, todo un evento, un triunfo mediático para la compañía Jade, que completaba un imparable ascenso. Pocos supieron que todo era un montaje. ¿Quien murió aquel día? Nunca lo supo. Pocos supieron que todo era un montaje, pero entre ellos estaba Damian Romeijn, mano derecha de su salvador, y Noemia Costa, mano derecha de Damian. Los mismos con quienes ahora tendría que colaborar, los mismos que habían enviado para solucionar aquella crisis.

Alice llevaba un buen rato vagabundeando por la Atalanta. Walth la había convocado, junto a los demás, a una reunión con sus nuevos compañeros, pero simplemente no había ido. Nunca iba, le aburrían, y esta tenía aún más ganas de evitarla de lo normal. Sentía una mezcla de emociones que le impedía pensar. Principalmente una mezcla de miedo y curiosidad. Aquella mujer la había derrotado una vez, había podido matarla, solo la intervención de Damian lo había impedido. Quería volver a encontrársela, quería hablar con ella, ver como reaccionaba, quería provocarla… necesitaba calmarse, pensar con claridad. Casi sin darse cuenta había acelerado el paso, dirigiéndose de vuelta a la Aurora. Aquella inmensa nave no le gustaba, tenía unas ganas inmensas de volver a la suya. Echaba de menos sus techos bajos, sus suelos de rejilla gris, su estrecha cama y su minúsculo camarote.

Cuando llegó al hangar donde se encontraba la nave, encontró fuera a los gemelos, esperando. Ambos la miraron seriamente.

–Teníamos una reunión – empezó Lennox

–Y no acudiste – completó Ethan

– ¿Habláis en serio? – su voz mezclaba sorpresa e ira

–Muy en serio – Lennox se adelantó señalándola – No te estás tomando nada en serio este trabajo.

Le desesperaba esa actitud de aquellos dos.

–Y estas tramando algo a nuestras espaldas, eso no nos gusta – indicó Ethan con una mueca.

–No, no nos gusta –repitió Lennox adelantándose, casi echándosele encima.

Detestaba la rectitud y profesionalidad de aquellos payasos, detestaba que siempre andasen detrás de ella dándole la brasa. De la misma manera que ellos detestaban que ella desapareciese, que siempre tuviese sus propios planes y que ignorase por completo las ordenes.

– ¿Y qué piensas hacer al respecto? – Replicó levantando la cabeza y clavándole la mirada – ¿Qué coño piensas hacer?

Se mantuvieron quietos, en silencio, mirándose a los ojos durante unos segundos, segundos en los que la tensión decreció. Segundos en los que Alice se olvidó de todo a lo que había venido dándole vueltas. Lentamente su expresión de ira fue transformándose en una pícara sonrisa. Con delicadeza le cogió la mano, miró entonces a Ethan, tras él a apenas un metro. Alargó el otro brazo, y casi al instante él le cogió la mano.

–Os quiero chicos, de verdad que os quiero – susurró – Acompañadme dentro… solo acompañadme…

Tiró de ellos suavemente en dirección a la nave, a la Aurora, su casa. El lugar donde en aquellos momentos quería estar, acompañada de la única gente con quien quería estar.

Continuará… – 8 – Pausa – Nereida

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